Dejusticia-WHITE-with-transparent-background

KKK (Mississippi en aguas)

Danilo Rojas Betancourth (socio inactivo)
septiembre 16, 2005

Publicado en: Semana

“Hay que rogar porque Katrina y Kyoto nos proporcionen una andadura futura menos kafkiana”, dice Danilo Rojas, investigador de DJS.

 

La tragedia del Katrina ha dejado muchas y muy lamentables lecciones, tal como lo muestran los hechos registrados por los medios y los comentarios de los analistas. Particularmente ha servido para revivir uno de los debates en los que el gobierno de Estados Unidos es más escurridizo: la responsabilidad que cabe a los países industriales por el efecto invernadero. Kyoto es ahora la palabra mágica que más se oye entre los expertos del clima, a la que bien puede agregarse Kafka, no solo por la complejidad ética, política y económica de Kyoto, sino por el carácter absurdo de la tragedia anunciada y la sin salida “samsiana” de vernos de pronto consumiendo a pasos acelerados nuestro más preciado bien común y perecedero: la atmósfera.

El calentamiento de la tierra es un hecho que la ciencia viene detectando desde hace años, producto principalmente de la emisión de gases producidos por los seres humanos como el dióxido de carbono (gas carbónico), que se suman a otros elementos de la atmósfera que retienen a los rayos infrarrojos que emite la Tierra al calentarse, con lo cual la radiación producida vuelve a afectar la superficie terrestre, produciendo el sobrecalentamiento.

El Tercer Informe de Evaluación del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático -creado en 1988 por la ONU y la Oficina Meteorológica Mundial- presentado en 2001, mostró las poco alentadoras cifras que evidenciaban el calentamiento global: aumento del nivel del mar entre 10 y 20 centímetros durante el siglo pasado, la disminución de la capa de hielo y nieve en un 10% desde los 60, la intensificación de El Niño en las últimas tres décadas, la desertización de zonas fértiles y la cada vez mayor impredecibilidad del clima. Todo ello producido por la actividad humana: deforestación, quema de combustibles fósiles -lo que hacemos y vemos todos los días al encender un vehículo, por ejemplo-, producción ganadera y arrocera, etc., con el consecuente incremento del dióxido de carbono y metano en la atmósfera.

La cadena causal es bien simple y conocida: actividades humanas como las descritas producen gases que alteran de manera irreversible el equilibrio climático, lo cual se refleja principalmente en el deshielo y el consecuente aumento en el nivel de las aguas. Será cuestión de tiempo el comprobar que no habrá dique que aguante. ¿Qué ha hecho la comunidad internacional al respecto? No mucho.

A pesar de que las primeras advertencias serias sobre el cambio atmosférico producido por el aumento del gas carbónico en la atmósfera provienen de 1958, solo hasta 1992 fue firmada la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, animados por los resultados que desde 1990 empezó a presentar el Grupo de Expertos sobre Cambio Climático. Este convenio, conocido más como la Convención de Rio de Janeiro -lugar en donde se realizó la llamada Cumbre de la Tierra- a la fecha ha sido ratificado por más de 180 gobiernos.

La Convención de Rio abrió el camino al Protocolo de Kyoto de 1997 que estableció objetivos de reducción o limitación de emisiones de gases causantes del efecto invernadero. Por muchas razones, Kyoto no ha mejorado la situación climática. Por el contrario, su fracaso se vio reflejado en la reunión de noviembre de 2000 celebrada en La Haya, que pretendió fallidamente concretar los compromisos adquiridos por los Estados: recortar en 5.2% para el año 2010 las emisiones de gas carbónico.

Es bien conocido que el gobierno de Estados Unidos no firmó este tratado, como casi ninguno que no pueda controlar. Pero es menos conocida la afirmación del actual mandatario norteamericano cuando en uno de los debates televisivos señaló que algo que no permitiría es que Estados Unidos asumiese “la carga de limpiar la atmósfera del planeta, como habría supuesto el tratado de Kyoto” pues “China y la India quedaron exentas por ese tratado”, reclamando entonces ecuanimidad. Lo que olvidó el hoy presidente Bush es que Estados Unidos es responsable de la emisión de más de 5 toneladas de carbono por persona al año, al paso que China emite 0,76 y la India 0,29. De hecho, ningún país del mundo supera los niveles per cápita de emisión de gases causantes del efecto invernadero que tiene Estados Unidos.

El desarrollo de energías no contaminantes no parece seducir mucho a los grandes capitales por razones económicas más o menos obvias, por lo cual solo quedaría el recurso al argumento ético. Pero ni siquiera la plataforma utilitaria que proporciona el Protocolo de Kyoto sedujo al gobierno norteamericano. Como es sabido, este tratado aceptó el llamado comercio de emisiones, mediante el cual se permite la compra de “créditos de emisiones” de aquellos países que estén por debajo del nivel porcentual exigido en el tratado. Así por ejemplo, si a un país se le permite tener un límite de emisión de gases del 5% y solo emite un equivalente al 3%, entonces el 2% restante lo puede negociar con otro país cuya emisión porcentual de gases, sea superior a la permitida.

¿Podrá verse seducido el gobierno de Bush o el de quien lo suceda con un argumento ético aún más poderoso que el utilitarista? Parece poco probable. Entre otras razones porque a pesar de ser ostensible la verdadera base empírica de la globalización -el vertedero atmosférico- los avances éticos de algunas vertientes ecológicas aún no pesan lo suficiente en decisiones de política pública global relativas al cambio climático.

Otras aproximaciones éticas no exactamente ecológicas -como la de Peter Singer: Un solo mundo. Ética de la globalización-, plantean bien el problema pero sucumben ante la fuerza del argumento del comercio de emisiones y el propio laberinto político inmerso en el tema, como cuando el autor señala que dicho comercio deberá dejar por fuera los “regímenes dictatoriales corruptos” que, vistos desde Estados Unidos, pueden ser predecibles desde ya como aquellos que no comulguen con su política internacional.

Un tema como el cambio climático y sus nada despreciables efectos, no solo debe ser puesto ya en la primera línea de la agenda política internacional, sino concertar lo mejor del pensamiento, el sentimiento y la imaginación humanas, si no queremos seguir siendo testigos mudos y atónicos de nuestra propia tragedia. Habrá que tomarse en serio el chiste de “Riverita” cuando contó que el pura sangre que toreaba en la arena de la Santamaría lo llevó durante la faena “de sol a sombra y de sombra a sol”, hasta que cayó muerto. ¿Murió de una estocada? “No -respondió-, por el cambio de clima”. Hay que rogar entonces porque Katrina y Kyoto nos proporcionen una andadura futura menos kafkiana.

* Miembro fundador de DJS, profesor de la Universidad Nacional
El Centro de Estudios de Derecho, Justicia y Sociedad (DJS) fue creado en 2003 por un grupo de profesores universitarios, con el fin de contribuir a debates sobre el derecho, las instituciones y las políticas públicas, con base en estudios rigurosos que promuevan la formación de una ciudadanía sin exclusiones y la vigencia de la democracia, el Estado social de derecho y los derechos humanos.

Powered by swapps