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La papelería de la paz

Mauricio García Villegas
mayo 14, 2016

Publicado en: El Espectador

Viendo todo lo que ha pasado en estos últimos días se me ocurre que el proceso de paz va bien, pero la paz va mal.

 

Menciono solo algunos de los hechos que me inquietan: la caída del Gobierno en las encuestas, la propuesta del exfiscal Montealegre de la terminación jurídica —no por refrendación democrática— del proceso de paz y el reciente llamado de Uribe a la resistencia civil. No sé si esto último es lo más grave, pero sí es lo más escandaloso. Hacer un llamado a la resistencia civil en el momento actual, como si Uribe fuera Gandhi, Martin Luther King o Mandela, o como si Colombia fuera India en 1917, Estados Unidos en 1960 o Sudáfrica en 1960 es una gran desmesura oportunista y peligrosa.

El hecho es que la simple firma de los acuerdos, acompañada de todas sus validaciones jurídicas, no garantiza la paz. Una cosa es el éxito de la paz en el papel, es decir en los documentos que la soportan (acuerdos firmados, sentencias de la Corte, tratados internacionales, leyes del Congreso) y otra cosa es el éxito de la paz en la realidad social, es decir en los hechos (refrendación popular, entrega de las armas, cumplimiento de los acuerdos, paz territorial, etc.). Como en Colombia vivimos tan apegados al ritualismo jurídico, tendemos a confundir estas dos cosas, o al menos a creer que la una (la de papel) da por garantizada la otra.

No es que yo crea que el derecho no es necesario en un proceso de paz. Lo que digo es que sin un gran esfuerzo gubernamental destinado a ambientar social y políticamente la paz y a construir un consenso nacional en torno a ese propósito, el derecho, con todos sus papeles, sus sellos y sus firmas, es insuficiente.

Es cierto que lograr ese consenso es algo difícil, sobre todo con una oposición tan venenosa y cerrera como la del uribismo, pero justamente parte del poder que tiene Uribe se origina en la inacción política del Gobierno para ambientar la paz en la sociedad. Una prueba evidente de esto es la ausencia casi total de una pedagogía para la paz, una pedagogía que le explique al ciudadano común cosas tan complicadas como el sentido y alcance de la justicia transicional.

Las Farc, por su lado, andan en la misma lógica de ganar batallas en el papel sellado, como decía Juan de Dios Restrepo en el siglo XIX. No han hecho nada por aliviar la terrible mala imagen que la gran mayoría de la opinión pública tiene de ellos. En lugar de eso, han puesto toda su energía santanderista en el contenido de los acuerdos, como si no supieran que en este país las leyes, las constituciones y en general todas las normas solo se cumplen parcialmente.

El acuerdo anunciado el jueves en la noche (cuando escribo esto) para darle seguridad jurídica a lo pactado, aunque importante, mantiene la misma tónica de privilegiar los textos jurídicos de la paz sobre la construcción de consenso. Digo esto porque allí, en lo acordado, no se dice nada sobre la refrendación de lo pactado, aunque es cierto que Humberto de la Calle lo menciona en su declaración.

Mi punto es que tanto el Gobierno como las Farc se han concentrado demasiado en la papelería jurídica de la paz y por eso han desatendido lo fundamental, que es la labor política destinada a cicatrizar las heridas, a construir los consensos que se necesitan para la reconciliación y a preparar el terreno para la refrendación democrática de los acuerdos. Y claro, el expresidente Uribe, tan sagaz como siempre, ha aprovechado ese descuido para avivar los odios sempiternos que este país arrastra desde mediados del siglo pasado y que nos tienen donde estamos

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