La victoria de Turbay Ayala

Por: Mauricio García Villegasdiciembre 26, 2008

“NO TODO EL MUNDO TUVO LA suerte de tener 20 años en Mayo de 1968 en París”, escribió alguna vez el intelectual francés Régis Debray.


“NO TODO EL MUNDO TUVO LA SUERte de tener 20 años en Mayo de 1968 en París”, escribió alguna vez el intelectual francés Régis Debray.

Cuando leí esa frase, hace ya muchos años, pensé para mis adentros que yo no sólo no había tenido la suerte de Debray, sino que había tenido la desgracia de cumplir veinte años en Colombia durante el gobierno de Julio César Turbay Ayala. Hoy me vienen a la mente esas comparaciones cuando leo el libro de Francisco Gutiérrez ¿Lo que el viento se llevó? Los partidos políticos y la democracia en Colombia 1958 y 2002.

Se trata de un libro sorprendente y brillante cuya tesis fundamental puede ser sintetizada en los siguientes tres puntos. 1) El Partido Liberal ha sido mayoritario y poderoso, a tal punto que su historia tiende a confundirse con la historia del sistema político colombiano. 2) A partir del Frente Nacional la competencia política se trasladó al interior de los partidos, es decir a la lucha entre facciones, y 3) en el Partido Liberal había dos tendencias: la primera, liderada por Carlos Lleras Restrepo, la segunda, por Turbay Ayala. Triunfó esta última y desde entonces el sistema político colombiano y la democracia han estado moldeados por esa facción política.

La victoria de Turbay Ayala trajo consigo el triunfo de las ideas de derecha y del inmovilismo institucional. Pero eso fue lo de menos; con Turbay se desprestigió la política entendida como debate de ideas y se impuso la política como negocio, como pacto entre barones políticos que ofrecían incentivos materiales —un lote, un puesto…— y clientelas que entregaban sus votos a cambio. Los pactos se hacían a costa del modelo de virtud pública que proponía el Llerismo. De esta manera triunfó una especie de ceguera moral o de complacencia con la ilegalidad.

Lo que viene después —en los noventa— es una radicalización del modelo turbayista: el partido y los barones departamentales perdieron el poder que tenían y fueron sustituidos por los políticos locales. Los pactos —esta vez entre los congresistas y sus clientelas— se hicieron a espaldas del Directorio Liberal y se volvieron más locales y más dispersos.

Los partidos se desprestigiaron pero eso no afectó la manera de hacer política. El localismo y los negocios turbios se mantuvieron. Sólo cambiaron las formas, el lenguaje. En la década de los noventa —dice Gutiérrez— había dos rutas para sobrevivir en política: o actuar como los barones de los ochenta o criticarlos; ambas rutas se fueron, poco a poco, fundiendo en una sola: actuar como ellos, pero condenando a los partidos tradicionales. Álvaro Uribe es uno de esos nuevos-viejos políticos exitosos. Con su provincialismo, su clientelismo, su conservadurismo y su tolerancia con ciertas formas de ilegalidad, Uribe es, a mi juicio —el libro sólo se ocupa tangencialmente de Uribe— una muestra patente de la supervivencia turbayista.

Los estudios clásicos del régimen político colombiano muestran cómo en Colombia hemos tenido más partidos políticos que democracia y que instituciones. El libro de Gutiérrez agrega un elemento más en esta tristísima historia: en las últimas décadas, con el triunfo de la cultura política turbayista, hemos tenido más políticos y más pactos políticos que partidos y por supuesto, más de todo eso que de democracia y de constitucionalismo. Ganó Turbay y perdió el país.

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