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La dignidad gay

Mauricio García Villegas
mayo 11, 2012

Publicado en: El Espectador

A propósito de la decisión que debe tomar próximamente la Corte Constitucional sobre la adopción de menores por parejas del mismo sexo, monseñor Juan Vicente Córdoba, secretario de la Conferencia Episcopal, envió una carta (http://bit.ly/IN2tHX) a los católicos en donde los invita a unirse en contra de las decisiones de esa Corte en materia de vida y familia.

 

El inicio de la carta sorprende por su apertura y tolerancia: “Nada tiene la Iglesia contra los homosexuales —dice— o contra el reconocimiento de sus legítimos y auténticos derechos”. Y luego agrega que la Iglesia acoge a todos los hombres y mujeres “con amor materno”, independientemente de su orientación sexual, pues todos tienen “la misma dignidad fundamental, el mismo valor ante Dios y ante el Estado”.

Pero la tolerancia no le dura mucho a monseñor, ni tampoco la sindéresis: “es precisamente por respeto a esa gran dignidad —explica— que debemos oponernos (…) al matrimonio entre personas del mismo sexo o a la adopción de menores por parejas homosexuales”.

¿Al fin qué? ¿Tienen o no tienen dignidad y derechos?

La carta es confusa, sin duda, pero si se lee con indulgencia, aparece su lógica. Lo que quiere decir el prelado, creo yo, es que la Iglesia ama y acoge a los gais de la misma manera que ama y recibe a todos los pecadores, es decir, siempre y cuando tengan fe y se arrepientan. Cuando Córdoba habla de la dignidad y de los derechos de los homosexuales, se refiere a la dignidad y los derechos de una población arrepentida; dispuesta a renunciar a su malsana e indecente identidad sexual.

Digo esto no sólo porque es la única interpretación posible que tienen estos párrafos discordantes, sino porque la intolerancia de Córdoba con los gais es, como dicen, conocida de autos. Córdoba fue el mismo que salió a criticar la decisión del ICBF de entregarle dos niños en adopción al periodista Chandler Burr. Esos niños, dijo monseñor en esa ocasión, están en “una edad en la que pueden ser atractivos para él (para Burr) (…) Si al menos le hubiesen dado dos niñas (…) es como si yo tengo diabetes y me ponen a vivir en una dulcería…”.

La dignidad humana que monseñor predica está confinada a su doctrina católica. Todo lo que se salga de ella es condenable. Por eso, el contraste es enorme entre la dignidad del pecador que invoca Córdoba para los homosexuales y la dignidad amplia, diversa y tolerante que consagra la Constitución para todo ser humano. Es entonces natural que Córdoba no entienda por qué los magistrados de la Corte ven el mundo con otros ojos, más incluyentes y más tolerantes, en donde todos cabemos, a pesar de nuestras diferencias. Así las cosas, nada de extraño tiene que Córdoba diga que la jurisprudencia de la Corte ha sido inspirada en una ideología contraria al orden natural.

Monseñor remata con un argumento democrático. Si la mayoría de los colombianos es católica, sostiene, la Corte debe decidir en sintonía con sus creencias. No tengo espacio para abordar este argumento. Sólo diré que los tribunales constitucionales, aquí y en todas partes, no se guían por el querer de las mayorías (su control es muchas veces contra-mayoritario), sino por las normas constitucionales. Allí está justamente su valor; en la defensa de un catálogo de derechos y de principios válido para todos, incluso para los que están en minoría.

Pero yo creo que para Córdoba el argumento democrático es secundario. Es más bien su convicción de tener la verdad revelada sobre el mundo (desde el orden natural hasta el orden social, pasando por el orden constitucional) lo que motiva su carta. Su posición es más bien la que tenía John Knox (el reformador escocés del siglo XVI) cuando dijo: “un hombre que cree en Dios siempre está en la mayoría”.

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