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Las montañas de todos

Mauricio García Villegas
abril 22, 2011

Publicado en: El Espectador

MONIQUE PERRIAUX ES UNA AMIGA francesa que conozco desde hace más de veinte años. Nació y vive en Grenoble, pero pasó seis años de su vida en Colombia (entre 1998 y 2006) de los cuales guarda muchos recuerdos y un hijo adoptado que se llama Sebastián. La semana pasada me encontré con Monique y estuvimos caminando por las montañas y hablando de la vida, de los amigos y de Colombia.

 

MONIQUE PERRIAUX ES UNA AMIGA francesa que conozco desde hace más de veinte años. Nació y vive en Grenoble, pero pasó seis años de su vida en Colombia (entre 1998 y 2006) de los cuales guarda muchos recuerdos y un hijo adoptado que se llama Sebastián. La semana pasada me encontré con Monique y estuvimos caminando por las montañas y hablando de la vida, de los amigos y de Colombia.

A mí me encanta Colombia —me dice Monique— sobre todo me gusta la gente, la manera dulce y amable como los colombianos tratan a los demás. Pero hay una cosa que no soporto de tu país —agrega con cierta amargura— ¿Qué cosa? —le pregunto yo— convencido de que me iba a hablar de la violencia tan cruda durante esos años en los que ella vivió en Colombia. ¡Que las montañas no sean de todos! —me responde—, eso es lo que me molesta.

En Grenoble —me dice Monique— las montañas (los Alpes) son públicas y la principal diversión de la gente durante los fines de semana es salir a caminar por ellas. Durante el invierto la gente hace esquí y en el resto del año, acampa, se baña en los ríos, observa los pájaros o trepa por los barrancos. Las montañas están llenas de senderos bien demarcados y trazados en mapas que se venden en las oficinas de turismo. Eso no sólo ocurre en Grenoble, sino en toda Francia y en toda Europa.

Ustedes en Colombia —me dice— tienen las montañas de los Andes, que son tan hermosas como los Alpes; sin embargo, como son propiedad privada, sólo se pueden ver de lejos; están todas cercadas con alambre de púas y hay que pedir permiso para pasar; no hay senderos abiertos, y los caminos reales de la Colonia están tapados o abandonados. ¿Cómo es posible —me dice Monique— que los Cerros de Bogotá o las montañas que rodean a Medellín o a Cali no sean grandes parques públicos a los que todo el mundo puede ir?

Pero Monique —le digo yo— Colombia es un país pobre y el Estado no tiene plata suficiente para expropiar grandes terrenos que puedan servir luego como parques. Falso, mi querido amigo —me responde ella— no es un problema de plata para comprar tierra, sino de voluntad política para hacer una reforma agraria. En tu país creen eso, es comunismo, pero todos los Estados de Europa hicieron reformas de ese tipo hace por lo menos un siglo y las hicieron con una visión liberal y capitalista. Más aún —agrega— estoy convencida de que la cosa es al revés de como tú lo dices: no es que Colombia no tenga reforma agraria por ser pobre, sino que es pobre porque no tiene reforma agraria.

A los ricos de tu país no les conviene del todo el desarrollo; y no les conviene porque no les interesa renunciar a los beneficios que obtienen de la sociedad tradicional en la que viven. Por eso buscan la mejor combinación posible entre una sociedad feudal y una sociedad capitalista. Mejor dicho, tratan de vivir en un país con el capitalismo suficiente para ganar dinero y disfrutar de los beneficios del consumo y con el feudalismo suficiente para seguir con los privilegios propios del hacendado que dispone de tierra y servidumbre a su antojo. Por eso los ricos de tu país que se dicen liberales (son pocos, en realidad) a lo sumo son liberales de lunes a viernes, cuando están en Bogotá o en Medellín, pero los fines de semana, cuando van a sus fincas, se comportan como los viejos hidalgos y señores de las haciendas.

Pero bueno Monique, hablemos de otra cosa, cuéntame de Sebastián —le digo yo— tratando de esquivar las ideas que me pasaban por la mente y que me perturban el paisaje.

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