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Hablar carreta

Mauricio García Villegas
octubre 17, 2015

Publicado en: El Espectador

Hace unas semanas el ministro de Educación japonés pidió cerrar las carreras de ciencias sociales en 60 universidades de su país y reemplazarlas por programas “que respondan mejor a necesidades de la sociedad”, como la ingeniería o la física.

 

La idea de que las ciencias humanas son inútiles es muy vieja, pero su versión actual viene de una teoría social y económica originada en los Estados Unidos en los 80. Según esa teoría, la sociedad no es otra cosa que la sumatoria de los individuos que la componen. Lo único que cuenta es su libertad económica y su capacidad para producir riqueza. El resto, cosas como las instituciones o la cultura, son carreta. Discutir, por ejemplo, sobre la forma de gobierno es algo inútil y ello simplemente porque éste es un asunto ya saldado. Según F. Fukuyama, “somos testigos de la terminación de la evolución ideológica de la humanidad y de la universalización del modelo liberal de democracia como el modo final de gobierno humano”. Como quien dice, fueron ellos, Fukuyama y los suyos, los que escribieron la última teoría social válida de la civilización. Difícil encontrar algo más ideológico, más carretudo, que esto.

La academia, empezando por la de los Estados Unidos, no tardó en demostrar que aquella no era la última teoría social, que una sociedad no se reduce a la sumatoria de sus individuos y que lo que une a esos individuos (el cemento de la sociedad) es algo en buena medida inmaterial: la cultura, las instituciones, las reglas de juego, los valores, el pasado, el arte, etc.

En Colombia también hay una tendencia a menospreciar las ciencias humanas. En un editorial reciente de este periódico se mostraba cómo, de los 189 programas de doctorado que concursaron para recibir becas de Colciencias, sólo 40 pasaron y ninguno es de ciencias sociales.

Alguien podrá rebatir lo que digo diciendo que los cientos de miles de antropólogos, abogados, sociólogos y filósofos que ha tenido este país en los últimos 50 años no han impedido que tengamos conflicto armado, democracia frágil, corrupción, injusticia social, etc. Pero eso no es del todo cierto. No creo que todos esos profesionales hayan sido inútiles para el desarrollo de este país. Además, con la misma lógica, uno podría acusar a los cientos de miles de científicos colombianos de la precariedad de nuestro desarrollo y de nuestra ciencia, lo cual es igualmente injusto. Pero incluso si así fuera, y si todos esos profesionales de ciencias humanas no hubiesen hecho nada, eso conduciría a reformar las ciencias humanas, a volverlas más pertinentes y más serias, no a suprimirlas.

En esto de la pertinencia sí creo que tenemos problemas graves. Los estudiantes de ciencias humanas, por lo general, reciben una enseñanza copiada (y mal copiada) de manuales, cursos y teorías foráneas; una enseñanza que no se conecta con la realidad social; que menosprecia los datos y la investigación empírica cuantitativa; que vive enfrascada en discusiones teóricas bizantinas o irrelevantes; que no se deja confrontar con datos ni argumentos, que escribe de manera farragosa y para unos pocos, etc.

Se me acabó el espacio; en otra columna hablaré de eso. Por ahora quiero volver al inicio. La idea de que las ciencias sociales no sirven para nada ha sido inculcada, en buena medida, por una teoría carretuda que no solo acusa a las demás teorías sociales de hablar carreta, sino que sostienen que, en adelante, toda la carreta, salvo la de ellos, queda suprimida.

El hecho de que semejante teoría contra las humanidades haya prosperado durante tanto tiempo es ya, por sí mismo, una prueba de que las ciencias sociales, y el sentido crítico que ellas engendran, sí son indispensables.

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