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La injusticia de la carne

César Rodríguez Garavito
noviembre 6, 2015

Publicado en: El Espectador

“Comerse un gran trozo de carne es una de las formas más eficaces de validar y aprovechar un mundo injusto”, sentenció por estos días el escritor Martín Caparrós en la mejor columna que he leído en años.

 

Lo dijo, cómo no, a propósito del alboroto estéril sobre la noticia de que la carne produce cáncer. Estéril porque son igual de cancerígenos el alcohol, los anticonceptivos, la yerba mate, trabajar como peluquero y un largo etcétera. Estar vivo da cáncer.

Pero no me voy a ocupar de los alarmistas del cáncer, sino de los extremistas de signo contrario: personas progresistas como Antonio Caballero, Alfredo Molano o Aura Lucía Mera que comenzaron por defender su afición a los toros y acabaron mofándose de cualquiera que haga reparos a la carne. Culpa de Disney, dicen los primeros, por obnubilar a los jóvenes milenarios y hacerlos creer que los animalitos hablan. Vainas de los gringos, con su desdén por la dieta ibérica, agrega Mera.

Va siendo hora de debatir las contradicciones de los enfants terribles del carnivorismo incondicional, que ven la paja en el ojo ajeno (la incongruencia de antitaurinos que callan sobre el consumo de carne) pero no la viga en el propio. La misma viga en la que Caparrós clavó certero puntillazo, al recordar que las razones para comer menos carne no tienen que ver con el cáncer, sino con la justicia. En un planeta finito, criticar la desigualdad y el deterioro ambiental pasa por cuestionar la comida que, literalmente, los alimenta.

La carne, especialmente la de res, es un monumento a la ineficiencia y el derroche: para producir un kilo, se precisa diez veces más agua que para producir un kilo de maíz. Agua que hace falta cada vez más, especialmente a los más pobres. La ganadería es el sector que más contribuye a la deforestación y el calentamiento global, porque los miles de millones de vacas que sacian el apetito de las clases ricas y medias son verdaderas fábricas de pedos de metano y pacen en potreros que hasta hace poco eran selvas, como en la Amazonia.

Ese es el orden que terminan respaldando los libertarios del churrasco, los mismos que objetan otras formas de desperdicio y desigualdad, como la contaminación causada por los carros de los ricos. Pero no hay mucha diferencia entre el tubo de escape de un Hummer y el de una vaca Holstein. No es necesario ser vegetariano, pero si uno comiera menos carne haría más contra el cambio climático que si abandona el carro, según un estudio de la Universidad de Leeds.

Lo más paradójico es que la apología progresista de la carne termina protegiendo los intereses de algunas de las élites más conservadoras. Les sirve a los grandes ganaderos que tumban selva y desecan humedales al tiempo que concentran tierras y se oponen a reformas agrarias. Refuerza también los argumentos de la industria global de la carne –esa sí gringa—, cuyo poderoso lobby en el Congreso de EE.UU. mantiene los subsidios inequitativos que la hacen tan rentable.

El problema no es tanto que la carne produzca cáncer. El problema es que contribuye a producir un mundo cada vez más desigual e insostenible.

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