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La pasión de las razones

Mauricio García Villegas
agosto 22, 2015

Publicado en: El Espectador

Hace un par de semanas escribí una columna en la que hablaba de dos actitudes frente al proceso de paz: la de aquellos que quieren negociar con cabeza fría, domando su odio, para acabar así con la causa subversiva, y la de aquellos que sólo quieren aniquilar y castigar al enemigo.  

 

A los primeros los llamé pragmáticos y a los segundos vengadores. Lo paradójico de esto, decía yo, es que si bien los vengadores aparecen como los enemigos más fieros de la guerrilla, en la práctica son los pragmáticos, con su actitud calculada, los que logran detener el círculo vicioso de la venganza y acabar con la subversión. 

Esta semana Iván Garzón Vallejo publicó aquí una columna en donde expone dos objeciones a mis argumentos. La primera, de naturaleza política, dice que mi distinción es injusta pues sólo atribuye cualidades a los pragmáticos y no tiene en cuenta el hecho de que los vengadores están respaldados por un amplio sentimiento popular. La segunda, menos explícita pero más dura, es una descalificación moral de mi argumento. Garzón sugiere que mientras los pragmáticos (como yo) obedecen al principio de que el fin justifica los medios y por eso son partidarios de Carl Schmitt, los vengadores se mantienen firmes en la defensa de sus principios y por eso son kantianos.

En cuanto a la objeción política no tengo mucho que decir. En la misma columna reconozco que esta clasificación tiene sus límites y por lo tanto no tengo ningún problema en aceptar que hay muchas actitudes frente al proceso de paz que quedan por fuera de mis personajes. (Iván Garzón debería saber, como buen académico que es, que una clasificación no es una fotografía de la realidad, sino un esquema para entenderla mejor).

La segunda objeción es más delicada pues sugiere que los pragmáticos venden sus convicciones éticas con tal de conseguir ciertos resultados. Eso no es cierto. Limitar algo valioso (como la justicia) para conseguir algo mejor (como la paz) es un ejercicio perfectamente legítimo de política pública. Los jueces y los gobernantes hacen eso a diario cuando, por ejemplo, limitan el derecho a la intimidad para lograr más libertad de prensa o cuando restringen la propiedad privada para lograr mayor equidad social. Nada de esto viola la ética kantiana que ordena no tratar a las personas como medios sino como fines. Ahora bien, si de hacer un juicio moral se trata, lograr una paz negociada para detener la violencia es no solo un propósito loable, sino también conseguido por medios legítimos.

La objeción de Garzón sorprende aún más si se tiene en cuenta que los uribistas y, en general, los críticos del actual proceso de paz han sido inconsistentes en su defensa de la justicia: en el caso de los paramilitares lo que les importaba era la paz en detrimento de la justicia; ahora con la guerrilla, lo que les interesa es la justicia en detrimento de la paz.

El hecho es que mi columna no desata un problema de filosofía moral, como el que sugiere Garzón, sino que plantea un asunto de sicología social, que es el siguiente: con mucha frecuencia ocurre que nuestros argumentos son meros ropajes de nuestras emociones. Creemos que lo que decimos obedece a nuestras ideas cuando en realidad obedece a nuestras pasiones. En un proceso de paz, que despierta todo tipo de emociones, esta disonancia cognitiva ocurre con frecuencia. Lo que sostengo es que ella afecta sobre todo, aunque no exclusivamente, a los vengadores, que prefieren malograr la paz antes que ceder en su pulsión justiciera. Sus argumentos, más que el producto del rigor jurídico, de la argumentación sesuda o de la firmeza ética, son el resultado del acaloramiento emocional.

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