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La alternativa de Brasil

César Rodríguez Garavito
octubre 24, 2014

Publicado en: El Espectador

Lo que está en juego este domingo es más que la Presidencia de Brasil.

 

La cuestión crucial es si se mantiene la alternativa económica y política que Brasil ofrece, no sólo frente a las derechas, sino también frente a otras izquierdas. Y si esa alternativa guarda su lugar en el mundo a través de la política internacional independiente que han construido los gobiernos del PT desde 2003.

El corazón de la alternativa es la inclusión social. Las cifras de su acierto son bien conocidas. Cerca de 40 millones de brasileños salieron de la pobreza gracias a políticas de extensión de servicios públicos a zonas marginadas y programas de apoyo económico como Bolsa Familia. La pobreza extrema es casi cosa del pasado (la sufre menos del 1,5% de la población), lo mismo que el hambre (la FAO acaba de borrar al país de su mapa global del hambre).

El resultado es que el otrora país más desigual del globo ha visto emerger una nueva clase media de 200 millones de personas, que por primera vez tienen acceso a empleos y salarios decentes (el ingreso medio ha crecido 87% en la última década). De ahí que la gran mayoría de ellas planee votar por Dilma, especialmente en regiones como el Nordeste, antes tan olvidadas como el Chocó colombiano o el Chiapas mexicano. Por eso también el PT tiene un amplio respaldo entre el 50% de brasileños que se consideran afrodescendientes y que finalmente están llegando a las universidades gracias a programas de acción afirmativa.

En todo esto, y en políticas como el fortalecimiento de la educación pública, el PT ha contrariado la receta económica convencional de centro-derecha, encarnada por Aécio Neves. Incluso ha logrado añadir a la receta medidas como la transferencia condicional de recursos a familias pobres, que en otros tiempos el Banco Mundial calificaba de inviables pero hoy recomienda replicar.

La opción brasileña lo es también frente otros gobiernos de izquierda. Ha avanzado hacia la inclusión social sin debilitar las libertades ciudadanas, a diferencia de Venezuela o Ecuador. Ha mostrado que para ello no hace falta perpetuar un líder en el poder, como en Nicaragua o Bolivia. Y ha evitado el nivel de desequilibrio macroeconómico que tiene en vilo a Argentina y Venezuela.

Pero la alternativa muestra señales de desgaste profundo, que explican la reñida elección presidencial. La corrupción endémica del fragmentado sistema político brasileño, que el PT ha alimentado, requiere una reforma constitucional. Como en el resto de la región, el modelo económico basado en la exportación de minerales hace agua y se acumulan sus graves daños ambientales y sociales. Están llegando las cuentas y la inflación derivadas del consumo desaforado de la década dorada. Y la empoderada clase media se moviliza contra la ineficiencia del Estado, que siente cualquiera que acuda a sus servicios de salud o intente conectarse a internet.

La alternativa brasileña está a medio camino. Ojalá tenga tiempo de madurar y ajustar su rumbo.

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