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La alegría del Sí

Mauricio Albarracín
septiembre 1, 2016

Publicado en: El Espectador

El próximo 2 de octubre votaré Sí con la alegría que me produce el fin de la guerra y la esperanza de construir un país basado en el acuerdo, el disenso y el diálogo.

 

El plebiscito que se llevará en menos de un mes es la votación más importante de nuestra generación. No sólo porque pondría fin a un conflicto armado prolongado y sanguinario, sino también porque crearía las condiciones para la construcción de un país donde todas las voces tengan un espacio y la eliminación física del adversario quede proscrita.

Por eso, la campaña del plebiscito es una oportunidad única para iniciar un diálogo nacional para la reconciliación. Es por eso que la campaña de los dos lados de la contienda no puede ser una continuación de la guerra por otros medios. Debemos ser leales en el debate y evitar la manipulación de la información y la mentira. Esto no es un juego político mezquino, es la definición de nuestras vidas y las de las futuras generaciones. Este mes es un buen momento para leer, reflexionar, conversar y decidir a conciencia. Es un voto que debe tener en cuenta el acuerdo final (el libro de la paz, como diría mi colega César Rodríguez), pero también el libro de la vida. No basta con leer el acuerdo final, es indispensable leer nuestro pasado y entender la guerra en toda su dimensión.

En general, el acuerdo final de paz me parece razonable y dentro del marco de la Constitución. Es el mejor acuerdo posible en el momento actual. Sin embargo quisiera reflexionar sobre un punto que me ha rondado en la cabeza por años: ¿deben ir a la cárcel los criminales de guerra? ¿Por cuántos años? Este pensamiento se inició con la discusión de la constitucionalidad de la Ley de Justicia y Paz hace diez años. En aquel entonces me parecía muy difícil de entender que quienes habían asesinado, torturado y desaparecido se les redujeran las penas. En mi interior no podía dejar de pensar en el dolor de las víctimas y en la arrogancia del victimario. Luego entendí que la cárcel no era indispensable y que la garantía de la verdad, la justicia y la reparación en su integridad eran la clave para entender y reparar una guerra fratricida. A pesar de que los paramilitares fueron a la cárcel por poco tiempo y no cumplieron con su palabra, nunca se me ocurrió oponerme al proceso de desmovilización de esos grupos con todos los defectos de ese proceso

Ahora, las personas responsables de los crímenes más graves tendrán una restricción efectiva de la libertad por un período de hasta ocho años en caso de que garanticen los derechos de las víctimas. Como han dicho varios expertos en justicia transicional, esta fórmula cumple con los estándares establecidos en el derecho internacional. Aunque estoy de acuerdo con ellos, confieso que esta fórmula me genera algunas dudas éticas.

Pero creo también que en mi duda sobre este asunto aparece con mucha fuerza mi sentimiento de venganza, al cual sin duda debemos aplicar un control racional y emocional. George Orwell escribió una columna después de la segunda guerra mundial llamada “La venganza es amarga”. Allí decía el escritor inglés: “toda la idea de la venganza y el castigo es un ensueño infantil. En rigor, eso que llaman “venganza” no existe. La venganza es un acto que uno quiere cometer cuando está desvalido y porque está desvalido; apenas desaparece el sentimiento de impotencia, se desvanece también ese deseo”. Creo que en este debate sobre la cárcel existe un lado oscuro que revela muy bien nuestro resentimiento como sociedad. Pero la pregunta moral va más allá: ¿cómo escapar de estos sentimientos que produjo la guerra?

Creo que debemos decir Sí para desactivar las condiciones que producen y reproducen la venganza, ese sentimiento que produce la idea de sentirse desvalido. El filósofo inglés, Adam Smith, escribió: “las pasiones amargas y dolorosas del pesar y el resentimiento necesitan más fuertemente del consuelo sanador de la simpatía”,  y como él mismo lo escribiera: “la simpatía aviva la alegría y mitiga la pena”. En este caso, la simpatía es ser capaz de capturar la experiencia del dolor de todo el país y no solamente nuestra experiencia particular sobre la guerra. En el fondo, nuestro voto debe ser el resultado de conocer y entender porqué llegamos a este conflicto de baja intensidad y gran atrocidad.

El voto del 2 de octubre es una decisión moral profunda que cada uno debe consultar con su conciencia de manera informada y libre. Para mí, votar que Sí es darle paso a un país imaginado, un país que no conocemos, el de la paz y la reconciliación.

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