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La ciencia de la religión

Mauricio García Villegas
septiembre 5, 2008

Publicado en: El Espectador

HACE YA CASI DOS SIGLOS QUE AUgusto Comte sostuvo, en sus Opúsculos, que la sociedad estaba en un período de transición entre el viejo mundo, dominado por la religión y el militarismo, y un mundo nuevo, en donde la ciencia y el humanismo serían las guías de la civilización.

 

HACE YA CASI DOS SIGLOS QUE AUgusto Comte sostuvo, en sus Opúsculos, que la sociedad estaba en un período de transición entre el viejo mundo, dominado por la religión y el militarismo, y un mundo nuevo, en donde la ciencia y el humanismo serían las guías de la civilización.

Comte estaba convencido de que el progreso científico traería consigo una nueva filantropía, desprovista de pasiones religiosas y de ejércitos en pie de guerra.

Las predicciones de Comte han sido desmentidas en casi todos los países del mundo, pero en ninguno de manera tan contundente como en los Estados Unidos. A pesar del desarrollo fulgurante que la ciencia ha tenido en ese país, a pesar de contar con las mejores bibliotecas, laboratorios y grupos de investigación del mundo, la religión sigue allí más vigorosa que nunca (ni qué hablar del guerrerismo).

Una ilustración dramática del divorcio entre ciencia y religión en los Estados Unidos es la persistencia del debate sobre la enseñanza de la evolución en los colegios públicos. Muchos cristianos consideran que la Teoría de la Evolución de las Especies —algo que ningún científico serio pone en duda— es un atentado contra sus creencias. Para ellos, el mundo actual fue creado en ocho días y hace unos diez mil años, tal como lo relata la Biblia, y no a partir de una materia informe y a lo largo de millones de años, como dice la ciencia. Es por eso que, desde hace casi un siglo, muchas asociaciones de cristianos vienen promoviendo la expedición de leyes que permitan explicar la creación del mundo según la Biblia. La Corte Suprema siempre ha declarado inconstitucionales esas leyes, pero eso no ha impedido que la mitad de la población siga creyendo en la costilla de Adán y en el soplo divino, ni que sólo en 6 de los 50 estados de ese país se enseñe, con claridad y sin tapujos, la manera como ocurrió la evolución de la especie humana (New York Times, 24 de agosto).

En los Estados Unidos, la mayor parte de los avances de la ciencia se queda en las universidades o en los centros de investigación. Al ciudadano del común sólo le llega la tecnología, es decir, aquella parte de la ciencia que el mercado convierte en bienes de consumo. Su aparato de televisión, su carro, su computadora, su celular, son cada vez más eficientes y modernos, pero ninguno de ellos le ayuda a salir del parroquialismo en el que vive y en el que vivieron sus padres y sus abuelos.

Como la ciencia no afecta las concepciones religiosas, ni la vida cotidiana de la gente, tampoco afecta el sistema político. Según un estudio reciente (The Pew Forum on Religion and Public Life), el 70 por ciento de los estadounidenses considera que “es muy importante que su presidente tenga profundas convicciones religiosas”. Por eso, no tiene nada de extraño que uno de los temas fundamentales de esta campaña haya sido el de la fe de los candidatos, ni que Obama y McCain hayan escogido la iglesia de Saddleback en California —la que tiene el mayor número de afiliados en el país— para hacer su primera aparición conjunta (6 de agosto).

Pero la evolución de la sociedad, como la de las especies, da muchas vueltas y no necesariamente es algo lineal y progresivo. Por eso es posible que la historia le dé algún día la razón a Comte (para eso necesitaríamos una ciencia más independiente del mercado y de la política). Por ahora es su sucesor y fundador de la sociología en Francia, Emile Durkheim, quien tiene la razón al decir que la religión siempre lleva las de ganar cuando entra en conflicto con la ciencia.

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