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Juan Fernando Jaramillo, un intelectual que sabía reír

Dejusticia
abril 19, 2012

Publicado en: El Espectador

Socio fundador de Dejusticia, falleció el jueves pasado.

 

No a diario encuentra uno a un intelectual del carácter de Juan Fernando. De su sentido del humor, de su vitalidad, de su sencillez ni de su ‘anti-esnobismo’ declarado.

Bastaba sentarse con él un rato en lo que sus más queridos compañeros bautizaron como ‘el ala Juan Jaramillo’ —su oficina en la sede de Dejusticia—, para que empezara a inundar al visitante con su profunda voz; con su risa a carcajadas que hacía retumbar las paredes.

Hablar con él era encontrar a un interlocutor de primer nivel. No sólo por sus inmensos conocimientos del derecho y la sociedad, sino porque tenía una facultad hoy perdida entre los seres humanos y, sobre todo, entre los académicos: oír con atención cada palabra ajena y medir las propias con cuidado.

“Nunca conocí a un intelectual con una capacidad como la suya para oír con atención lo que piensan los demás, para entender sus argumentos y para adoptar un punto de vista propio, prudente, pero firme en la defensa de principios”, dice Mauricio García Villegas, uno de sus más grandes amigos.

En esa esencia suya residía su vocación de maestro. En la forma como escuchaba los argumentos de cada estudiante, para integrarlos luego con el problema expuesto (la teoría constitucional que enseñaba, siempre era revisada sobre un trasfondo de conflictos sociales) y, finalmente, llevar a su clase de la ignorancia al conocimiento con una facilidad deslumbrante.

De tal facultad se derivó también su habilidad, dentro de esa Corte Constitucional de la que fue magistrado auxiliar durante más de una década. Juan Fernando le dio a Colombia parte de la más refinada jurisprudencia de ese órgano: un ejemplo —entre muchos otros— es la sentencia C-358 de 1997 que restringió el fuero militar, excluyendo de la justicia militar las violaciones graves a los Derechos Humanos.

Juan Carlos Henao, uno de los magistrados titulares que trabajó con Juan Fernando tras bambalinas, recuerda con mucha admiración su profundo conocimiento de las sentencias proferidas por el alto tribunal. Lo califica como ‘la generosa memoria institucional de la jurisprudencia de la Corte’. El don del juez, el de ponderar dos posiciones en conflicto, lo había adquirido casi de una forma natural e incomprensible. Iba con él.

Jaramillo estudió derecho en la Universidad Externado de Colombia para luego irse a Alemania y hacer un doctorado en Ciencias Políticas en la Universidad de Heildelberg. Volvió a Colombia convertido tal vez en el mayor experto en sistemas políticos y sistemas electorales del país. Sus acertados estudios sobre la reelección en América Latina y lo que ésta suponía para la democracia y el constitucionalismo, lo demuestran de sobra. Era un convencido de que las reglas de juego electoral no son un asunto menor del derecho público y de la democracia, sino parte fundamental del funcionamiento de nuestros sistemas políticos.

Pero Jaramillo era particular. Eso lo llevó por un camino distinto, ya que no quiso ganar glorias (que le sobrarían hoy en día) desde su juventud, sino trabajar primero por ese país que amaba y hacía suyo a través de un estilo de vida particularmente sencillo. Por eso en los años 80 se internó en el Magdalena en una expedición que calificó como una de las mejores experiencias de su vida: trabajó de cerca con las comunidades campesinas para alcanzar, en el mundo real, ese derecho que veía tan bonito en el papel. Por eso fue activista. Por eso dio cruzadas por la democracia en la Defensoría del Pueblo y en la Corte Constitucional.

Se preparó toda la vida para darle al país una academia seria y rigurosa. Nada de sobreproducción, nada de muchos volúmenes: algo sencillo pero muy bien hecho. Como sus clases de la Universidad Nacional que, por más que las hubiera dictado una infinidad de veces, las preparaba el día anterior con dedicación y pasión como si se tratara de la primera vez.

Una gran pérdida, sin duda. Incomprensible y prematura. Y más allá de textos, columnas, o clases (que hay que replicar y difundir), a muchos de sus alumnos, compañeros, discípulos y amigos, nos queda el recuerdo de su sonrisa. De su exultante personalidad.

Paz en la tumba de un intelectual distinto.

Cinco ideas claves en su obra

1. Los desafíos que ha tenido que enfrentar (con mayor o menor fortuna) el constitucionalismo latinoamericano, han hecho de este algo original y distinto del constitucionalismo europeo o estadounidense.

2. La democracia en América Latina requiere de organizaciones electorales independientes de los partidos y de los gobiernos. Esta idea la desarrolló en su tesis doctoral, el estudio histórico, jurídico e institucional más completo de la organización electoral que se ha hecho en Colombia.

3. Es necesario crear nuevas y específicas metodologías para evaluar las políticas públicas desde los derechos humanos. Entre ellas se destaca el programa Prosdeher, de la Defensoría del Pueblo, creado bajo su orientación cuando fue defensor delegado en lo constitucional.

4. El derecho constitucional no sólo se aprende en los textos consagrados en las constituciones sino también en la historia de las luchas sociales, en las ideas políticas y en la literatura de los pueblos.

5. La Iglesia Católica ha sido un actor fundamental, tanto para bien como para mal, en la historia constitucional latinoamericana. Por eso hay que estudiar más el papel que ha jugado en nuestras instituciones.

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