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Inteligencia militar

Mauricio García Villegas
febrero 8, 2014

Publicado en: El Espectador

En un país que ocupa el cuarto peor lugar en la prueba internacional de evaluación de estudiantes (PISA), en donde no hay ninguna universidad entre las mejores cuatrocientas del mundo, ni centro de investigación entre los mejores seiscientos del mundo, es un desconsuelo (por decir lo menos) que sólo se hable de inteligencia cuando se denuncian los abusos de la llamada inteligencia militar.

 

Estoy exagerando, lo sé, pero no demasiado. Esta militarización de lo intelectual (o intelectualización de lo militar, como quieran) no es algo menor y dice mucho de lo que somos como sociedad. Me explico.
La expresión “inteligencia militar” es un eufemismo, es decir, una manera de mostrar algo que nos disgusta con palabras que nos gustan. Eso sucede cuando decimos, por ejemplo, “robusto” en lugar de gordo, o “poco agraciado” en lugar de feo, o “pasado de copas” en lugar de borracho. Los eufemismos son importantes. Ellos nos permiten ser compasivos en medio del dolor, generosos frente a la desdicha o elegantes ante la indecencia. Pero cuando no se utilizan para temperar la dureza de la vida sino para engañar, el eufemismo se vuelve hipocresía o, como decía James Howell, las palabras del Ángel se convierten en los hechos del Diablo.

Los militares, cuyo oficio está trágicamente ligado al dolor y a la muerte, son expertos en el arte del eufemismo. Hablan de “teatro de operaciones” en lugar de campo de batalla, de “daños colaterales”, en lugar de muertos civiles, de “fuego amigo” en lugar de disparos entre sus soldados. Hay casos incluso más extremos: Franco decía que Marruecos era un “protectorado de España” y Hitler llamaba “solución final” al genocidio judío. Cuando los civiles adoptan el lenguaje militar, hacen lo propio: el presidente Bush llamaba “interrogatorios intensivos” a lo que realmente era tortura y Barack Obama denomina “operaciones quirúrgicas” a lo que es un ataque selectivo con drones.

En sociedades como Colombia, que han vivido en guerra durante mucho tiempo y en donde los militares tienen un protagonismo excesivo en el sistema político, los eufemismos militares hacen parte de la vida nacional. Para la muestra basta con saber que la historia reciente del país ha estado marcada por tres de estos eufemismos: el de los “falsos positivos”, usado para ensombrecer el asesinato de personas inocentes que luego eran presentadas como guerrilleros muertos en combate; el de las “manzanas podridas”, utilizado para indicar que la corrupción en el ejército es una cuestión aislada y remediable, y el que nos ocupa ahora, es decir, el de la “inteligencia militar”, utilizado para edulcorar las chuzadas y el espionaje.
Es cierto que en este último caso (el de las chuzadas) se trata de una práctica que puede ser legal. Sin embargo, eso no la hace menos eufemística; hay una distancia insalvable entre la inteligencia como mérito (como valor social) y la inteligencia como actividad de espionaje. La inteligencia como mérito puede significar la redención de una sociedad: la inteligencia militar, en cambio, si bien puede ser necesaria, tiene tanto de inteligencia como el arte de la guerra tiene de arte.

Lo que intento decir es que en una sociedad como la nuestra, en donde hay mucha guerra y mala educación, el uso militar de la palabra inteligencia tiende a opacar su uso intelectual.

Esta es una razón más para esperar que cuando se logre la paz, el dinero de la guerra se invierta en la educación. Quizás entonces la palabra inteligencia adquiera el uso que se merece.

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