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La crisis de la parapolítica

Rodrigo Uprimny Yepes
enero 7, 2007

Publicado en: Semana

El autor argumenta que las revelaciones sobre la para-política son más un síntoma de fortaleza democrática que de deterioro institucional.

 

Como la conocida metáfora sobre la controversia entre el optimista, que al contemplar un vaso lo ve medio lleno, y el pesimista, que lo ve medio vacío, la crisis de la para-política, que se desencadenó el año pasado, puede tener dos lecturas opuestas.

Algunos colombianos, tal vez la mayoría, parecen asumir la posición del pesimista. Para ellos, las revelaciones sobre la influencia de los paramilitares en el sistema político pondrían en evidencia el profundo deterioro de la sociedad colombiana. Nuestra democracia estaría prácticamente vaciada de verdadero contenido.

Hay hechos que justifican que muchos adhieran a esa visión pesimista. Las investigaciones de la Corte Suprema muestran que los vínculos de los políticos con los paramilitares son muy amplios, al menos en ciertas regiones. El escándalo del anterior director del DAS o la renuncia obligada del Presidente del Consejo Superior de la Judicatura, ambos por relaciones no muy santas, indican que ni el poder judicial ni la rama ejecutiva han escapado a las influencias del narcotráfico y de los paramilitares. Las recientes sentencias de la Corte Interamericana contra Colombia han puesto en evidencia los vínculos de ciertos sectores de la Fuerza Pública con los paras y la responsabilidad del Estado en el desarrollo del paramilitarismo. La aparición masiva de fosas comunes demuestra la extensión y atrocidad de los crímenes de estas organizaciones armadas. Finalmente, durante mucho tiempo, el gobierno no reaccionaba apropiadamente frente a las denuncias sobre los crímenes y las infiltraciones paramilitares.

La actual crisis parecería entonces dar razón a la vieja metáfora de Darío Echandía, según la cual la democracia colombiana no sería más que un orangután con sacoleva. O más aún, tendríamos que concluir que actualmente el orangután es tan fiero que habría incluso destrozado el sacoleva. Las sofisticadas formas jurídicas del Estado colombiano ya no podrían siquiera ocultar la barbarie de nuestras prácticas políticas.

Sin embargo, la actual coyuntura admite también una lectura optimista, al menos por la siguiente razón: finalmente ha habido un escándalo público y la crisis ha sido desatada y tramitada por los mecanismos democráticos que subsisten en nuestra sociedad.

El escándalo sobre la para-política fue iniciado por los propios políticos, pues fueron las denuncias valerosas de ciertos congresistas las que mostraron la extensión de la influencia paramilitar en el Estado colombiano. Muchas de esas denuncias, a su vez, ya habían sido expresadas, a veces con vigor y sin tapujos, por algunos medios de prensa o por corajudos periodistas independientes. La tarea fue profundizada por la Corte Suprema, que con la fuerza moral y jurídica de su autoridad y prestigio mostró que dichas denuncias políticas y periodísticas no eran infundadas y por ello vinculó penalmente a varios congresistas. El ejemplo de Corte Suprema hizo que La Fiscalía, que hasta ese momento parecía pasar una fase de embrujamiento, tomara un nuevo aire. Finalmente, el presidente Uribe ha expresado su apoyo a las investigaciones judiciales y ha invitado a los políticos con vínculos con los paramilitares a que los revelen.

Las reacciones contra la para-política mostrarían entonces que la democracia colombiana se está despertando, pues en ciertos aspectos el Congreso funciona, la prensa denuncia, la justicia avanza y el Ejecutivo apoya esas tareas. El vaso se estaría llenando. El sacoleva no sólo estaría intacto sino que parecería incluso ejercer un cierto poder civilizador sobre el orangután.

¿Cuál de estas dos visiones opuestas expresa mejor la realidad colombiana? Es difícil decirlo, pues la presente coyuntura tiene riesgos indudables pero también ha generado oportunidades nada despreciables.

Es pues importante que los colombianos comprendamos que en los próximos meses se juega un pulso decisivo entre el orangután y el sacoleva. Este pulso decidirá si la actual crisis permite una reconstrucción democrática del Estado colombiano o por el contrario conduce a una profundización de la influencia antidemocrática del paramilitarismo.

Muchos factores incidirán decisivamente en este pulso: la independencia y la capacidad investigativa real que demuestre la justicia, la continuidad del ojo vigilante de la comunidad internacional sobre el proceso y el papel que asuma el presidente Uribe.

Pero el punto que quiero destacar es la importancia que tiene la ciudadanía para que la balanza se mueva del lado de la democracia o del paramilitarismo. Hasta ahora, un elemento decepcionante es que los colombianos hemos tendido a contemplar pasivamente esa crisis, como si fuera un partido de fútbol que poco nos concierne. Lo escandaloso de las denuncias no parece escandalizar a la ciudadanía. Y esto es grave, pues mientras menos participación ciudadana exista, más razones tenemos para ser pesimistas pues mayores son los riesgos de que triunfen las fuerzas antidemocráticas.

Sin embargo, también a este nivel hay signos alentadores. Muchos sectores sociales ?que en el pasado, y tal vez asustados por las atrocidades de la guerrilla, mostraron una cierta complacencia con el paramilitarismo? hoy parecen distanciarse de los paras y empiezan a condenar sus crímenes. Nunca se había hablado tanto en Colombia de las víctimas y de sus derechos. Las organizaciones sociales y ciudadanas parecen más dispuestas a presentar sus denuncias.

Esta activación creciente de la ciudadanía a favor del Estado de derecho y de los derechos de las víctimas puede entonces ser el elemento que defina si la actual crisis, conforme a la propia etimología de esta palabra, se torna en una oportunidad para la democracia colombiana. Al fin y al cabo, como lo han insistido muchos autores, la democracia, más que grandes líderes, requiere grandes ciudadanos.

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