| Por: Mauricio García Villegasnoviembre 28, 2008

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Las dos Colombias

En un ensayo titulado El triunvirato parroquial, publicado a mediados del siglo XIX, José María Samper sostenía que en los pueblos de Colombia había dos repúblicas

En un ensayo titulado El triunvirato parroquial, publicado a mediados del siglo XIX, José María Samper sostenía que en los pueblos de Colombia había dos repúblicas.
La oficial, que sólo funcionaba en el papel y la informal, que era donde estaba el poder real. Quienes mandan, decía Samper, no son el Alcalde, el Consejo Municipal y el Juez, como lo ordenaba la Constitución, sino otro triunvirato, compuesto por el cura, que ejerce el poder legislativo, el gamonal que detenta el poder ejecutivo y el tinterillo que tiene el poder judicial. A esa república duplicada, informal y poderosa Samper la llamaba república gamonalicia.

Recordé ese texto al oír la grabación de una conversación entre David Murcia, ex director de DMG, y su cuñado, William Suárez (todavía no se sabe si la grabación es auténtica o no, pero parece difícil que no lo sea). La charla tiene lugar un día después de las elecciones de 2007 y en ella los dos personajes se comunican con el propósito de hacer cuentas sobre la contienda electoral del día anterior. Lo que dicen es impresionante: “No hermano, ganamos sobrados”, dice el uno. “Imagínese”, dice el otro, “tenemos dos, cuatro, cinco, seis, siete, diez gobernaciones… sólo perdimos en dos y toca mirar en Yopal a ver cómo nos fue”. Como quien dice, tenemos trabajo para rato, dice Murcia y agrega lo siguiente: mejor dicho, eso fue mejor que haber montado mil empresas. La verdad hermano, lo felicito, le responde Suárez.

Mientras los medios de comunicación difundían los resultados oficiales de las elecciones y los analistas políticos interpretaban las cifras y explicaban las nuevas tendencias de la democracia colombiana; mientras el Gobierno y los editorialistas se regocijaban por haber asistido a unas elecciones libres y pluralistas y las Fuerzas Armadas daban un parte de tranquilidad y orden en todo el territorio nacional, mientras todo eso pasaba en la Colombia republicana y visible, Murcia —como muchos otros— hacían sus propias cuentas en el mapa electoral de la democracia mafiosa. No sólo analizaban la rentabilidad, en votos, de sus inversiones, también planeaban las nuevas empresas, los nuevos contratos, la nueva relación entre el Estado y la ciudadanía, mejor dicho, el nuevo país que debía surgir de esas elecciones.

Pero lo aterrador de esta grabación no es tanto que prueba la existencia de estas dos Colombias paralelas, sino que muestra la manera como conviven. La grabación pone en evidencia que la Colombia ilegal no es exactamente el opuesto de la legal, sino su parodia, su mascarada. La mafia no trabaja contra la democracia y las instituciones sino con ellas. O mejor dicho su manera de estar en “contra” es estando “con”. Esto me recuerda también a uno de los personajes de Alfredo Molano en Así mismo cuando dice “las leyes son la ocasión del soborno, hay que hacerlas cumplir para elevar la mordida. Si la ley no se respeta el sistema se derrumba”.

Por eso, porque la Colombia mafiosa no está separada sino incrustada —como un parásito— en la Colombia legal, es tan difícil luchar contra ella. Por eso también, la grabación de Murcia pone de presente la necesidad que tenemos de una verdadera reforma política que evite lo que hoy parece inevitable: la reconversión de la república gamonalicia en la república mafiosa.

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