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El trabajo en equipo y la resistencia sindical de las mujeres negras cuidadores han sido su forma de ganarle al racismo y a la indiferencia del Estado. Estar juntas es una manera de celebrar que ahora conocen sus derechos y que, además, han conseguido incidir en materia legislativa. | Ilustración: Lina Moreno

Juntas, las mujeres negras cuidadoras luchan contra el racismo

A propósito del Día de la Eliminación de la Discriminación Racial, en esta primera entrega del proyecto Visión Afro 2025 contamos las historias de mujeres que han resistido y exigido la defensa de sus derechos laborales en uno de los empleos más afectados por el racismo en Colombia: el trabajo doméstico.

Por: Daniela Jiménez Gonzálezmarzo 21, 2021

‘Clari’ todavía recuerda cómo cerraba el puño y miraba sus dedos roídos por el jabón. La primera vez que dobló su mano para comprobar con atención su piel lastimada tenía unos catorce años y hace unos pocos meses había sido empleada como trabajadora doméstica interna en una casa de Medellín. La hacían lavar rincones del piso con los dedos, sin guantes, refregar la ropa con los nudillos aunque hubiera lavadora, remover cada mota de polvo a cambio de ningún peso y, por eso, agobiada por el tedio, a veces se preguntaba por qué la vida no le había dado más destino que brillar y limpiar casas ajenas. 

En un bus, hace más de veinte años, salió Clari —como le dicen de cariño a Claribed Palacios—desde Tribugá hasta Quibdó y de ahí hasta Medellín, en un viaje por carretera quizás similar al que también tomaron otras mujeres como Reynalda Chaverra, quien para entonces era una niña negra como Clari y había tenido que dejar a la fuerza su natal pueblo de Tutunendo, ese corregimiento al noroeste del país con sus casas bordeadas por ríos y sus días de lluvias asiduas. 

Años más tarde ambas niñas negras, ya adultas, se conocerían en Medellín con las ansias obstinadas de fundar un sindicato afro de mujeres trabajadoras domésticas. Pero, en los noventa, eran adolescentes de trece años arrastradas por un viaje no elegido a kilómetros de casa, bajo ofertas frágiles de estudio, mejor vestido y alimentación. La Ilusión renovada de una vida distinta, como un regalo recién desempacado. 

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Esta ruta de promesas de un trabajo o estudio, de una situación menos precarizada, fue la misma que siguieron tantas niñas y mujeres negras en Colombia entre 1980 y 1990, quienes, en su mayoría, llegaron por iniciativa propia o presionadas por familiares a capitales como Medellín, Bogotá y Cali. Bajo propuestas engañosas, las niñas y mujeres jóvenes eran empleadas como trabajadoras domésticas. Otras veces, aquellas que viajaban en busca de un empleo como vendedoras en un almacén u otro tipo de ocupaciones, encontraban en el trabajo doméstico una única salida ante la falta de empleo o la segregación de los empleadores. Una ruta, en esencia, de palabras rotas, de abusos, de discriminación étnica, de seres queridos apartados por las distancias. 

Durante sus primeros meses en Medellín, Claribed intentó hacerle sitio a su cuerpo de adolescente negra en una habitación ajena, no más grande que una bodega de chécheres, en la que no era posible cambiarse de ropa y estar de pie al mismo tiempo. Un cuarto no para una niña, ni para una trabajadora, sino, en palabras de Claribed, una habitación para una muñeca cautiva entre la pared y la cama. 

Por dos décadas, mientras crecía, aguantando la rabia y el tedio, Claribed continuó trabajando como interna y pasó de un empleador a otro en la misma ciudad. Algunos intentaron tocar su cuerpo sin consentimiento; otros, por ser negra, la trataron como un objeto incapaz de sentir hambre, disgusto o cansancio. A la par, Reynalda Chaverra, también en Medellín, se hacía sitio en otra casa de familia, mientras limpiaba, cocinaba el almuerzo a diario y ponía el mantel sobre la mesa. La orden era esperar a que los demás comieran. Y eso hacía Reynalda, que observaba desde un extremo y aguardaba la señal de una campanita para recoger la mesa y comer de las sobras que dejaban. 

Alguna vez, le contaría Clari a sus amigas, que ese asunto de discriminación con la comida ocurriría en casi todas las regiones del país y que, incluso, supo de la historia de una compañera suya, también trabajadora doméstica interna, que fue descubierta por su empleadora sacando un tomate de la nevera para preparar un hogao. La dueña de la casa miró a la joven, le dijo: “a mí no me gustan así de atrevidas”, y la despidió. 

