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Imagen del dolor

Mauricio García Villegas
septiembre 3, 2010

Publicado en: El Espectador

POR ESTOS DÍAS HE ESTADO PENDIEN- te de la suerte que corren los 33 mineros chilenos del desierto de Atacama.

 

POR ESTOS DÍAS HE ESTADO PENDIEN- te de la suerte que corren los 33 mineros chilenos del desierto de Atacama.

Desde que supe que podían ser liberados sigo las noticias de su rescate; sufro al saber todo lo que falta para que salgan a la superficie y pienso en lo que estarán sintiendo sus mujeres y sus hijos. No soy el único; el mundo entero parece estar hoy conmovido con la odisea de estos mineros atrapados en las entrañas de la tierra.

Pero este drama también me ha puesto a pensar en lo caprichosa que es la compasión. Sentir piedad es algo que nos enaltece y de alguna manera compensa, quizás no lo suficiente, la pulsión de odio y de antipatía que todos llevamos dentro. Pero la compasión y la piedad no sólo son escasas (comparadas con la antipatía y la indolencia) sino que están mal repartidas. Si la lógica rigiera las emociones, distribuiríamos nuestro sentimiento de compasión de manera más equitativa, según el grado de sufrimiento de las personas. Los que más sufren recibirían más de ella y los que menos sufren recibirían menos. Pero no es así, ante las peores tragedias, muchas veces nuestro espíritu permanece imperturbable.

La razón por la cual repartimos mal la compasión es porque éste es un sentimiento sesgado por los sentidos, sobre todo por los ojos. Cuando no vemos a alguien sufrir somos indolentes. Está comprobado que quien tortura con choques eléctricos es más despiadado cuando su víctima se encuentra del otro lado de la pared. Nos indignamos cuando vemos que un adulto le pega una palmada a un niño, pero cuando oímos la noticia de que en Bogotá hay cientos de menores que diariamente son víctimas de abuso sexual, nos quedamos impasibles.

Nuestra compasión no se activa con las buenas razones. Se necesita de una historia, de una hoja de vida, de un relato, de una foto, para hacer volar la imaginación del dolor. Se sabe quiénes son los mineros de San José, cuáles son sus esposas y sus hijos, dónde viven y cuántos años tienen; vemos en sus caras la encarnación del sufrimiento y por eso sentimos piedad por ellos. Hoy el pueblo chileno está en ascuas, esperando la suerte que correrán esos mineros que todos los días ven por la televisión y oyen por la radio. No es falta de conmiseración si ese mismo pueblo no se desvela con la suerte de los 170 mil niños (una cifra seca, sin caras y sin historia) que diariamente aguantan hambre en ese país, pero que no se ven. (Tiene mucho sentido la frase que dice: una muerte es una tragedia; mil muertes son una estadística).

Lo mismo pasa en Colombia, un país de víctimas y de dolor. La sociedad colombiana sabe muy bien quiénes son los 19 soldados y policías que la guerrilla tiene secuestrados desde hace diez años. El hecho de ver sus caras y conocer a sus familias ha alimentado el enorme sentimiento de compasión que los colombianos tienen por ellos y el aborrecimiento equidistante que sienten por los guerrilleros. A los desplazados, en cambio, que son tres millones y medio de personas que cargan con dramas personales que casi nadie conoce y que cuando llegan a las ciudades parecen pobres comunes y corrientes, nadie los ve, nadie los distingue.

Todo esto me hace pensar en la enorme responsabilidad que tienen los medios de comunicación. Las imágenes que ellos nos muestran, o nos dejan de mostrar, activan o inhiben nuestro sentimiento de compasión. Tenía razón Napoleón cuando dijo que la imaginación gobierna el mundo; hoy, dos siglos después, los medios de comunicación gobiernan la imaginación.

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