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La esperanza de un sistema de reglas internacionales efectivas que civilice la competencia es exigua

Mauricio García Villegas
julio 25, 2006

Publicado en: El Tiempo

Es evidente la preocupación de los países ricos por el futuro incierto. No obstante, a pesar de los peligros que existen para la paz y supervivencia del mundo, es casi imposible que sean capaces de cambiar un sistema basado en la competencia desigual, por uno de cooperación.

 

En medio de profundas preocupaciones por el futuro económico y político del planeta, se reunieron la semana pasada los líderes del G8. Expidieron una declaración en el típico lenguaje bobalicón de la diplomacia internacional de las grandes potencias. Pero detrás de las palabras dulcificadas se nota una gran preocupación.

Nunca antes la disociación entre un presente próspero y un futuro sombrío ha sido tan evidente en los países ricos. El calentamiento del planeta, los elevados precios del petróleo, el regreso de las guerras de religión, la amenaza terrorista y, en general, el ambiente de ingobernabilidad mundial son algunos de los problemas sin solución a la vista.

Ante tales dificultades, los del G8 solo se ponen de acuerdo para proponer cambios en los hábitos de consumo energético. Pero nadie dice nada sobre la causa real del problema, esto es, sobre el desorden internacional propiciado por una competencia económica y militar salvaje.

Los Estados están organizados de manera similar a como lo estaban los individuos en Europa antes de los Estados nacionales.

Como hoy, la ley era la ley de los más fuertes. Desde luego, siempre ha habido voces disidentes. La de los defensores del gobierno justo ayer y la de los voceros del derecho internacional hoy. Pero en ambos casos es poco lo que han podido hacer contra la codicia de los poderosos. La gran diferencia estriba en que los fuertes de hoy, en su empeño por dominar a los débiles, no solo pueden hacerse daño, sino autodestruirse. La competencia económica actual, a diferencia de la competencia militar de antes, puede arruinar las condiciones que hacen posible la competencia misma.

La esperanza en un sistema de reglas internacionales efectivas, es decir, en un Estado mundial que pacifique al mundo y civilice la competencia parece hoy exigua.

En primer lugar, porque es muy difícil cambiar un sistema de relaciones sociales fundado en la competencia por otro fundado en la cooperación. No solo es difícil hacerlo por razones morales o de filantropía, sino incluso por razones de interés propio. Que la solución racional a un problema sea cooperar no significa que los actores sociales en efecto cooperen. Eso sucede, por ejemplo, con el tránsito. Como todos los automovilistas compiten por llegar primero sin sujetarse a las normas que imponen restricciones a la circulación, todos terminan bstaculizándose y llegando más tarde. Algo parecido ocurre con la competencia por los recursos naturales entre los Estados.

En segundo lugar, el apego al Estado, unido al sentimiento nacionalista y patriótico ¿tras lo cual se esconden las emociones más rastreras¿, impide que los gobernantes y los pueblos opten por el mejor tipo de organización internacional.

Lo paradójico es que los Estados fueron ideados entre los siglos XIV y XV como un sistema de reglas y de cooperación para acabar con la competencia bélica y salvaje entre las facciones religiosas y políticas.

Uno pensaría que, ante perspectivas tan adversas como las actuales, las pasiones patrióticas podrían ser superadas en beneficio de un mundo organizado y viable. Pero no es así: los
Estados no solo son egoístas frente a los demás Estados, sino frente a las generaciones futuras, incluidas las de sus propios países. Qué importa si todo se acaba en cien años con tal de que nosotros vivamos bien.

Hoy como antes, los poderosos deberían ser capaces de sustituir el sistema de competencia por uno de cooperación. Sin embargo, mientras predomine el actual fundamentalismo conservador y la ideología económica que identifica la competencia ¿desigual¿ con la libertad, es poco probable que ello suceda, al menos sin la intermediación de una catástrofe ecológica o bélica de orden planetario.

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