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Impunidad intelectual y violencia

Mauricio García Villegas
octubre 25, 2014

Publicado en: El Espectador

¿Qué relación existe entre las siguientes cuatro frases aisladas? 1) los cuadros de Paul Gauguin son mucho más hermosos que los de Vincent van Gogh; 2) Dios existe como tres personas distintas, Padre, Hijo y Espíritu Santo; 3) la protección del medio ambiente debe hacerse de tal manera que no ponga en tela de juicio los derechos de propiedad, y 4) la energía no se crea ni se destruye, tan sólo se transforma.

 

La respuesta es nada, o casi nada, salvo que cada una corresponde a una manera específica de pensar y de hablar: la estética, la religión, la política y la ciencia, respectivamente.

L. Wittgenstein, uno de los grandes filósofos del siglo XX, decía que estas maneras de hablar eran juegos de lenguaje (discursos) con reglas y condiciones de validez propias: la fe, en el caso de la religión; la belleza, en el caso de la estética; la argumentación razonable, en el caso de los discursos políticos, y la demostración racional, en el caso de la ciencia. El respeto de las reglas de cada uno de estos juegos, y la no confusión entre ellos, es esencial para que la gente pueda dialogar, debatir y eventualmente ponerse de acuerdo. Así, por ejemplo, un físico no puede proponer una nueva Ley de la Termodinámica con el argumento de que es más elegante, o de que protege mejor el medio ambiente. En el mismo sentido, un político no debería sustentar sus propuestas en dogmas de fe o en las leyes de la física.

Quisiera detenerme un instante en la lógica de lo razonable, que es aquella que gobierna los buenos discursos políticos. Los enunciados políticos no requieren de una demostración plena, como los enunciados de la física, pero tampoco son tan subjetivos como decir que Gauguin era mejor pintor que Van Gogh. En el debate político hay que dar razones para sustentar lo que se dice. Más aún, hay que oír al adversario e incluso estar dispuesto a dejarse convencer cuando los argumentos contrarios son de mayor peso.

Digo todo esto para sostener que en Colombia las reglas del debate político se respetan poco. Lo razonable suele valer menos que el dogma o que la simple imposición de gustos o de intereses. Con mucha frecuencia el lenguaje político se parece al lenguaje religioso o al interés personalista, más que a una competencia de argumentos razonable. El resultado de todo esto, claro, es un fenómeno extendido de impunidad intelectual.

Un ejemplo elocuente de lo que digo es el texto del Centro Democrático sobre las supuestas “52 capitulaciones”, en donde hay todo tipo de acusaciones contra el actual proceso de paz. La Silla Vacía le aplicó su célebre “detector de mentiras” y encontró lo siguiente. De las 52 afirmaciones, siete son falsas, seis apresuradas, nueve engañosas, dos exageradas, cinco debatibles, 13 ciertas, pero bajo condiciones, seis imposibles de demostrar y cuatro verdaderas. En una clasificación más sintética, yo diría que 16 son mentirosas, 32 son temerarias y tan sólo cuatro son verdaderas.

Cuando el debate político no está regido por reglas mínimas de razonabilidad, la impunidad intelectual termina imponiéndose. Esto crea un círculo vicioso: quienes en principio estarían dispuestos a jugar el juego de lo razonable, terminan impacientándose y optando por jugar con las mismas reglas (sucias) de sus opositores.

No es que el Centro Democrático no tenga derecho a criticar el proceso de paz, es sólo que debe hacerlo con argumentos. Su texto sobre las capitulaciones es desmesuradamente irracional y eso, como hemos visto en el pasado, puede crispar tanto los ánimos que la gente decida cambiar, una vez más, el diálogo por las armas.

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