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La semana Camilo Torres

Mauricio García Villegas
febrero 20, 2016

Publicado en: El Espectador

Camilo Torres fue un sacerdote, un líder político y un profesor universitario.

 

Murió en un enfrentamiento con el Ejército, poco después de haber
ingresado a la guerrilla. Su triple condición de cura, profesor y líder
popular, así como su espíritu humanista y bondadoso, le valieron la
simpatía de muchos profesores y estudiantes de la Universidad Nacional
(UN).

Esta simpatía fue facilitada por dos hechos: 1) la falta de
fronteras claras entre reflexión académica y militancia política que ha
existido en algunos círculos académicos de la UN, y 2) la presencia en
el campus, marginal pero muy influyente, de una militancia de izquierda
que, en términos sociológicos, es profundamente religiosa, con sus
propios ritos, su santoral, sus demonios, su liturgia y su infierno.

El
pasado 15 de febrero se cumplieron 50 años de la muerte de Camilo
Torres y la UN organizó una serie de eventos para conmemorar esa fecha.
Entiendo las buenas intenciones de los organizadores de esos actos. Sin
embargo, y lo digo con el mayor respeto, me temo que una celebración de
este tipo sirva más para reforzar la confusión entre militancia
política, idealismo religioso y reflexión académica, que para impulsar
el pensamiento de Camilo Torres.

Empiezo diciendo que esta
confusión entre academia, política y religión no solo ocurre en la UN.
Lo mismo sucede, y en mayor medida, en otros claustros universitarios
del país, empezando por las universidades pontificias (en unas más que
en otras), para no hablar de las universidades que obedecen a partidos o
a líderes políticos, como la llamada escuela ELITE, creada por Álvaro
Uribe Vélez.

Abogar por una academia independiente de lo político y
de lo religioso no implica acabar con el espíritu crítico, ni extirpar
las ideas políticas de los académicos. Implica, eso sí, que la
producción intelectual no obedezca a dogmas, ni a afiliaciones
partidistas o confesionales. La autocrítica y la disposición a dejarse
convencer por argumentos es una condición inherente al mundo académico.

Dicho
esto, creo que los honores universitarios deberían estar reservados,
salvo excepciones tipo Mandela, para quienes han hecho grandes
contribuciones al pensamiento académico. No quiero desconocer con esto
los aportes hechos por Camilo Torres a la sociología. Sin embargo, nadie
duda de que su obra languidece cuando se la compara con la de otros
pensadores, como Gerardo Molina, Orlando Fals Borda e incluso Luis
Eduardo Nieto Arteta, también egresados de la UN. La celebridad de
Camilo viene de su militancia política. Alfredo Molano, su alumno y
amigo, dijo esta misma semana que “Camilo no era un profesor, sino un
político activo”; y, además, fue un guerrillero, con todas las
implicaciones de violencia y sufrimiento que ello conlleva. Esto
complica aún más el homenaje que se le hizo.

La militancia
política, la religión y la ciencia nunca han ido bien juntas.
Representan maneras de pensar distintas e incompatibles. Cuando se
mezclan, es la ciencia la que sale perdiendo. No solo eso, la comunidad
universitaria se divide y el espíritu de diálogo que debe existir en un
centro universitario se pierde.

Además, estos homenajes
universitarios no dejan de ser riesgosos. El año pasado se cumplieron 50
años de la muerte de Laureano Gómez, también egresado de la UN. ¿Qué
habría pasado si a alguna autoridad universitaria se le hubiese ocurrido
proponer un evento para conmemorar ese aniversario? Yo habría sido el
primero en protestar. Alguien me dirá que a Camilo no se le puede
comparar con Laureano. Es cierto. Pero la universidad es un centro
pluralista y nada impide que el día de mañana —en Colombia estamos—
aparezca algún grupo de derecha con esa idea. Por eso, es mejor dejar
esos asuntos por fuera del campus.

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