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Las heridas del Cauca

Mauricio García Villegas
julio 13, 2012

Publicado en: El Espectador

La democracia colombiana tiene dos grandes heridas y por ellas sangra constantemente.

 



La primera es la falta de legitimidad del sistema político y la segunda es la falta de eficacia del Estado para controlar el territorio nacional. Ambas han sido particularmente visibles y dolorosas en el último mes. La herida de la legitimidad sangró profusamente hace un par de semanas cuando el Congreso quiso cambiar la Constitución con una reforma a la justicia hecha a su amaño. La segunda herida, la de la ineficacia, sangra copiosamente hoy, esta vez en el departamento del Cauca, donde los indígenas, hartos de una guerra interminable, quieren que el Ejército y la guerrilla se vayan de su territorio.

En columnas pasadas he hablado mucho de la primera herida, ahora voy a hablar de la segunda.

Es difícil encontrar una región del país en donde las instituciones republicanas hayan fracasado de manera tan rotunda como en el Cauca. Buena parte de la vida colonial, en pleno siglo XXI, sigue allí su curso como si la independencia no hubiese llegado nunca. Es verdad que ya no hay auditores, ni encomenderos, ni inquisidores, pero las élites locales siguen dominando en una sociedad que hoy es casi tan inmóvil y cerrada como hace tres siglos.

El Cauca es uno de los departamentos más pobres del país, y si sólo tenemos en cuenta los llamados departamentos viejos, es, de lejos, el más pobre. De sus 42 municipios, 30 tienen más del 50% de su población con necesidades básicas insatisfechas (NBI). Según el DANE (2010), Cauca es el departamento con mayor porcentaje de población pobre después de Chocó y La Guajira y el segundo con mayor porcentaje de población en situación de pobreza extrema. Como si esto fuera poco, Cauca tiene el peor índice Gini del país (es decir la peor desigualdad social) después de La Guajira, Chocó y Huila.

El fracaso histórico de las instituciones republicanas en el Cauca, propiciado por unas élites sociales y políticas que todavía se creen en la colonia y empeorado por una guerrilla indolente (no menos colonial que aquellas élites) y por la ruta de la coca que pasa por sus montañas, es una razón para entender e incluso para justificar la reacción de los indígenas en contra de la Fuerza Pública y de la guerrilla.

De otra parte, y a pesar de todo ello, la reacción del presidente Santos en el sentido de negarse a retirar la Fuerza Pública de esa región también es algo entendible. Militar y políticamente sería una decisión a todas luces irresponsable.

Lo que sí parece claro es que no basta con enviar la tropa al Cauca para acabar con el conflicto armado y para crear instituciones fuertes y democráticas. Se necesita de mucho más que eso: algo así como un gran programa nacional de desarrollo social e institucional, una especie de Plan Marshall colombiano. Algo que acabe no sólo con la falta de Estado sino también con el clientelismo (la otra herida nacional). Sólo así, a partir de una política integral de reconstrucción institucional, el plan militar podría tener éxito.

El Estado colombiano ha fracasado en muchas otras partes de su geografía. El Cauca no es una excepción; sin embargo, dada su centralidad geográfica, su importancia histórica y el tamaño de su población indígena, en ninguna otra parte del país ese fracaso resulta tan vergonzoso para las élites que han gobernado estas tierras.

La situación del Cauca, con lo peor de su vida colonial todavía en pie, con su guerra interminable y con sus indígenas olvidados, me recuerda lo dicho por Octavio Paz: “En América Latina las épocas viejas nunca desaparecen completamente y todas las heridas, aun las más antiguas, manan sangre todavía”.

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