| Por: Mauricio García Villegasmayo 16, 2008

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La moral y la ley

OLIVER HOLMES, EL GRAN JUEZ ESTAdounidense, decía que una persona que no tiene el menor respeto por los principios morales, termina siendo un fiel seguidor de la moral cuando con ello puede evitar la cárcel o el pago de una multa. En Colombia pasa más bien lo contrario de lo que plantea Holmes: como la gente ve que no hay sanciones efectivas y que todo el mundo incumple, se siente con derecho a desobedecer y termina acomodando sus convicciones morales a su desobediencia.

OLIVER HOLMES, EL GRAN JUEZ ESTAdounidense, decía que una persona que no tiene el menor respeto por los principios morales, termina siendo un fiel seguidor de la moral cuando con ello puede evitar la cárcel o el pago de una multa. En Colombia pasa más bien lo contrario de lo que plantea Holmes: como la gente ve que no hay sanciones efectivas y que todo el mundo incumple, se siente con derecho a desobedecer y termina acomodando sus convicciones morales a su desobediencia.

Ante esa situación desalentadora, es natural que algunos crean que la solución ideal para que se respete la ley está en el rescate de la moralidad, más que en el fortalecimiento de las sanciones legales. El representante más destacado de esa manera de pensar en Colombia es Antanas Mockus, para quien lo que hace falta es, ante todo, reforzar las convicciones morales, de tal manera que eso predisponga al cumplimiento de la ley. Convencido de eso, hace un par de semanas Mockus publicó una columna en la que le pedía al presidente Uribe que, ante la confesión de Yidis Medina de haber vendido su voto para permitir la reelección, tomara la decisión de renunciar (El Tiempo, mayo 2).

A mí me gustaría que el Presidente le hiciera caso a Mockus —más aún, me gustaría que hoy en día el presidente fuera Mockus y no Uribe— pero estoy seguro de que eso no va a suceder, ni siquiera cuando se logre comprobar que Yidis dijo la verdad.

Pero no sólo estoy seguro de que a Mockus no le van a hacer caso, sino que creo que sus admoniciones morales no son el mejor camino para conseguir que la clase política se comporte de manera honesta. Para ello tengo estas dos razones. En primer lugar, porque son reclamos casi siempre inútiles: la falta de vergüenza de la clase política colombiana es particularmente irredimible, y eso se debe a que no proviene de la desfachatez, que es propia de quien se cree culpable pero no le importa, sino del cinismo, que es propio de quien no ve culpa en ninguna parte.

En segundo lugar, porque pienso que a la moral se llega más fácilmente a través del derecho que a través del sermoneo. Me explico: cuando los individuos de una sociedad se acostumbran a respetar las normas morales con el simple propósito de evitar las sanciones legales —como dice Holmes— terminan creyendo en esa moral.

Con esto no quiero decir que los reclamos morales a los políticos estén de más. Desde luego que no; más aún, estoy convencido de que Mockus es un personaje muy saludable para la política nacional. Lo que creo es que no tenemos que esperar a que la gente sea buena para tener buenos gobernantes. Lo que hay que hacer es obligar a los gobernantes a que cumplan la ley, es decir, a que respeten las instituciones. Cuando se consiga eso —que todos respeten la ley— es muy probable que lo demás —la moral— venga por añadidura.

Mejor dicho: es más fácil formar buenos gobernantes a partir de instituciones eficaces, que formar instituciones eficaces a partir de buenos gobernantes. Aunque claro, lo ideal sería que las dos cosas se formaran juntas.

Ante la actual degradación moral de la política, me parece que lo primero que hay que hacer es fortalecer las instituciones, en particular la justicia. Sólo así podremos conseguir que los políticos terminen por portarse bien. ¿Qué más da si no lo hacen por convicción moral sino por miedo a que los castiguen?

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