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Héroes infantiles

Mauricio García Villegas
marzo 27, 2009

Publicado en: El Espectador

ME PREGUNTA UN AMIGO EXTRANJEro que si puedo recomendarle algún cuento en español para su hijo de 6 años.

 

ME PREGUNTA UN AMIGO EXTRANJEro que si puedo recomendarle algún cuento en español para su hijo de 6 años.

Le prometo buscar; voy a ver los libros que mis hijos ya no leen y me encuentro con algunas fábulas de Tío Conejo. Le llevo el libro, le explico de qué se trata y mi amigo se sorprende de que el héroe de esas fábulas sea un conejo pícaro, en lugar de, por ejemplo, una amorosa mamá gorila o un afectuoso tío oso. Perturbado por su comentario y convencido de que en estas diferencias culturales hay algo más que simples juegos de niños, me pongo a averiguar sobre el asunto.

En otras culturas también hay personajes pícaros, por supuesto, pero no son tan famosos, no están representados por un conejo, sino por un zorro —como en El zorro y el cuervo de La Fontaine— y casi siempre salen perdiendo. ¿Cómo explicar el hecho de que Colombia —como en Venezuela y en muchos otros países latinoamericanos— el conejo salga ganando y sea nuestro héroe infantil? A mi juicio, la razón es esta: el conejo representa mejor que nadie el triunfo de la astucia, que es nuestra virtud social favorita. A pesar de no tener colmillos, ni garras, ni fortaleza física, como el tigre o el elefante, el conejo con su picardía y sus trampas, siempre gana.

A diferencia de otras fábulas que inculcan la bondad o la compasión, las historias de Tío Conejo exaltan la viveza. Con esto no quiero decir que nuestras habilidades para la viveza y la trampa las hayamos aprendido en los cuentos que leímos cuando niños, tampoco quiero decir lo contrario, es decir que como desde chiquitos somos vivos y tramposos, nos gusta leer esas historias. Lo que afirmo es ambas cosas a la vez: que somos así y que, como somos así, reproducimos esa manera de ser a través de nuestros mitos (infantiles).

Nuestra admiración por el conejo no resulta de una preferencia por los débiles o por los pobres, como en muchos cuentos infantiles europeos, sino de una preferencia por los vivos (que sólo a veces son pobres). Más aún, en el imaginario infantil, la debilidad sólo es motivo de menosprecio, como en la historia de Pedro Urdimales, una especie de encarnación humana del conejo, que se aprovecha sin piedad de Juan Bobo. Lo mismo sucede con otros personajes como Pedro Rimales en Venezuela, o Pito Pérez en México o Cociaca en Medellín. No es la debilidad lo que hace al personaje un héroe criollo, sino su capacidad para burlarse, para engañar y, sobre todo, para ganar.

Los vivos de nuestros cuentos populares son pequeños héroes que van ganando batallas a los poderosos, a los ricos, a los avaros o simplemente a los descuidados. Sus triunfos no son tanto el producto de la maldad, como de las circunstancias desafortunadas en las que les tocó vivir. Si ganan es porque alguien tiene que ganar en este mundo cruel, sin reglas y sin una autoridad. El vivo es un malo bueno, o un malo que se autojustifica por el mundo en el que vive.

En la cultura popular se encuentran, a veces, algunas claves de nuestra concepción del mundo social que son mucho más dicientes que los sesudos tratados de teoría social o política que se han escrito y, por supuesto, que dicen mucho más de lo que somos —como las historias de Tío Conejo— que nuestras leyes o nuestros símbolos patrios. ¿O acaso en el Escudo Nacional no tenemos un magnífico cóndor de los Andes en lugar de un simple conejo sabanero?

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