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La libreta y el diploma

Mauricio García Villegas
julio 12, 2014

Publicado en: El Espectador

Todos los años paso algunos días en el municipio de Aguadas (Caldas), en un pequeño caserío llamado Salineros, que está como puesto en la cumbre de una montaña; desde allí se logra la mejor vista que conozco de la cordillera Central.

 

Cuando voy a Salineros, siempre me detengo en la tienda de doña Alba. Ella tiene tres hijos y uno de ellos se llama Víctor. De él quiero hablar en esta columna.

A Víctor nunca le han gustado las labores del campo. Lo que le gusta es estudiar y por eso, hace dos años, terminó su bachillerato con honores en el colegio de Arma, un pueblo ubicado a tres kilómetros de Salineros. Los profesores de Víctor, con quienes he hablado en varias ocasiones, lo alentaron para que estudiara en la Universidad de Antioquia e incluso le ayudaron a preparar el examen del Icfes. Pero el puntaje que obtuvo no le alcanzó y se vio obligado a trabajar en un almacén en Medellín. Este tropiezo no lo llevó a desistir y el año pasado hizo un curso preuniversitario para presentarse de nuevo. Sin embargo, en las últimas semanas cayó en una redada de la Policía y como no tenía libreta militar y tampoco estaba estudiando, fue preseleccionado para prestar servicio militar. En las próximas semanas se decidirá su situación.

La historia de Víctor es la historia de millones de colombianos que ven frustradas sus aspiraciones por el hecho de haber recibido una educación mediocre. A muchos en este país eso les parece normal; una carga más de las que trae consigo la pobreza. Pero eso no tiene nada de normal, menos aún en una democracia que garantiza, en su Constitución, el derecho a la igualdad de oportunidades. Además, la buena educación no solo no es una carga para el Estado; al contrario, es una base firme para el desarrollo económico, el crecimiento de la clase media y el fortalecimiento de la cultura democrática.

En los sistemas democráticos consolidados hubo dos grandes instituciones que impulsaron la igualdad, la ciudadanía y la clase media: la escuela pública y el Ejército. Pero en Colombia esas instituciones no han producido esos efectos benéficos. Aquí la educación ha sido vista como un costo para el Estado o como un negocio privado, no como un servicio público esencial y menos aún como una receta para el desarrollo. Por eso, la regla general es que los colegios públicos, baratos y mediocres son para los pobres, y los colegios privados, caros y de calidad, son para los ricos. La educación, en lugar de ser un impulsor de la ciudadanía y del desarrollo, es una mercancía cuyo goce depende del dinero que se tenga. Por eso, el sistema educativo funciona como un reproductor de la desigualdad social.

A esto se agrega el hecho de que las Fuerzas Armadas tampoco son un espacio público en donde confluyen todas las clases sociales, sino un sitio por el que los pobres tienen que pasar para conseguir la libreta militar. Mientras los hijos de los ricos se van a estudiar a las mejores universidades del país, los hijos de los campesinos, como Víctor, se van al Ejército o a la Policía a “pagar servicio”. Esas son las dos vías para conseguir trabajo en este país: la libreta militar y el diploma universitario. En la primera vía, la de la libreta, se presta un servicio al país y se consiguen trabajos mal pagados; en la segunda, la del diploma, se consigue una profesión y se obtienen buenos puestos.

La existencia de estas dos vías es una fatalidad más poderosa que la regla constitucional que proclama la igualdad de oportunidades. Ni siquiera Víctor, que fue un estudiante excepcional, pudo escapar a esa fatalidad.

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