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La vanidad de los alcaldes

Mauricio García Villegas
abril 30, 2016

Publicado en: El Espectador

Los dos últimos alcaldes de Bogotá le han hecho creer a la ciudadanía que son poseedores de un título de doctorado, cuando en realidad solo hicieron “estudios de doctorado”; es decir, solo cursaron algún programa académico que hace parte del largo proceso que conduce a la obtención de un doctorado. 

 

Uno se pregunta cuál es el interés de los alcaldes en arroparse con estos diplomas espurios, a sabiendas del costo que pueden pagar cuando la opinión pública se entera de la verdad, como ocurre ahora. Pero no solo eso, ¿qué sentido tiene esa obstinación por ser doctor, cuando nada indica que un doctorado (concebido para formar investigadores, no gobernantes) mejore sustancialmente las condiciones que se requieren para ser un buen alcalde? Más vale una buena maestría en administración pública que un doctorado.

La respuesta a estas preguntas es simple; el título de doctor no le aporta gran cosa al alcalde, pero sí le da algo que en nuestra cultura es esencial: reputación. De ahí el empeño de nuestros políticos por mostrar doctorados imaginarios o por recibir doctorados honoris causa otorgados por universidades de medio pelo.

El empeño inescrupuloso por obtener títulos académicos hace parte de una larguísima tradición cultural que pone la honra por encima de las buenas obras y que heredamos de la España clásica. Esa España en donde Calderón de la Barca escribía lo siguiente: “Al rey la hacienda y la vida se ha de dar/ pero el honor es patrimonio del alma/ y el alma sólo es de Dios”.

Pues bien, esta tradición se reprodujo y se reforzó en estas tierras con los conquistadores, que eran, casi todos, hombres pobres y aventureros, pero que se volvieron altivos y orgullosos después de las hazañas que lograron. El padre de Las Casas se quejaba de ellos diciendo que venían a estas tierras, “andrajosos y a matar el hambre”, para luego maltratar a los indios.

Hay, además, un hecho histórico que agrandó la vanidad de los conquistadores: al terminar sus hazañas, los conquistadores le pidieron al rey que les otorgase títulos nobiliarios. Esos reclamos estaban bien fundados, pues durante buena parte de la Reconquista (entre los siglos VII y XV) la Corona había convertido en hidalgos y caballeros a los guerreros victoriosos de las batallas contra el “moro invasor”. Pero el rey, temeroso de que en sus colonias se formara una nobleza que pudiera disputarle la soberanía sobre esos territorios, negó el reconocimiento de esa hidalguía a los conquistadores, a sus descendientes y también a los encomenderos.

Así las cosas, frustrados por la falta de títulos nobiliarios, los españoles de América se idearon todas las formalidades imaginables, redoblando la pompa y la etiqueta que ya venían de España, para validar, en los hechos, la nobleza que les había sido negada en el papel. De ahí viene, dice José Durand, no solo la abundancia de ceremonias y de cortesías, sino también de academias, parnasos, doctores y poetas que desde mediados del siglo XVI inundan el continente. Bernardo de Balbuena, por su parte, decía que México tenía más eminencias que “arenas lleva el Gange en sus corrientes”.

Esa obsesión criolla por inflar la reputación, que viene de los españoles que querían ser hidalgos y no pudieron y que fue luego reproducida por sus hijos y más tarde por las élites republicanas, es la misma que observamos hoy en los alcaldes de Bogotá que anuncian doctorados ilusorios, o en los políticos mediocres que esgrimen doctorados honoris causa otorgados por academias de oropel, o en los tecnócratas soberbios (como el exministro Juan Carlos Echeverry) siempre pendientes de la reverencia ciudadana y, en general, en todos aquellos que, día a día, y desde la Conquista, le vienen reclamando a sus congéneres “es que usted no sabe quién soy yo”.

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