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La Stasi

Mauricio García Villegas
mayo 21, 2016

Publicado en: El Espectador

Esta semana estuve visitando las instalaciones de la cárcel de presos políticos más importante de lo que fue Berlín Oriental.

 

Esa prisión, denominada la Stasi, es ahora un lugar de memoria; pero allí operó uno de los aparatos policivos más eficaces del mundo para doblegar a presos políticos. Decenas de miles de disidentes (o sospechosos de serlo) pasaron por estas instalaciones y “confesaron sus crímenes”. Eso se logró gracias a su impresionante aparato social de apoyo: se calcula que en 1989, antes de la caída del Muro, la Stasi contaba con 189.000 personas, entre militares e informantes a su servicio; algo así como el 1 % de la población de la antigua RDA (República Democrática Alemana).

En el sótano de la Stasi, conocido como el Submarino, había celdas de todos los tamaños; unas tan pequeñas que solo permitían la permanencia de un preso de pie y otras grandes, para ocho o diez presos. Todas eran espacios vacíos y herméticos. En algunas había un bombillo prendido día y noche y en otras reinaba la oscuridad total. En algunos casos el recluso convivía con un falso preso que, en la complicidad del sufrimiento, le sacaba información. En otros casos el preso permanecía en una celda oscura durante semanas, hasta que, desesperado, “confesaba”, incluso lo que no sabía.

En la Stasi todo estaba estrictamente previsto y reglado, desde la captura, que en realidad era un secuestro, hasta el traslado a una cárcel ordinaria. Cada uno de los funcionarios de la Stasi seguía instrucciones precisas, que venían de los mandos superiores y de cuya aplicación se daba cuenta en archivados rigurosamente consignados. Yo nunca había visto tan de cerca la imagen amenazante de un Estado totalitario.

Por la misma época en la que operaba la Stasi, en Argentina y en otros países de América Latina los militares estaban también en una guerra contra los disidentes. En 1979, el Estado argentino secuestraba a los sospechosos y los llevaba a la ESMA (la Escuela Mecánica de la Armada), que operó en Buenos Aires como prisión durante la dictadura. Hoy también es un sitio de memoria.

Tanto en la RDA como en Argentina el Estado tenía dos caras, una legal y otra ilegal. Pero la gran diferencia estaba en que, mientras en la RDA el Estado controlaba esa ilegalidad (que operaba en el Submarino) y le ponía límites al exceso (al exceso del exceso, digamos), en Argentina lo ilegal no tenía término. El resultado de eso es que mientras en la RDA eran pocos los disidentes que morían (aunque muchos seguían deambulando por cárceles ordinarias por el resto de sus días), en Argentina la mayoría de los que pasaban por la ESMA eran torturados y luego desaparecidos. Así perdieron la vida más de 10.000 personas.

En Colombia nunca tuvimos un Estado totalitario como en la RDA o en Argentina. Pero sí tuvimos algo parecido y con efectos iguales o peores. En nuestro caso, el Estado no impuso el terror por mano propia, sino que permitió, a veces por su propia incapacidad y a veces por su complicidad, que un tercero lo hiciera. Así murieron miles de disidentes y, peor aún, de personas que simplemente eran vistas como sospechosas de ser disidentes.

Lo que quiero decir con esta comparación es que en América Latina no solo la democracia funciona mal, sino también la tiranía. La diferencia es que, mientras nuestras democracias terminan siendo menos buenas de lo que pretenden, nuestras tiranías no terminan siendo menos malas, sino más malas de lo que pretenden. Uno diría que si algo malo no funciona bien, pues menos mal. Pero en nuestro caso el mal funcionamiento de lo malo empeora ese mal.

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