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Lenguaje incendiario

Mauricio García Villegas
diciembre 5, 2015

Publicado en: El Espectador

Elides J. Rojas, un periodista venezolano, publicó en enero de 2013 una lista de los insultos que el chavismo ha utilizado contra la oposición. Estos son solo algunos: vende-patrias, canallas, ladrones, gusanos, perros, moscas, insectos, víboras, ratas, cobardes, necrófilos, chupa-sangres, drogadictos, mercenarios, matasanos, sanguijuelas, cachorros del imperio, desalmados, pitiyanquis, sátrapas, miserables, bacterias, terroristas, perros de la guerra, mensajeros de la muerte, enanos del intelecto, fusiladores de espíritus, saqueadores, come-niños, esclavistas, sepultureros, carroña, basura de la historia, etc. 

 

Leyendo el texto de Rojas me acordé de La lengua del Tercer Reich (1947), el libro de Victor Klemperer en el que se muestra cómo los nazis inventaron todo un vocabulario injurioso para degradar al pueblo judío. Los superlativos empezaron a invadir el lenguaje; ya no se hablaba de contradictores, sino del “enemigo universal”, de “batallas de aniquilación”, de “la mayor confrontación de la historia”, del Führer como el “amante de la paz” y del “odio inconmensurable de los judíos”; el fanatismo, dejó de tener sentido peyorativo que tenía antes y se convirtió en un deber patriótico (“juramento fanático”, “valentía fanática”), etc.; en síntesis, toda una desmesura delirante que condujo al Holocausto.

Con esta comparación no pretendo identificar al chavismo, y mucho menos a la izquierda radical, con el nazismo. Tampoco es mi intención sugerir que la derecha latinoamericana es ajena a este tipo de excesos. Sólo quiero poner de presente que abusar del significado de las palabras es como jugar con fuego. Las palabras no solo describen hechos, los crean. “Las palabras también son actos”, decía Wittgenstein. Por eso, el lenguaje incendiario, incendia. Más que un instrumento para narrar el mundo, el lenguaje ordena, sujeta, controla, separa, o como decía Roland Barthes, el lenguaje legisla.

Por eso las guerras también se hacen con palabras. Esto no solo ocurre entre países o partidos políticos. También entre personas. Cuando se insulta, la desconfianza termina en un odio irreparable. Si yo, por ejemplo, trato de ladrón a alguien que simplemente es indelicado con los bienes ajenos, es muy posible que el acusado me trate de déspota, cuando en realidad yo simplemente soy un cascarrabias. En Colombia es muy usual, después de tantos años de conflicto armado, que a los adversarios políticos se les identifique con la versión más extrema de las ideas que estos profesan; así, la izquierda tiende a identificar a la derecha con el paramilitarismo y la derecha tiende a identificar a la izquierda con la guerrilla. Ha habido más de una guerra en este país detonada con las mechas del lenguaje injurioso.

Esperemos que algo de esto no ocurra en Venezuela, un país tradicionalmente menos violento que el nuestro. Pero hay razones para preocuparse. Ante la perspectiva de perder las elecciones, Nicolás Maduro ha radicalizado aún más el lenguaje chavista. En los últimos días ha dicho que hay que “ganar las elecciones como sea; si las perdemos —dice— estoy militarmente preparado para defender la revolución”; por eso he advertido a los “oligarcas de la derecha” que si no permiten el triunfo del chavismo, “nos vamos para la calle” y nosotros en la calle “somos candela con burundanga”. Así pues, concluye el presidente venezolano, si fracasa la revolución, que se “preparen para que venga la masacre y el tiempo de la muerte”.

¿Qué tanto hay de bravuconada chavista en las palabras de Maduro? No lo sabemos. Pero incluso si hubiese mucho de eso, los bravucones también pueden terminar presos de sus palabras, disparando un fusil en la calle.

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