El otro asunto sin hablar era el salario. Clari y Reynalda trabajaban en jornadas de más de cincuenta horas a la semana por sueldos que sabían deshonrosos y una lista de ocupaciones que crecía en ítems, que no estaba desglosada en ningún contrato. Haga el tetero del niño, recoja el mandado en la legumbreria, lleve al abuelo caminando durante diecisiete cuadras hasta las citas médicas, saque la basura, limpie, barra, trapee, saque el mugre, enjuague, prepare el desayuno, atienda a los invitados, planche las camisas,, brille los espejos, lustre la madera, ordene el estante, riegue las plantas, desatasque el lavadero, sirva el jugo. Sea niñera, maestra en casa, cocinera, reparadora, tantas labores del cuidado como pueda soportar un ser humano sin siquiera quejarse. . 

Porque, eso sí, estas mujeres tenían prohibidas las quejas. Una vez, con el piso enjabonado y la trapeadora en mano, Clari tuvo un ataque de gastritis que le dobló el cuerpo en dos como un resorte. En su paso express por el médico supo que su empleador le había mentido y que ni siquiera había cumplido con su deber de afiliarla a la seguridad social o a la ARL. Ante el reclamo, justo por contrato, el hombre la miró y solo dijo “Usted, poniendo tanto problema y tanta gente buscando trabajo”. Ese día Claribed abandonó el trabajo como interna. 

Por la justicia

También salieron de casa, con apenas unas mudas de ropa, Digna Murillo y Sandra Liliana Pérez. La primera desde Necoclí, en la costa del Urabá antioqueño, y la otra desde el corregimiento de Partadó, en Nuquí. En ese intento de hacerse un sitio en las ciudades, de encontrar un empleo y vivir mejor, de terminar los estudios, Sandra y Digna ya suman más de dieciséis años rotando de una casa a otra como trabajadoras domésticas, a cambio de pagos que, al comienzo, cuando estaban recién llegadas a Medellín, estaban por debajo del salario mínimo. 

Hubo momentos, cuenta Digna, en los que sus patrones decían en voz alta que ella era negra solo para acentuar, con crueldad, que la piel negra estaba hecha para aguantar, soportar y cargar cualquier peso; que la piel negra estaba hecha, incluso, para no quemarse con objetos calientes o para cargar un aparador al hombro de varios kilos sin incomodarse. 

Sandra Pérez, ahora residente en el barrio Granizal, en Medellín, labora ahora como  trabajadora doméstica contratada por horas. En sus primeros años recuerda cómo su primera empleadora la perseguía por el apartamento para escrutar la manera en que Sandra limpiaba cada una de las ranuras de las baldosas con un cepillo de dientes. “Es el colmo”, le decía por la espalda, “uno pagándoles y ni siquiera eso lo pueden hacer bien”. Sandra, sin embargo, aguantó con coraje esos primeros años y ahora habla de ese momento con una serenidad decantada. 

Y agrega que ha tenido suerte y que eso fue cuestión de un solo trabajo, porque su historia con el trabajo doméstico ha sido un camino de protección y respaldo.  Es decir, empleadores más equitativos que poco a poco fueron ajustando su salario, que le dieron su debido descanso y que incluso se preocuparon por ella durante la pandemia. Por eso dice que su vida, por fortuna, no ha sido la misma postal de violencias de muchas compañeras. 

Dice la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (2016-2017) del Dane que, en Colombia, cerca de 480.000 personas se dedican al trabajo doméstico con remuneración. De las personas que se dedican a este oficio, menciona el Dane, el 95.5% son mujeres. No hay, aún, un estudio más actualizado. A pesar de eso, de acuerdo con fuentes oficiales y académicas, el número de trabajadoras domésticas en el país podría estar hoy entre 700.000 y 1’000.000. A ese dato llegó la abogada Valentina Montoya Robledo tras una década estudiando el tema. 

En 2012, mientras cursaba su maestría en Derecho en Estados Unidos y luego de compilar más de 180 entrevistas, Valentina Montoya pudo establecer cómo incluso en los trazados urbanos de las ciudades eran evidentes las tantas formas de discriminación y de violencia a las que estaban habituadas las trabajadoras domésticas, que usualmente residían en sectores periféricos que no estaban bien conectados con los sistemas de transporte. El proyecto de investigación de Montoya hoy es el portal Invisible Commutes, cuya premisa es dejar en evidencia estos recorridos largos e inequitativos. 

