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La era del plástico

César Rodríguez Garavito
mayo 13, 2016

Publicado en: El Espectador

“El amor es lo que nos sobrevivirá”, escribió Philip Larkin en 1956. El poeta inglés no sabía que lo que realmente nos sobrevivirá —el plástico— estaba siendo inventado mientras él componía esos versos. 

 

La huella de millones de bolsas y recipientes de polietileno consumidos desde entonces es tan honda y duradera, que la nuestra puede ser llamada la era del plástico. No es una metáfora. Por encargo de la Comisión Internacional de Estratigrafía, 37 expertos debaten si hemos entrado a una nueva época geológica. La pregunta es si el Holoceno, la época que comenzó hace 11.700 años, ha sido reemplazado por el Antropoceno, la primera marcada por los cambios profundos sobre la Tierra causados por una sola especie, los humanos.

Poco a poco, los científicos concluyen que, en efecto, estamos creando (y destruyendo) un planeta a nuestra imagen y semejanza. Ubican los orígenes del Antropoceno en los años cincuenta y estiman que los rastros del plástico –en las rocas, en los mares, en los estómagos de los peces y las aves— probablemente serán la huella más visible que dejaremos. En los fósiles del Antropoceno, los científicos no encontrarán residuos de nuestros rascacielos, nuestros libros o nuestros monumentos, sino pedazos de botellas de agua, tapas de champú y jirones de bolsas de supermercado.

Los geólogos del futuro se rascarán la cabeza tratando de entender la voracidad con que consumimos y arrojamos a la basura una sustancia tóxica que tarda entre 500 y 1.000 años en degradarse. Leerán sobre las cinco grandes islas de plástico que hoy flotan en los océanos, a donde van a parar anualmente cerca de ocho millones de toneladas del material.

Pero también notarán que en algún punto los humanos abandonamos la adicción al plástico. Dejamos el sinsentido de beber agua de botella donde fluye agua potable de los grifos. Los supermercados, las tiendas y las droguerías pararon de empacar en bolsas gratuitas de polietileno hasta una caja de chicles. Y desistimos de cargar comida en recipientes de icopor –otro material tóxico y duradero— forrados en bolsas de plástico.

Ese momento ya llegó en muchos países y ciudades del mundo. No por medidas tibias como las que propuso el exministro de Ambiente Gabriel Vallejo, centradas sólo en programas pedagógicos que aplicarían apenas al gran comercio. Lo que ha funcionado en otras partes son las medidas que prohíben los plásticos más dañinos (como las bolsas más delgadas) y que encarecen los demás, a fin de trasladar a los comerciantes y los consumidores los costos sociales del plástico y alentarlos a usar bolsas y recipientes reutilizables. Esto es lo que haría el impuesto de $150 por bolsa que propone el senador Antonio Navarro, que merece un debate serio y debería extenderse al icopor.

La era del plástico desregulado está llegando a su final en buena parte de Europa, en países como Sudáfrica y China y en estados como California, donde se gravan o se cobran las talegas. Debería acabarse pronto en Colombia. Para que nuestro legado no sea un retazo de bolsa de Carulla o de Drogas La Rebaja.

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