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La libertad, según Jonathan Franzen

Vivian Newman Pont
enero 9, 2012

Publicado en: El Espectador

Contra un telón de fondo de cómo Estados Unidos se ha visto a sí mismo después del 11-S, Jonathan Franzen hace surgir en su última novela, Libertad, la vida privada de una familia gringa. El sueño americano no es sueño, tampoco se vuelve una pesadilla, se convierte en el retrato de una realidad que nadie buscaba y con la cual toca convivir.

 

En estas vacaciones que ya se acaban, me atraganté con esta novela de muchas páginas, engatusada por las reseñas, el próximo Hay Festival y un título que prometía una visión maximalista. Pero Franzen alega no estar interesado en dicha visión a la que apuntan las grandes novelas, que intentan contarlo todo y cuyos métodos considera obsoletos. Su golosina es, como le dijo a Juan Gabriel Vásquez en una entrevista publicada en El País, habitar en el mundo íntimo de las personas. Y aquí, el escritor estadounidense es un maestro en enganchar al lector con los personajes.

Son personajes ordinarios que viven “pequeñas cosas”, entre las cuales se cuentan sus pasiones, ilusiones, angustias, rabias, errores predecibles pero inevitables, intentos fallidos, fracasos exitosos y victorias pírricas. Las muchas contradicciones que describe el novelista en sus personajes son el plato fuerte en medio del cual parece decirnos que se hace lo que se puede. Tanto en la relación con los padres, como en las decisiones al educar a los hijos, se cometen errores y toca vivir con ellos. Igual sucede con la claridad o turbiedad mental al desempeñar un trabajo o componer una canción, al seguir o dar un consejo, al volver a empezar a vivir cuando pareciera que no valía la pena.

A medida que avanza el libro, se aproxima el tiempo de resumir si se lograron las metas perseguidas por los protagonistas. Y nos damos cuenta de que cada historia se convierte en algo distinto a lo planeado. Cada objetivo ha tomado vida propia y no responde a lo que se desea, sino a lo que se ha podido. Esa distancia entre lo proyectado y lo que pasa en la realidad, se marca por muchas razones: porque verdaderamente no quieren hacer lo que habían calculado con tanta vehemencia, porque son cómodos, egoístas, poco rigurosos y, en últimas, porque también existe el azar, los terceros, lo que se escapa del control. A pesar de que existe libertad para escoger, los resultados son una confusión general que desconcierta pero que refleja el alma de los protagonistas y a su vez el alma de su sociedad.

Así, como quien no quiere la cosa, Franzen va pasando de los aciertos y los desaciertos de las vidas individuales de una familia clase media, a las incoherencias de la sociedad gringa de la primera década del siglo XXI. Una colectividad consumista, belicista, competitiva y egoísta, pero también ecologista, demócrata, respetuosa de las libertades. Es decir, como los protagonistas de Libertad, una sociedad contradictoria.

“La novela es la historia privada de las naciones” dice el epígrafe de Conversación en la Catedral de Vargas Llosa, citando a Balzac. Y con esto, advierte que los ingleses conocen de su historia por Dickens y los franceses por el mismo Balzac. Quizás en el futuro las generaciones venideras, gracias a este retrato de Franzen, contarán con una imagen de lo que acabaron siendo los gringos de los tiempos de la paranoia del terrorismo y la seguridad.

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