En su trabajo, Montoya explica cómo en Bogotá una trabajadora doméstica puede tardar hasta 6 horas en sus recorridos diarios, alternando entre buses, y en Medellín hasta 4 horas. El problema es peor si la mujer es negra. Si se perdía un objeto en el bus, cuenta Montoya que le relataron sus entrevistadas, de inmediato las señalaban a ellas. Si ocupaban un asiento, algunos viajeros se retiraban con desprecio y les decían que no querían “untarse de negra”. 

Para María Ximena Dávila, investigadora del área de Género de Dejusticia, uno de los problemas estructurales radica en que el trabajo doméstico remunerado está feminizado, precarizado, racializado y empobrecido. No solo porque más del 90% son mujeres, sino porque en su mayoría se trata de mujeres afro e indígenas migrantes, desplazadas por una violencia y una pobreza que persiste. 

Este es, además, un país que no valora las labores del cuidado. Para Dávila, con los salarios indignos, en la frontera de la explotación, las trabajadoras domésticas no solo enfrentan un sinfín de violencias de sus empleadores, sino también la omisión del Estado. Muchas llegan a las ciudades huyendo de violencia intrafamiliar o de grupos armados, y arriban a lugares donde la violencia previa se renueva y se acentúa, de forma velada bajo la retórica de que “somos una familia”. Otras veces de formas más explícitas, pero igual de crueles. 

Fue solo hasta abril de 2013, durante una sesión de grupos focales con trabajadoras domésticas negras propiciadas por la Escuela Nacional Sindical, que las mujeres que llevaban décadas resistiendo presiones, que no sabían que podían jubilarse o exigir vacaciones, prestaciones o pagos de horas extras, comenzaron a reunirse para documentar sus exigencias y llevarlas al Estado. Allí Claribed Palacios conoció a Reynalda Chaverra y, después, a Sandra Pérez y a Digna Murillo. Junto a Flora Perea, Nidia Díaz y María Roa fueron elegidas como integrantes de  la junta directiva de la primera organización sindical con enfoque étnico del país. La llamaron Unión de Trabajadoras Afrocolombianas del Servicio Doméstico (Utrasd).

Soñarás de nuevo

Los meses que vendrían a la creación del sindicato fueron, en palabras de Claribed, los días gloriosos. O, al menos, los días de una felicidad renovada, o de una certeza de que era posible reivindicar a las trabajadoras del cuidado. Mientras en Medellín algunas de sus compañeras se iban sumando a la creciente organización, en la región del  Urabá antioqueño y en ciudades como Cartagena, Neiva y Bogotá se iban creando subdirectivas de Utrasd. 

En Cali, por ejemplo, a finales de los noventa, según cuenta la lideresa María Oneira Guzmán, las mujeres ya allanaban también el trabajo sindical y aprendían, en sesiones y talleres conjuntos, en sus conversaciones en el Parque Panamericano,  que no había razón para ser tratadas como menos por sus empleadores. Empezaban a hablar de valía y dignidad. Ella misma había sufrido discriminaciones cuando trabajaba como interna: acoso sexual, regaños y amonestaciones al intentar comer en la misma mesa o al usar los mismos platos o cubiertos. 

En 1988, María Oneira Guzmán llegó a Cali desde la vereda Damían Suárez del Cauca. Se empleó durante varios años como trabajadora doméstica y lideró varias de estas reuniones en el Parque Panamericano, el sitio en el que nació el sindicato caleño Ultrahogar. Todo dejó de ser tan malo desde entonces, dice María Oneira, y agrega que desde allí incluso se impulsó un fondo comunitario de ahorro para mujeres migrantes del empleo doméstico, un subsidio que fue el presagio de que vendrían buenas cosas para todas ellas durante los 20 años en que pudieron sostenerlo.  

Por fuera de esos encuentros sindicales, en las casas de trabajo, muchas comenzaron a hablar de cuidado desde los términos de una remuneración justa, nunca por debajo del salario mínimo. También del pago de prestaciones sociales, un contrato de trabajo, auxilio de transporte. Clari vio otra vida posible: se hizo coordinadora del sindicato y con el apoyo de la cooperación internacional  empezó a estudiar mercadeo y ventas. Otras compañeras y conocidas suyas también asistieron a la universidad. María Oneida se graduó como profesional de Estudios Políticos en la Universidad del Valle. Reynalda quiere ser chef profesional, porque ama la sazón de la comida de su tierra y las preparaciones adobadas con los ingredientes del Pacífico. 

