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La vida planetaria

Mauricio García Villegas
octubre 3, 2014

Publicado en: El Espectador

Los seres humanos nos criamos con la convicción de ser intelectual y moralmente superiores al resto de los seres vivos.

 

Esta idea ha sido reforzada durante miles de años por la cultura y la filosofía occidentales, y también por ciertas creencias religiosas que reivindican un más allá, supuestamente reservado por Dios, dueño y señor del Universo, para los humanos de este planeta. Pero cada vez hay más razones para bajarnos de semejante pedestal y poner los pies en la tierra.

Una de estas razones se puede ver en el informe publicado esta semana por el Living Planet Report sobre el impacto de la actividad humana en la salud del planeta (bit.ly/1ddAqjM). Según este informe, el tamaño de la población de animales vertebrados se ha disminuido a la mitad en el paso de tan sólo dos generaciones (50 años). La situación más dramática se vive en los ríos, lagos y humedales, en donde el 76% de la fauna de agua dulce desapareció en 40 años. Las especies marinas y animales terrestres, por su lado, sufrieron una disminución del 39%. Las zonas tropicales han padecido la mayor devastación, con el 63% de la fauna desaparecida, siendo América Central y América del Sur las regiones que presentan la disminución más dramática, con el 83%. “Son los animales los que están sufriendo ahora, pero el impacto a largo plazo será sobre las personas”, dice el informe.

Esta destrucción es el producto de una demanda de recursos cada vez más creciente. La población mundial casi se ha duplicado desde 1970, pasando de 3.700 millones a 7.200 millones. Se calcula que la población actual necesita algo así como planeta y medio para sobrevivir y que para 2050 necesitará, si se mantiene el modelo actual de consumo y desarrollo, tres planetas. Pero también se sabe que el problema no es tanto por la falta de los recursos, de la tecnología o de los diseños institucionales que se requieren para salvar el planeta, sino por falta de voluntad política para asumir esa tarea.

El informe de Planeta Vivo repite lo que muchos otros científicos y líderes mundiales han venido diciendo durante las últimas dos décadas: si seguimos sobreexplotando el planeta como lo estamos haciendo hasta ahora (y no hay nada que indique que haremos algo diferente), no sólo destruiremos lo que queda de naturaleza viva, sino que pondremos en riesgo la supervivencia misma de la especie humana.

Esta incapacidad para detener nuestra pulsión destructiva es un signo de torpeza para pensar colectivamente y una prueba más de que nuestro principal enemigo en el planeta somos nosotros mismos. ¿Puede haber una muestra más elocuente de que no merecemos la superioridad intelectual que nos atribuimos?

Tampoco somos moralmente superiores. Hace más de un siglo Jeremías Bentham, el gran pensador inglés, atacaba la esclavitud con el argumento de que los negros eran iguales a los blancos por el simple hecho de que aquellos, como estos, también sufrían. Más aún, decía Bentham, dado que los animales también sufren, debemos tratarlos con consideración y no sentirnos superiores a ellos.

Cada vez hay más razones para pensar en la relativa igualdad de los seres vivientes y en el destino común e inescindible que nos une al mundo animal. Son razones suficientes para adoptar una actitud menos arrogante y más condescendiente y solidaria con los demás seres vivos.

Este llamado a la defensa de la vida planetaria puede sonar a discurso moral de predicador apocalíptico. Pues bien, si lo de salvar el planeta suena demasiado moral, o demasiado abstracto, entonces tal vez haya que defender la misma idea diciendo que es la única manera de salvar a la generación que viene, es decir, a nuestros hijos.

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