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La política del amor

Mauricio García Villegas
noviembre 11, 2017

Publicado en: El Espectador

En Venezuela se aprobó una ley que impone duras penas para quienes promuevan el odio y el fascismo. Pretender erradicar el odio e imponer el amor es un rasgo típico de la tiranía.

 

La Asamblea Constituyente de Venezuela aprobó esta semana una ley que impone penas durísimas para todos aquellos que promuevan el odio y el fascismo, dos cosas que, en la lógica chavista, siempre van de la mano.

Lo primero que preocupa en una norma como esta es la enorme dificultad para medir lo que se castiga, es decir el odio, que no es un comportamiento, sino un sentimiento, un estado del alma. Este tipo de normas abiertas, etéreas, son típicas de los regímenes tiránicos. Durante la Revolución francesa, en la época de Robespierre, se exigía el amor a la Revolución y, en consecuencia, todo malqueriente era considerado como traidor, arrestado y condenado. En septiembre de 1793, en plena época del Terror, se promulgó un célebre decreto en el que se consideraban sospechosos de traición a “los nobles y sus parientes, a quienes se les hubiese negado algún certificado cívico y a todos aquellos que por sus conductas, sus relaciones, sus propósitos o sus escritos se mostrasen partidarios del federalismo y enemigos de la libertad”. Los sans-culottes, los más fervorosos militantes de la Revolución, se encargaban, en la calle, de encontrar a los culpables, el resto era un ritual inoficioso de condena y suplicio.

La ley venezolana contra el odio es del mismo calibre: si durante la época de Robespierre la menor desafección contra el régimen era interpretada como una prueba de traición, ahora, en Venezuela, sentir odio es interpretado como una prueba de fascismo y, claro, también de traición. Y para eso están los combos, en las calles, para atrapar a los que odian.

Esto tiene implicaciones que van mucho más allá de los peligros penales que acabo de anotar. Pretender erradicar el odio, e imponer el amor, es otro rasgo típico de la tiranía. En 1984, la novela de George Orwell que retrata un régimen totalitario, el organismo estatal encargado de reprimir a los opositores se llamaba el “Ministerio del Amor”. Hugo Chávez decía que todo lo que él había hecho en su vida estaba fundado en el amor: “Por amor al árbol, al río, me hice pintor; por amor al saber y al estudio me fui de mi pueblo querido a estudiar; por amor al deporte me hice pelotero; por amor a la patria me hice soldado; por amor al pueblo, ustedes me hicieron presidente…”. Héctor Rodríguez, un chavista y gobernador de Miranda, dijo durante su campaña que lo que él quería era un Estado en donde reinara el amor; “vengo el día de hoy”, dijo, “con todo el amor del mundo a pedir la mano de ustedes y a entregarles mi corazón…”. Otros líderes de izquierda en América Latina comparten esta fascinación política por el amor. Es el caso de Manuel López Obrador en México y de Gustavo Petro en Colombia.

Robespierre decía cosas parecidas. En un célebre discurso ante la Asamblea, de febrero de 1794, dijo que su propósito era “sustituir el egoísmo por la moral (…); la vanidad por la grandeza del alma; el amor del dinero por el amor de la gloria (…); la intriga por el mérito (…); un pueblo amable, frívolo y miserable por un pueblo magnánimo, poderoso y feliz; es decir, todos los vicios y todas las burlas de la monarquía por todas las virtudes y todos los milagros de la república”. Los chavistas tienen el mismo discurso, tal vez más burdo, pero igual de alucinado y peligroso.

El lenguaje político de la virtud, destinado a que nos amemos los unos a los otros, como si hiciéramos parte de una comunidad religiosa, conduce fácilmente a que nos odiemos los unos a los otros. Entre estos dos estados del alma (el amor y el odio) hay, al menos en el mundo de la política, un paso muy corto.

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