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La humildad de la arrogancia

Mauricio García Villegas
febrero 16, 2013

Publicado en: El Espectador

La renuncia del Papa Benedicto XVI ha sido vista como un acto de humildad. Así lo han señalado líderes espirituales y políticos alrededor del mundo.

 

La renuncia del Papa Benedicto XVI ha sido vista como un acto de humildad. Así lo han señalado líderes espirituales y políticos alrededor del mundo.

Eso me ha hecho recordar los años difíciles que tuvo Juan Pablo II, agobiado por la enfermedad, al final de su pontificado. En esa ocasión, los líderes de la Iglesia y del mundo admiraban el gran sacrificio que hacía el papa por mantenerse en el cargo cuando sus fuerzas le faltaban. A nadie se le ocurrió entonces decir que el papa carecía de humildad por el hecho de no renunciar. Al contrario, mucha gente interpretó su persistencia en el solio pontificio como un signo de bondad y de entrega. La verdad es que los papas, como todos los gobernantes que detentan un gran poder, nunca pierden y todo lo que hacen es interpretado a su favor.
Pero aquí quisiera hablar de cómo la arrogancia y la humildad pueden ser actitudes complementarias. Quienes detentan un poder absoluto pueden permitirse el lujo de ser humildes sin tener que asumir las consecuencias que ello acarrea. Fidel Castro, por ejemplo, solía aparecer en su traje de campaña verde oliva, sin una sola medalla o condecoración, como cualquier soldado, lo cual lo hacía ver más grande de lo que era ante los ojos de sus admiradores.
Los papas del Vaticano hacen algo parecido. Claro, no lo digo por lo de las medallas o las condecoraciones (nadie supera a los papas en el arte de vestirse con ostentación), sino por ese toque de humildad que le ponen a todo lo que dicen y hacen.
El hecho mismo de que los papas se consideren santos vivientes, depositarios de una verdad supuestamente revelada por Dios y líderes espirituales de la humanidad, es ya un acto de inmodestia difícil de superar. Es verdad que los papas actuales son más recatados que los de antes. Benedicto XVI nunca se atrevería, por ejemplo, a otorgar puestos en el cielo a cambio de dinero para construir catedrales, como lo hizo León X en el siglo XVI (origen del cisma protestante). Sin embargo, el papa hace cosas que, guardadas las proporciones de tiempo y lugar, se parecen a las de sus antecesores, como decir que la Iglesia no se impuso ante los indios de América porque éstos la recibieron con los brazos abiertos, o ser indiferente ante los sufrimientos humanos causados por la falta de métodos anticonceptivos, o reducir la actividad sexual al ojo maniqueo de la teología vaticana, o negar la posibilidad de que las parejas homosexuales tengan una vida fundada en el amor conyugal.
Pero no es por tener fe que los papas hacen gala de esa humilde arrogancia. Hay millones de creyentes en el mundo, incluidos monjas y sacerdotes, que por su fe se someten a una vida llena de privaciones y sacrificios en beneficio de los demás. Es la mezcla de fe y poder lo que envenena a los jerarcas de la Iglesia. No sólo a ellos; la fe ha servido con demasiada frecuencia para justificar la indolencia de muchos laicos. Como dice una señora “de bien”, caricaturizada por Antonio Mingote: “Digan lo que digan, al cielo seguiremos yendo los mismos de siempre”.
Pero la mezcla de fe y poder es particularmente peligrosa en los gobernantes. Cuando las ideas se defienden con la convicción de que son verdades reveladas y no argumentos razonables pero discutibles, el debate político se convierte en una cruzada mesiánica y los contradictores en enemigos de Dios y de la humanidad.
El gran secreto político de los papas, que también son gobernantes depositarios de un gran poder, consiste en esa capacidad para presentar un mensaje moral, con frecuencia sectario e intransigente, con el lenguaje del amor y de la humildad.

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