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La celebración del 20 de julio

Mauricio García Villegas
julio 25, 2009

Publicado en: El Espectador

EL DOMINGO PASADO LOS COLOMbianos celebramos el Día de la Independencia.

 

EL DOMINGO PASADO LOS COLOMbianos celebramos el Día de la Independencia.

Pero me pregunto, ¿realmente nos independizamos? Eso depende de cómo entendemos el término “independencia”. Si lo tomamos en el sentido de haber roto las cadenas que nos unían al imperio español, pues sí, tenemos motivos para celebrar. Pero si lo tomamos en el sentido de habernos liberado de los fardos de la sociedad colonial, me temo que no. En 1810 muchos veían la independencia en este segundo sentido, es decir, como emancipación de la Colonia. “No habrá repúblicas si no cortamos con el pasado”, decía Simón Rodríguez, el maestro de Bolívar.

Así pues, ¿qué tanto nos hemos liberado de ese pasado?

A mi juicio, todavía soportamos muchos lastres coloniales. Sólo tengo espacio para mencionar cuatro.

El primero es el menosprecio por los asuntos públicos. A los españoles les interesaba el arte, la religión y todo lo que pudiera representar lo grandioso —palabra esta inventada en España— más que el buen gobierno, la organización social y los asuntos del bien común. Por eso se preocuparon por construir edificios majestuosos y templos imponentes, en lugar de sociedades ordenadas y gobiernos eficientes. En eso se diferenciaban de los ingleses, más preocupados por el mundo terrenal del trabajo y por la construcción de sociedades prósperas. Pues bien, el menosprecio español por los asuntos públicos es un lastre colonial que sigue casi intacto en Colombia.

El segundo es la distribución de la tierra. Una buena parte de los campesinos colombianos todavía vive como vasallos y los finqueros como señores feudales. Que algunos de ellos tengan armas y cometan las atrocidades que cometen es sólo una prueba más de que esa sociedad arcaica, que es la mayor vergüenza de este país, no murió con la llegada de la Independencia.

El tercero es la división de clases. En Colombia todavía tenemos una sociedad básicamente dividida entre poderosos y desposeídos: arriba un puñado de gente que lo tiene todo y abajo una gran mayoría que no tiene casi nada. La proporción es algo así como 5% arriba, 35% en la mitad y 60% abajo. Esta distribución es hoy más equilibrada que hace doscientos años, pero se sigue pareciendo más a la de una sociedad colonial que a la de una sociedad moderna. En los Estados Unidos, por ejemplo, un país que no se caracteriza ni mucho menos por su igualitarismo, la proporción es 16%-64%-20%.

El cuarto es la presencia diferenciada del Estado. Aquí no hay un país con una ley aplicable en todas partes, sino muchos países con muchas leyes distintas que se aplican según los territorios y según las poblaciones. No son pocos los pueblos colombianos que hoy, dos siglos después del grito de Independencia, viven casi igual a como vivían en la época colonial.

Si seguimos atados al pasado colonial, vale la pena hacerse esta otra pregunta: ¿Por lo menos avanzamos hacia la ruptura definitiva con ese pasado? A juzgar por lo que ha hecho el gobierno del presidente Uribe, creo que no. En los últimos siete años se han fortalecido tres de los cuatro lastres coloniales que he mencionado atrás: el menosprecio por lo público, la distribución feudal de la tierra y la desigualdad social. Hoy no somos más independientes sino más dependientes de esos lastres.

Me pregunto si no es justamente eso lo que el Gobierno, de manera tan patriótica, está celebrando por estos días.

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