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La lucha por el pelo afro

Daniel Gómez-Mazo
mayo 6, 2016

Publicado en: Vice

Los cuerpos de las personas que hacen parte de grupos excluidos desempeñan un papel relevante en la forma en la que experimentan la discriminación. 

 

Los cuerpos de las personas que hacen parte de grupos excluidos desempeñan un papel relevante en la forma en la que experimentan la discriminación. En el caso de los afrodescendientes, el rol protagónico de nuestros cuerpos suele ocuparlo el color de la piel. Sin embargo, hay otro rasgo que, en muchos casos, ha sido igual de importante: el pelo.

Hace poco, un grupo de amigos y yo, por una de esas conversaciones que parecen no tener fin, terminamos hablando sobre experiencias de la infancia relacionadas con las distintas formas en las que las familias colombianas tratan el tema del pelo de las personas negras. Todos coincidimos en que en Colombia existe el imaginario de que el pelo crespo o “apretado”, que muchos afrocolombianas tenemos, es un rasgo poco deseable. En mi caso, recuerdo que cuando era niño hubo personas que me enseñaron con ahínco que tener el pelo corto —para los hombres— o lo más lacio posible —en el caso de las mujeres— era una muestra de organización, aseo y seriedad. Por el contrario, dejarlo crecer de forma natural no sólo era mal visto, sino un verdadero acto de rebeldía que desafiaba las “buenas costumbres” que se nos enseñaban en la casa y en la escuela.

Las experiencias de rechazo al pelo crespo pueden no ser privativas de las personas negras, pero en nuestro caso sí tienen particularidades. Una idea recurrente, pero que no siempre se expresa con libertad, es que este tipo de pelo, al asociarse con el imaginario popular respecto a la apariencia de las personas negras, si no se alisa o corta —si no se esconde— hace más visible nuestra identidad racial: nos hace ver más negros. Por ello, el control u ocultamiento del pelo crespo en nuestro caso da cuenta de un afán específico por negar esa característica “inaceptable” que es la afrodescendencia, cuya presencia se delata a sí misma a través de la apariencia.

Las ideas negativas que se asocian al pelo crespo no surgieron recientemente. Durante la Colonia, en varios lugares de América existieron auténticas normas jurídicas que exigían a las mujeres negras llevar el pelo de modos específicos. Un ejemplo son las llamadas Tignon Laws, que rigieron en Luisiana, Estados Unidos, entre los siglos XVIII y XIX, que las obligaban a cubrirse el pelo con pañuelos y utilizar peinados recatados. Estas normas buscaban “preservar la moralidad pública”, que estaba representada en prevenir las relaciones interraciales entre mujeres de ascendencia africana y hombres blancos, que podrían verse seducidos por el pelo crespo descubierto. Los pañuelos, en este contexto, también tenían el propósito de marcar como inferiores los cuerpos de las mujeres obligadas a usarlos, por oposición al uso tradicional de telas en el pelo que conservan varios pueblos africanos.

Hoy en Colombia no existen leyes que exijan a las personas negras llevar el pelo de una determinada manera, pero sí un conjunto de prácticas sociales que han perpetuado la idea de que el pelo crespo —o “rucho”, como lo llaman despectivamente en algunos lugares— es inadecuado o se traduce en una mala presentación personal. Dentro de estas prácticas están, por ejemplo, las exigencias de “profesionalismo” que tienen ciertos lugares de trabajo, que en el caso de muchas personas negras (y especialmente las mujeres) no sólo significa “vestir bien” o comportarse “con decoro”, sino también moldear su pelo de la manera deseable para cada espacio laboral, lo que puede entrañar un deber implícito de cortarse el pelo o, en su defecto, alisarlo. A lo anterior se suman las actividades económicas que han prosperado en torno al control del pelo rizado, que incluyen la venta de cremas para alisarlo y la comercialización de pelucas o pelo lacio.

No se deben subestimar las consecuencias que se derivan de la vigilancia sobre el pelo de las personas negras. Este refleja la imposición de parámetros estéticos de un sólo tipo de belleza: la belleza de los blancos, y tiene efectos reales y concretos sobre la calidad y el estilo de vida y los derechos de las personas negras. En ciertos contextos, que una persona negra tenga un afro, trenzas o el pelo alisado puede incidir en que la llamen a una entrevista laboral o no, que le hagan matoneo en el colegio o que la Policía la pare frecuentemente para requisarla. De otro lado, los procesos de alisado del pelo pueden ser costosos en términos de tiempo y plata. En promedio, alisarse puede costar hasta $200.000 trimestrales, dependiendo de la capacidad de pago y el tipo de pelo; precio que no incluye el champú, el acondicionador y la cepillada, que se cobran aparte. Igualmente, el uso de los productos para alisar puede producir dolor al aplicarse y también generar daños permanentes al pelo.

A la campaña contra el pelo crespo no le faltan defensores: desde fabricantes y distribuidores de las cremas alisantes, hasta canales de televisión que no incluyen en sus programas a personas negras que no tengan el pelo lacio o corto. Sin embargo, el pelo crespo de los afros también ha encontrado su lugar como instrumento de rebelión. En Estados Unidos, durante los años sesenta y setenta, muchas personas que hacían parte de los movimientos sociales de personas negras impulsaron el uso del pelo natural como una forma de mostrar con orgullo su herencia africana. De otro lado, en Cali se realizan anualmente concursos de peinados afro, en los que se premian tocados altos, esponjados, con muchas trenzas o de diseños complejos, y en Cartagena se han compuesto champetas que, entre chiste y goce, le cantan al pelo crespo. Estas propuestas se alejan de la idea de indeseabilidad del pelo afro y reivindican el derecho de los crespos a portar este atributo sin pudor o vergüenza, de la forma en que merecen ser tratados los elementos que hacen parte de nuestra identidad.

La discriminación también se juega en estos aspectos sutiles que parecen inofensivos a primera vista, pero que en realidad son la punta del iceberg de prejuicios racistas más graves y arraigados. Hay que estar atentos, porque, como son sutiles, pasan desapercibidos y se camuflan con más facilidad en nuestro día a día.

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