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Las madres de Belén

Danilo Rojas Betancourth (socio inactivo)
diciembre 29, 2008

Publicado en: El Espectador

La narración bíblica hecha por Mateo el Evangelista es escueta: a la bulla hecha por los magos acerca del nacimiento del rey de los judíos, le siguieron los celos de Herodes que vio entonces tambalear su trono, quien se valió de los magos para averiguar sobre el recién nacido en Belén, “para que yo también vaya y le adore”; pero los magos no regresaron donde Herodes, lo que desató su furia y la posterior orden de una de las matanzas más tristemente recordadas de la historia, la de inocentes niños menores de dos años de todo Belén y sus alrededores.

 

La narración bíblica hecha por Mateo el Evangelista es escueta: a la bulla hecha por los magos acerca del nacimiento del rey de los judíos, le siguieron los celos de Herodes que vio entonces tambalear su trono, quien se valió de los magos para averiguar sobre el recién nacido en Belén, “para que yo también vaya y le adore”; pero los magos no regresaron donde Herodes, lo que desató su furia y la posterior orden de una de las matanzas más tristemente recordadas de la historia, la de inocentes niños menores de dos años de todo Belén y sus alrededores.

Fui consciente de esta fatal conmemoración harto entrado en años, pues el Día de los Santos Inocentes en mi niñez fue una “celebración” provinciana que detestaba, en donde familiares y vecinos se gastaban bromas pesadas. Una clásica y torpe de la que mi familia se enorgullecía, consistía en invitar a un buen vecino a tomar café a la casa; y a mí me correspondía ofrecérselo bien salado.

También entonces corrían noticias falsas publicadas con esmero en las primeras páginas de los diarios capitalinos, que enmudecían a los incautos, quienes al día siguiente eran presa de burlas de los más avispados.

Como el domingo pasado fue el día de los inocentes, miré con avidez de niño los diarios a ver si se mantenía parte de la tradición de engaños y me choqué con la noticia de un bombardeo, adivinen dónde: en la misma vecindad donde hace tantos años los soldados romanos cumplieron fríamente la orden de Herodes. Sí, el bombardeo fue en el mismísimo corredor de Gaza por donde pudieron haber huido Jesús, María y José a Egipto para evitar que la tragedia los alcanzara.

Confieso que por un momento albergué la esperanza de que se tratara de la más pesada de las bromas anunciadas por la prensa, pero me temo que esta nueva matanza, como muchas otras, ya no tiene reversa. Tal parece que estamos condenados a seguir impávidos ante el diario cumplimiento de la profesía bíblica que anunció la muerte de los inocentes en Belén: “Voz fue oída en Ramá, grande lamentación, lloro y gemido; Raquel que llora a sus hijos y no quiso ser consolada porque perecieron”.

Para no dejar la reflexión sobre los inocentes atada sólo a la crueldad de esta guerra en Oriente, permítanme una digresión literaria. La masacre de los niños de Belén de Judá sirvió a Saramago —El Evangelio según Jesucristo—, para llamar la atención sobre el egoísmo, la cobardía y el remordimiento, pues —según licencia que se permite a un novelista ganador del Premio Nobel—, enterado José de la tragedia por venir y obcecado porque a su hijo y sólo a su hijo Jesús nada le sucediera, lo único que se le ocurrió fue huir con su familia, sin dar aviso a ninguno de los vecinos que, en cambio, debieron padecer la matanza de sus hijos a manos del ejército romano. Se trata de una reflexión sobre la solidaridad humana que bien vale la pena tener en cuenta en estos días de regocijo y balances de fin de año.

Las madres de Belén entonces, las de los palestinos recién bombardeados, las de la Plaza de Mayo de hace poco y las de Soacha de hace aún más poco, parecen ser la imagen de un sufrimiento inmerecido y generado por la insensatez de los gobernantes desde que el mundo es mundo. A ellas, como auténticas víctimas que cargan el dolor de sus hijos asesinados, también debería dedicarse un Día de las Santas Inocentes.

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