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Katrina: ¿desastre natural o miseria de la política?

Rodrigo Uprimny Yepes
septiembre 9, 2005

Publicado en: Semana

Rodrigo Uprimny, director de DJS, resalta cómo el huracán Katrina desnudó muchas de las inequidades de la política actual estadounidense.

 

El Huracán Katrina, que inundó a Nueva Orleáns y asoló las costas de Louisiana y Mississippi, y causó una terrible tragedia humana, no es sólo una desgracia natural; tiene también un profundo significado político, pues las inundaciones sacaron a flote algunas de las iniquidades más profundas de la sociedad estadounidense y de la política del gobierno Bush.

En primer término, las inundaciones pusieron en evidencia las limitaciones de la visión ecológica de la derecha neoconservadora que hoy gobierna ese país.

Hace algunos meses, entró a regir el Protocolo de Kyoto que, para evitar el calentamiento global del planeta, pretende disminuir la emisión de los gases que producen el efecto invernadero, como el dióxido de carbono o el metano. Pero ese protocolo, que ya era bastante limitado, nació cojo, porque el gobierno Bush retiró a Estados Unidos de ese tratado, a pesar de que ese país es responsable del 25 por ciento de las emisiones mundiales de esos gases.

Las razones invocadas por Bush fueron básicamente que no había clara evidencia de que hubiera realmente efecto invernadero y que las restricciones impuestas por el protocolo afectaban el crecimiento estadounidense. Sobre todo porque éstas no se aplicaban con igual rigor a países pobres, como India y China.

La segunda objeción es de un egoísmo nacional extremo, que no merece comentario alguno. Por su parte, la primera no es convincente, pues viola el principio de precaución, según el cual, si hay evidencias razonables de riesgo ambiental, la sociedad no puede esperar hasta cuando se conozcan todas las respuestas, antes de tomar medidas protectoras. Y las evidencias científicas del calentamiento global y de sus riesgos son claras.

La cruel ironía del caso es que, aunque el asunto es debatido, uno de los riesgos que provocan el efecto invernadero es precisamente el incremento de la severidad de las tormentas tropicales. Así lo creen muchos expertos, como Michel Jarraud, secretario general de la Organización Meteorológica Mundial (OMM), quien afirmó que el calentamiento global del planeta ha incidido en la intensidad de los ciclones tropicales. Igualmente, el climatólogo del MIT Kerry Emmanuel afirma que las grandes tormentas han aumentado 5 por ciento en intensidad desde la década de los 70. Y en ese período aumentaron también las emisiones de gases responsables del efecto invernadero, y la temperatura media global se incrementó en un grado Farenheit.

Los desastres provocados por Katrina serían entonces consecuencia, al menos en parte, de la propia política estadounidense. Algunos podrían alegrarse de ese hecho, pues dirían que algo de justicia hay en este mundo, ya que los culpables del calentamiento global del planeta estarían pagando por ello. La arrogancia estadounidense habría sido castigada por la naturaleza, que habría actuado un poco como la diosa griega Némesis, que sancionaba severamente las desmesuras de los seres humanos cuando éstas afectaban los equilibrios universales.

Pero quienes piensan así se equivocan profundamente, pues quienes más han sufrido con el huracán no son precisamente los responsables de esas políticas. Las víctimas principales de Katrina fueron aquellas personas que por su pobreza extrema no pudieron salir a tiempo de Nueva Orleáns, pues no tenían autos en que desplazarse, ni tenían dónde refugiarse, ni querían abandonar sus pocas pertenencias; quedaron entonces atrapadas en las inundaciones. Estas personas eran en su gran mayoría afrodescendientes, que vivían en condiciones muy difíciles antes del huracán, y que ahora están muertas o son refugiadas internas en su propio país.

Y ese es el segundo contraste que sacaron a flote las inundaciones: la profunda iniquidad social y racial que existe en la sociedad estadounidense, que ni siquiera goza de igualdad ante las fuerzas destructoras de la naturaleza. Esta desigualdad además se ha visto acentuada en las últimas décadas por el desmonte de muchos programas sociales. Muy lejos estamos entonces del sueño americano que nos pintan en las películas de Hollywood.

Este predominio de víctimas pobres y afrodescendientes parece explicar también la indiferencia inicial del gobierno Bush hacia esa tragedia. Varios días pasaron antes de que hubiera una reacción vigorosa del gobierno federal. Esa es la tercera iniquidad que sacó a flote Katrina. Para el actual gobierno estadounidense, todos sus ciudadanos son iguales, pero algunos son más iguales que otros, y por ello los negros pobres de Louisiana no son una prioridad.

Finalmente, las inundaciones del huracán Katrina también sacaron a flote las limitaciones del mercado como sistema regulador autosuficiente y las iniquidades de las prioridades fiscales del actual gobierno. Desde hace algún tiempo, varios expertos habían advertido acerca del mal estado de las infraestructuras que debían proteger de las inundaciones a Nueva Orleans, una ciudad que se encuentra bajo el nivel de mar. Pero parece que no era negocio reforzar esas infraestructuras; y que en épocas de déficit fiscal sólo hay plata para las guerras. No sólo no hubo inversiones públicas para reforzar los diques y sistemas de bombeo que protegían a Nueva Orleáns, sino que incluso el gobierno Bush redujo considerablemente el presupuesto del Cuerpo de Ingenieros de Nueva Orleáns. Los resultados están a la vista.

Katrina, entonces, nos muestra que las calamidades naturales, como ésta, tienen una indudable dimensión política. Y que los desastres naturales a veces no son tan naturales como nos los pintan.

Por ello es necesario tener siempre presentes las responsabilidades de un gobierno democrático frente a los riesgos de la naturaleza, que son, al menos, prevenir las catástrofes, cuando sea posible; tomar medidas para mitigar sus efectos, cuando la calamidad sea inevitable; reaccionar eficazmente para socorrer a todos los afectados cuando la catástrofe ocurra; y todo ello sin discriminar a nadie y protegiendo especialmente a los más débiles. Todo lo contrario a lo que hizo el Gobierno Bush.

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