Años atrás, cuando era una adolescente, el anhelo de estudiar una carrera era una idea distante. No se hablaba de esos otros sueños al margen del trabajo doméstico porque hubo empleadores que les dijeron que no podían ir al colegio o a la universidad. Digna recuerda que quiso estudiar y, por su oficio y hasta por su color de piel, hubo momentos en los que le hicieron creer que ella solo estaba capacitada para el trabajo doméstico. 

“La verdad, en mis 48 años de vida, la experiencia que he venido analizando es que nosotras las mujeres negras nos vemos más obligadas a ejercer esa labor”, dice Reynalda. Cree que es por desconocimiento, por discriminación, porque las puertas no se abren en otros oficios. .

Una vez, comenta, una mujer le hizo una entrevista telefónica para contratarla en un trabajo. Reynalda le contó que era negra y chocoana. Ella le dijo:“no me gusta trabajar con negras”, le dio las gracias y cortó. Reynalda no se sintió mal, dice que no le puso misterio porque eso no volvió a pasar. Fue cuestión de una sola vez. 

Una encuesta de la Escuela Nacional Sindical en 2014 reveló que, en Medellín, solo el 9,5% de las trabajadoras domésticas afrocolombianas que son empleadas en esta ciudad nacieron allí.  Las demás mujeres viajaron desde zonas como el Chocó y Urabá. Las principales razones para dejar sus ciudades fueron la falta de oportunidades laborales (57,1%) y el desplazamiento forzado (23,8%).

“Hay compañeras con las que uno se sienta hablar y le provoca sentarse a llorar, porque todavía existen  empleadores que todavía piensan que estamos en la era de la esclavitud,. Sin embargo, eso ha mejorado mucho. Yo no he vuelto a sentirme discriminada”, dice Sandra. 

Claribed también cree que son tiempos mejores.  El trabajo en equipo, la resistencia sindical, han sido su forma de ganarle al racismo y a la indiferencia del Estado. Estar juntas es una manera de celebrar que ahora conocen sus derechos y que, además, han conseguido incidir en materia legislativa. .

Ese, dice, es un primer paso para garantizar el ejercicio de su trabajo en condiciones de equidad. Recuerda, entre tantas cosas, que en 2015 salieron 28 mujeres negras, integrantes del sindicato, en un bus que partió desde Medellín hasta el Congreso de la República en Bogotá. Tenían certeza de que la discriminación racial en entornos laborales para las mujeres trabajadores domésticas afrocolombianas era también evidente en la legislación. 

Las integrantes de Utrasd, acompañadas por la senadora Angélica Lozano y la abogada Viviana Osorio de la Escuela Nacional Sindical, llegaban hasta la capital para ponerle la cara al Estado y exigir la aprobación de la que ahora es la Ley de Prima de Servicios o Ley 1788 de 2016 (Que obliga al empleador a pagar a su empleado la prima de servicios). Estuvieron en todos los debates. 

En el último debate, el de la victoria, Claribed, María Roa y Flora veían a los senadores y esperaban con paciencia. “Los veíamos en su silla, sin moverse”, dice Claribed. Los veían y sentían miedo de sus negativas, de que el esfuerzo se fuera a pique.. María y Flor empezaron a llorar de la angustia. “Unas lágrimas muy gruesas, recuerda Claribed, aunque ella les hiciera señas para que no lloraran. “Ellas no me hacían caso”, comenta, “yo me metí en medio de las dos y las pellizqué. No van a llorar. No lloren. Han llorado toda la vida en las casas, para que vengan a llorar aquí”. 

Uno de los senadores se levantó de su silla, tras horas de discusiones y dilaciones, y dijo: “Voten, voten”. Claribed, María Roa y Flora esperaron viendo por las pantallas. La Ley pasó por unanimidad. 

Ni cuando se aprobó la Ley 1788, en el que era uno de los momentos más eufóricos de su vida, Claribed pudo llorar. Cuando era más joven se preguntaba para qué existía ella, o si había otra forma de habitar la vida lejos de los cuartos diminutos, los insultos por ser negra y las sobras de comida. El día del triunfo en el Congreso se guardó las lágrimas, celebró con una discreción elegante, abrazó a sus amigas y, por la tarde, festejaron con vino el fin de más de sesenta años de discriminación legislativa. Saboreó esa victoria en silencio, en medio de esa tregua que había ganado para sí misma y sus compañeras. Fue como un paréntesis para sentir que la vida era posible así: tranquila, luminosa y serena a pesar de las discriminaciones y las hostilidades. 

*Esta nota hace parte de una serie de contenidos sobre liderazgo de personas afro en las Américas que publicaremos a partir de hoy y que recogemos bajo el proyecto Visión Afro 2025, financiado por Ford Foundation.

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