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Gustos e identidad nacional

Mauricio García Villegas
julio 11, 2006

Publicado en: Semana

El autor resalta que nuestra nacionalidad está muy ligada a los bienes de consumo, por lo cual, nuestra identidad nacional se hace efímera y deleznable.

 

Es difícil volver un bien de consumo un símbolo nacional.

Hace unos días la revista Semana presentó los resultados de un proyecto destinado a escoger el símbolo que más nos identifica a los colombianos. Entre los cincuenta candidatos seleccionados había de todo, desde el bocadillo veleño hasta el escudo nacional, pasando por el Divino Niño, el agua de panela, el sombrero vueltiao y el carnaval de Barranquilla.

Lo que me sorprende de esta lista no es tanto el hecho de que sea tan larga ?lo cual indica lo poco que cada uno de ellos nos identifica?, sino el de que tenga tantos objetos de consumo: la arepa, las hormigas culonas, el refajo, la chicha, la hamaca, el machete, el estropajo, el carriel, etc., etc. La razón de mi sorpresa es esta: todas las cosas que se compran y se venden obedecen a nuestros gustos ?a la demanda? y los gustos están íntimamente ligados a las clases sociales, y, claro, las clases sociales van justamente en el sentido opuesto de la identidad nacional.

Los gustos son instrumentos de diferenciación y reproducción de clase. Como diría Pierre Bourdieu, no es tanto que a uno le gusten ciertas cosas porque pertenece a una clase social, es que uno pertenece a ella porque le gustan esas cosas. La manera de vestir o de comer; las cosas que compramos o dejamos de comprar; los sitios que frecuentamos, lo que decimos; el acento que tenemos, todo ello es mucho más que una expresión de lo que somos y de lo que preferimos. Son mecanismos para evitar que nos confundan con otros.

Las preferencias son interesadas, como lo son también los comportamientos e incluso las ideas. Los curas y los intelectuales, tanto como los políticos y los banqueros, todos actuamos por interés en algo ?el cielo, el poder, el dinero, el prestigio…? y ninguno puede arrogarse el mérito de no tener interés, de ser neutral. Pero, claro, no todos los intereses valen lo mismo.

En su célebre Guide du vin, Raymond Dumay muestra la diferencia de gustos por los vinos según la clase social y la filiación política de los franceses. A los obreros y a la izquierda les gusta el muscadet y el beaujolais, mientras que la derecha prefiere los bordeaux y los bourgogne. Hace muchos años salió una encuesta en el Nouvel Obs destinada a identificar los gustos de la derecha y de la izquierda. Una pregunta simpática era esta: ¿cómo prefiere usted los huevos: a) tibios, b) en omelette, c) fritos, d) duros, e) a la nieve, f) hervidos? Según la revista, los que optaban por la respuesta a) estaban a la derecha, y los que elegían la f) estaban a la izquierda. Es posible que estos ejemplos franceses exageren. Pero la idea de fondo es cierta: incluso algo tan banal como los gustos culinarios está marcado por nuestra pertenencia a una clase social.

A principios de los 80, cuando los mafiosos empezaron a salir envalentonados por las calles de Medellín a mostrar sus carros y sus lujos, muchos miembros de la burguesía decidieron cambiar sus Mercedes Benz por modestos Renault 12. No es que el R-12 les pareciera un mejor carro. Es que no querían que los confundieran.

Es difícil, pues, transformar un bien de consumo en un símbolo nacional. Eso quieren nuestros publicistas y los intereses económicos para los cuales trabajan. Y en parte lo han logrado. Nuestra nacionalidad está muy ligada al mercado y a sus bienes de consumo. Por eso, la formación de nuestra identidad nacional está más en las manos de Caracol TV o de RCN que en las de la educación pública. Eso la hace efímera y deleznable. Pero puede empeorar. La falta de escrúpulos de nuestros publicistas no tiene límite. Espero que no me toque ver los resultados de una encuesta que seleccione como símbolo nacional a la manzana Postobón o la cerveza Águila.

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