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La industria del carbón debe acabarse si queremos cumplir la meta de calentamiento global

Krizna Gomez
diciembre 21, 2015

Publicado en: Vice

¡Queremos justicia climática ahora!

 

Hace ya unos buenos días, en París, algunos activistas de la sociedad civil realizaron una parada en el centro de donde se realizaban las negociaciones en la COP. La movilización fue inmensa, fuerte y conmovedora: más de 100 activistas de todo el mundo gritaron “¡Queremos justicia climática ahora!” y ondearon carteles que exigían que el límite para el calentamiento global fuera de 1.5°C. Camila Bustos, activista colombiana que ha asistido a la COP durante años, dijo que esa fue la acción más memorable de la sociedad civil que había visto en la Conferencia por la urgencia que transmitía, apenas unos días antes de la versión final del acuerdo al que se iba a llegar.

¿Qué significa realmente el límite de 1.5°C? De acuerdo con los científicos, la Tierra solo puede darse el lujo de aumentar su temperatura, por causas como las emisiones de dióxido de carbono, la quema de combustibles fósiles y los exostos de los carros, en un cierto número de grados Celsius por encima de la temperatura que tenía la Tierra en la época pre industrial. De lo contrario, el calentamiento global será irreversible y la Tierra experimentará inundaciones catastróficas, sequías, aumentos significativos en el nivel del mar y otros desastres naturales que pueden amenazar la existencia humana como la conocemos. La ciencia tradicional siempre se ha apegado al límite de los 2 grados Celsius, pero recientemente se comenzó a hablar de que los 2 grados realmente no eran suficientes, y que un límite más seguro debían ser los 1.5 grados.

Hace unos meses, la posibilidad de incluir la figura “1.5” en el texto del acuerdo habría parecido un chiste para cualquier persona involucrada en negociaciones climáticas: incluso los 2 grados eran ya un límite difícil de alcanzar. Pero gracias a la magistral campaña dirigida por Climate Vulnerable Forum (CVF), un grupo conformado por países que han sufrido eventos climáticos extremos, 196 países se han comprometido con el acuerdo final de la COP de París, que incluyó en su texto un límite máximo de 2°C de calentamiento global para el 2100 y la aspiración última de lograr que en realidad esos dos grados fueran 1.5. Histórico.

“Probamos el dulce sabor de la victoria”, dijo Tony La Viña, negociador veterano para el cambio climático de Filipinas, un país que es regularmente golpeado por tifones y que lidera el CVF. A sabiendas de que la carrera es de largo aliento y de que ésta no se gana de la noche a la mañana por obra y gracia de un texto, Tony fue optimista: la inclusión de este nuevo lenguaje en la COP –piensa– podría ser crucial para comprometer a los países en el largo plazo.

Sin embargo, aunque esta iniciativa ha sido sin duda esperanzadora, como dicen varios escépticos del movimiento “1.5”, el verdadero desafío será su implementación. No hay duda de que la introducción de este nuevo límite pondrá más presión sobre la industria del carbón, el más grande contribuyente a las emisiones de dióxido de carbono en el mundo.

Estudios demuestran que la Tierra ha usado prácticamente 1 grado de ese límite y seguramente llegará al límite de 1.4 por todo el carbón que hemos emitido. Esto significa que, incluso si dejáramos de quemar combustibles fósiles hoy, solo tendríamos 0.1 grados libres para lograr el límite de los 1.5. Se espera que haya un apuro exacerbado por frenar el aumento de la temperatura de la Tierra, y que eso tendrá que sacudir a la industria del combustible fósil, el principal contribuyente a la emisión de gases de efecto invernadero que contribuyen a aumentar la temperatura de la Tierra. Por eso, para prevenir el calentamiento global, necesitamos dejar de usar carbón inmediatamente y cambiarnos a fuentes de energía más limpias como la energía solar y la energía eólica.

Ha sido sobre todo en el Norte Global, o la zona conocida tradicionalmente como Occidente, donde se han realizado cambios significativos en las políticas públicas para causar el declive de la industria carbonífera. En Estados Unidos, el presidente Barack Obama aprobó en agosto de 2015 un plan de energía limpia, The Clean Power Plan, la primera política federal para limitar las emisiones de carbono de las plantas de energía, especialmente de carbón, en el país. La Unión Europea, por su parte, se comprometió a reducir sus emisiones en un 40% con respecto a los niveles alcanzados en la década de los 90. Alemania ha estado a la vanguardia de la transición a energías renovables, al transformar el Mar del Norte en un campo masivo de turbinas de viento gitantescas que parecen elefantes y producen energía.

Sin embargo, hay al menos dos aspectos importantes que estos cambios deberían tener en cuenta:

Primero, la industria del carbón no debería ser considerada solo por el impacto que puede tener en el incremento de la temperatura, sino también en relación a las violaciones a los derechos humanos de las comunidades e individuos que rodean su producción. En un estudio acompañado por un documental, realizado por Dejusticia, y Business & Human Rights Resource Centre, que fue presentado en París, y reseñado previamente en este portal, las dos organizaciones argumentaron que el carbón es perjudicial para los derechos humanos. Allí, en los lugares donde está esta industria, ha habido desplazamientos forzosos de las comunidades, violaciones al derecho de los indígenas a preservar su cultura, amenazas de muerte a activistas, violaciones al derecho al agua accesible y limpia y una acentuación de la pobreza local, especialmente en el Sur Global (o el –mal– llamado Tercer Mundo), donde la industria continúa creciendo a pesar de su declive en el Norte.

Mantener el límite de los 1.5 °C requerirá, entonces, acciones urgentes, que cambien las reglas del juego. Pero estas acciones no podrán olvidar los abusos pasados de la industria, que deben ser remediados y que seguramente continuarán en ella, incluso durante su declive. De hecho, apurar el cierre de la industria del carbón y los combustibles fósiles sin un proceso transitorio cuidadoso y justo puede traer más pobreza y vulnerar aun más los derechos humanos en países como India y Sudáfrica, que siguen siendo dependientes del carbón para casi todas sus necesidades energéticas: ellos –los países– se verían obligados a, literalmente, sumergirse en la oscuridad de un día para otro. En Sudáfrica, el sector laboral mismo ha liderado una campaña que detalla un posible proceso de transición que produciría un millón de trabajos nuevos –un número que supera de lejos los actuales 80 mil puestos que se derivan de la industria del carbón–. Ese tipo de movimientos también están surgiendo en otras partes del mundo.

Por eso, quienes apoyan el límite de los 1.5°C han señalado la necesidad de una transición adecuada y humana, ya que son los países del Sur Global los que más sufrirían las consecuencias si los cambios son bruscos. Ha sido un gran logro que los gritos en los corredores de la COP por los 1.5°C hayan sido escuchados, pero no podemos olvidar que ahora debemos concentrarnos en que este número se alcance de una manera justa y humana.

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