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La fisioterapia de la paz

Mauricio García Villegas
diciembre 19, 2015

Publicado en: El Espectador

A causa de una tendinitis es una pierna, producto de una caída en bicicleta, tuve que visitar al médico.

 

“Para superar su dolencia —me dijo el galeno— hay que hacer dos
cosas”. La primera es acabar con la inflamación, y eso se hace con una
infiltración en el sitio afectado. La segunda es hacer fisioterapia
durante varios meses; eso es lo fundamental: “cuando uno de sus músculos
falla —me explicó—, todo su cuerpo se afecta; para compensar el dolor,
usted empieza a caminar distinto, lo cual estropea el equilibrio
natural de su cuerpo al caminar”, y si el problema se prolonga, la
espalda y hasta la columna se pueden ver comprometidas. Así pues, “si
quiere seguir montando en bicicleta sin que ese dolor se repita, me
dijo, haga la fisioterapia con juicio”.

Ahora que leo las noticias
sobre el acuerdo que se logró esta semana en La Habana se me ocurre que
hay una analogía entre las explicaciones de mi médico y las buenas
noticias de esta semana sobre los adelantos en el proceso de paz. La
firma del acuerdo (que ojalá se logre pronto) es algo así como la
infiltración en la pierna. Sin ella (con el perdón de mis amigos
bioenergéticos) el cuerpo no sana. Pero la cura definitiva solo viene
después de muchos meses de estiramientos y ejercicios. Esa terapia
tomará años y, por su larga duración, puede resultar desalentadora. Pero
es de una importancia mayor.

El conflicto armado en Colombia ha
sido el catalizador de muchos males, desde el narcotráfico y la
corrupción, hasta la debilidad de la izquierda y el deterioro de la
educación pública superior. Pero los tentáculos de la guerra han tenido
un efecto más profundo y menos perceptible. Me refiero al deterioro de
la confianza, no solo entre individuos, sino entre estos y las
instituciones. La salud del tejido social se mide por el grado de
confianza que existe. Las cosas funcionan así: la manera como A se
relaciona con B está determinada, no solo por la imagen que A tiene de
B, sino por la imagen que A tiene de la imagen que B tiene de él. Es
como un juego de espejos: yo me comporto con usted según la manera como
yo lo veo a usted y según la manera como yo veo que usted me ve a mí.
Ese juego de representaciones mentales cambia radicalmente según exista o
no confianza.

La suerte de un país empieza a definirse en ese
microcosmos. El acumulado de los millones de juegos de imágenes que
componen las relaciones sociales determina la calidad de la vida, de las
instituciones y de la democracia en un país. La gran diferencia entre
Colombia y, digamos, Suecia, está justamente ahí, en el diferente nivel
de confianza que existe entre los ciudadanos.

Todos los estudios
que se han hecho sobre este tema muestran los bajísimos niveles de
confianza que existen en Colombia. El fin del conflicto armado es una
oportunidad para empezar a remediar este problema. Ya tenemos resultados
muy valiosos a la vista. Después de dos años de conversaciones en La
Habana, las partes negociantes han aprendido a hablar, a respetarse —sin
que ello implique estar de acuerdo— y a aceptarse mutuamente como
interlocutores legítimos.

Lo que quiero decir con todo esto es que
el resto de la sociedad, adolorida por tantos años de conflicto, tiene
que hacer un ejercicio similar, una especie de terapia del
reconocimiento del otro a partir de la cual se fortalezca la confianza.
Como en el caso de mi pierna, esta es la mejor manera de lograr lo que
se conoce como la “garantía de la no repetición”.

Esta columna dejará de aparecer en las próximas tres semanas.

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