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Grecia y los legados de la violencia

Meghan Morris
agosto 24, 2015

Publicado en: Global Rights Blog

Para leer esta entrada en inglés haga clic acá. En diferentes momentos, tanto las dificultades económicas griegas como el problema de los inmigrantes han sido planteados como retos para la estabilidad de Europa. Pero, ¿qué pasa si consideramos estos problemas no como una simple amenaza a la idea de paz que yace en el proyecto europeo, sino también como una parte de ese proyecto vinculada con un legado de violencia?

 

Según la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados, en el mes de julio 50.000 refugiados llegaron por el mar a Grecia. Esto son más inmigrantes de los que llegaron a este país en todo el 2014. La mayoría de estos refugiados estaban huyendo de la guerra y la violencia de Siria, Afganistán e Irak; el 70% de los que llegaron en julio venían de Siria. La mayoría arribaron a la Isla griega de Mitilene (Lesbos), que se encuentra solo a seis millas de la costa de Turquía.

Esta familia de refugiados sirios llegaron a Grecia cuando el barco en el cual viajaban hacia Italia se hundió en el Mar Egeo. El papá Yusef era médico y su esposa farmacéutica antes de ser obligados a huir Siria. Fuente: Flickr Creative Commons vía SpaceShoe.

Estos inmigrantes llegaron a un país que está sufriendo de años de austeridad y que va a sufrir más por los que se avizoran. Después de siete años de crisis, el 30% de la población griega está por debajo de la línea de pobreza y el 26% desempleada (en el 2008 era solo el 7.8%). Grecia acaba de alcanzar un acuerdo con sus acreedores por un tercer “rescate”, el cual promete más austeridad y, según algunos, solo va a perpetuar el sufrimiento griego.  

Manifestantes griegos reclaman contra medidas de austeridad. Fuente: Flickr Creative Commons vía desbyrnephotos.

Los inmigrantes que llegaron a las costas de Lesbos, exhaustos y famélicos, están siendo recibidos por una población que tiene poco que compartir y por un gobierno que no tiene recursos para la provisión de viviendas ni alimentación; ni siquiera para la tarea de procesar todo el papeleo de los miles de inmigrantes que llegan cada día.  

En diferentes momentos, tanto las dificultades económicas griegas como el problema de los inmigrantes han sido planteados como retos para la estabilidad de Europa. La posible salida de Grecia de la zona euro (Gretix) generó alguna especulación sobre el posible colapso del euro e incluso sobre la estabilidad de la Unión Europea. De la misma manera, el fracaso de la política de los inmigrantes que llegan a Europa a través del Mediterráneo llevó a algunos a sostener que esto es una amenaza al proyecto europeo y a la “noble idea” de civilidad y paz que le subyace. 

Pero, ¿qué pasa si consideramos estos problemas no como una simple amenaza a la idea de paz que yace en el proyecto europeo, sino también como una parte de ese proyecto vinculada con un legado de violencia?

Lesbos, junto con la mayoría de lo que hoy es Grecia, fue parte del Imperio Otomano desde el siglo XV hasta el comienzo del XX. En 1912 se volvió parte del Reino de Grecia como resultado de la Primera Guerra de los Balcanes. En 1911, mi bisabuelo Michael, quien vivía en Lesbos, se identificó en el registro de un barco como ciudadano de Turquía y, en 1913, como uno de Grecia. En 1923, el Tratado de Lausana terminó el conflicto entre el Imperio Otomano y los Aliados, y definió los bordes entre la Nueva República de Turquía y los Grecia, Bulgaria, Siria e Irak. Esta delimitación le dio a Grecia soberanía sobre Lesbos. 

Las nuevas fronteras establecidas en 1923 por el Tratado de Lausana.

Sin embardo, el Tratado de Lausana no era solo sobre la soberanía griega y turca. Era una forma de cementar los bordes de Europa. Estos bordes eran geográficos, cortaban en lugares como el estrecho de Mitilene, entre Turquía y Lesbos. También eran religiosos. Uno de los componentes clave del Tratado de Lausana en 1923 era el intercambio de población entre Grecia y Turquía, que se basaba en criterios religiosos. Con pocas excepciones, los cristianos ortodoxos que vivían en Turquía fueron obligados a reasentarse en Grecia, mientras que los musulmanes que vivían en Grecia fueron expulsados a Turquía. 

Aproximadamente dos millones de personas se volvieron refugiadas con este intercambio. Una de ellas fue mi otro bisabuelo, Cristos, un cristiano ortodoxo que vivía como ciudadano otomano en lo que vino a ser Turquía, de donde fue expulsado. Muchos refugiados ortodoxos que se fueron hacia Grecia murieron como consecuencia del hambre y de las enfermedades durante la migración, mientras que otros fueron masacrados. Cristos, queriendo evitar esta suerte, se fue al sur, hacia Jordania y Líbano (también territorios turcos antes). Allí trabajó por algunos años hasta que pudo tomar un barco a Grecia. Se asentó en el norte de Grecia, que fue ocupada por los Nazis durante la Segunda Guerra. Los griegos pagaron caro esta ocupación, con vidas y destrucción y a través de préstamos impuestos al Banco Griego por los Nazis. Después sufrieron la violencia de la Guerra Civil Griega. Cristos, desplazado nuevamente por la Guerra Civil, se asentó nuevamente en la ciudad griega de Tesalónica (Salónica). 

Los debates en torno al Gretix y a la inmigración usualmente sitúan a Grecia como la esquina (Cristiana) problemática de Europa. Pero, como Mark Mazower describe en Salónica, Ciudad de Fantasmas, por siglos los lugares como Tesalónica eran vibrantes, centro otomanos cosmopolitas donde comunidades judías, musulmanas y cristianas prosperaban. Eventos como la expulsión de los musulmanes con el Tratado de Lausana y la exterminación de los griegos judíos de Tesalónica por parte de los Nazis fueron parte de la  creación violenta de una Grecia cristiana-ortodoxa. Esta Grecia, entonces, pudo ser parte de una Europa moderna, dando a Europa su legado democrático a cambio de una membrecía en la comunidad. 

Los muelles de Tesalónica. Fuente: Flickr Creative Commons vía Linmtheu.

La actual crisis económica Griega y la sobrecarga por la inmigración ponen aspectos del proyecto europeo en duda. Pero quizá, en vez de simplemente lamentar la amenaza a la paz y la estabilidad europea, vale la pena considerar que los hechos de estas crisis son un legado de la construcción violenta del continente. Un continente cuyos bordes son tan nuevos que hay población griega actualmente que nació otomana, igual que los abuelos de los migrantes sirios que arriban ahora a las costas de Lesbos, quienes son juzgados por la ajenidad de su ciudadanía y de su suerte. Un continente cuyo legado de guerra arroja dudas sobre exactamente quién le debe qué a quién, como muestran los debates sobre la deuda de guerra no pagada por los alemanes a Grecia.

Visto a través de estos lentes es quizá menos sorprendente que, en la actualidad, el proyecto europeo produzca violencia, de austeridad, de pobreza y de exclusión. Si de hecho también hay una “idea noble” subyaciendo este proyecto, es el momento indicado para que esa idea llegue a las costas de Lesbos, donde los ciudadanos griegos e inmigrantes, por igual, le darían la bienvenida a la promesa de prosperidad y de paz. 

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