La Universidad Nacional

Por: Mauricio García Villegasmayo 23, 2008

OPONERSE A UN GOBIERNO NO ES LO mismo que sublevarse contra un tirano. Lo primero se llama disenso, lo segundo se llama rebelión. Ambas actitudes se oponen al poder político, pero mientras la primera lo hace en defensa de las instituciones, la segunda lo hace contra ellas, para reemplazarlas. Pero en Colombia la frontera entre ambas actitudes suele ser muy difusa. Una muestra de esto es lo que sucede actualmente en la Universidad Nacional.


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La reciente parálisis de la Nacional se originó en una propuesta de reforma del Estatuto Estudiantil, vigente desde 1977. Ese estatuto habla de asuntos disciplinarios, de la duración de las carreras, de los derechos y deberes de los estudiantes, etc. En cualquier universidad del mundo una reforma de estas habría pasado inadvertida. Pero en la Nacional dio lugar a un movimiento estudiantil que bloqueó los edificios, dañó la infraestructura y congeló la actividad universitaria durante casi dos meses. Los líderes del bloqueo justifican sus acciones con el argumento de que sólo así era posible movilizar a una mayoría de estudiantes apáticos y sin conciencia política.

La actitud de los estudiantes que bloquean los edificios se parece mucho a la de quienes se rebelan contra un tirano. Como piensan que las directivas son autoritarias —y neoliberales— justifican el uso de la violencia, como lo justifica un pueblo sublevado contra un déspota. Por eso no aceptan los canales institucionales de participación y se inventan unos paralelos.

Si las autoridades de la Universidad fueran despóticas, yo sería el primero en justificar el bloqueo. Pero no creo que ese sea el caso. Hay, claro, discrepancias sobre la bondad de la reforma, es decir, hay disensos. Tampoco niego que los disensos puedan justificar paros o protestas callejeras. A lo que me opongo es al bloqueo sistemático, intransigente y prolongado, como mecanismo para resolver disensos que involucran muchas posiciones.

Para superar esos disensos hay que discutir y si la discusión no conduce a ninguna parte, hay que votar. Cuando los problemas no pueden ser planteados en blanco y negro, cuando los matices son importantes, cuando no estamos en un entorno de amigos contra enemigos —es decir de rebelión popular—, el único mecanismo adecuado para resolver las diferencias es el voto. Los movimientos estudiantiles —sin duda saludables en la vida académica— deberían estar fundados en la voluntad de las mayorías. Es mucho mejor justificar una idea en el hecho de que la mayoría la apoya, que en la afirmación de que el grupo que la apoya tiene la verdad. Por eso creo que en el movimiento estudiantil debería haber menos asambleas y más urnas.

Creo, además, que quienes bloquean e impiden que las reformas salgan adelante no tienen en cuenta la estrategia de los enemigos de la universidad pública. Ella consiste en esperar pacientemente hasta que la degradación de las instituciones estatales —el Seguro Social es sólo un ejemplo— llegue a tal punto que sus argumentos se conviertan en una alternativa aceptable y, entonces, cuando llegue ese momento, dar el zarpazo de la privatización.

Por eso, paradójicamente, los amigos de los bloqueos en las universidades públicas son, a la larga, perfectamente funcionales a los propósitos solapados de los enemigos de la educación pública, ellos sí dispuestos a convertirse en verdaderos tiranos.

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