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Leyes y palancas: El sistema de padrinazgos

El uso generalizado de las palancas implica la prevalencia de lo privado sobre lo público.

Por: Mauricio García Villegasoctubre 2, 2007

El uso generalizado de las palancas conlleva una especie de colonización de lo público por lo privado.

Se acaban de publicar los datos de una encuesta realizada por Invamer y la Universidad de los Andes sobre la mentalidad del colombiano. Allí se revela que el 74 por ciento de los nacionales considera que el éxito depende de las palancas. Ese dato -que preocupa más de lo que sorprende- muestra lo lejos que estamos todavía de alcanzar una sociedad moderna en Colombia.

Es apenas natural que las personas busquen afanosamente la manera de ascender en la escala social o, por lo menos, de proteger lo que tienen. En las sociedades tradicionales, la gente conseguía eso con el favor de los poderosos, es decir con los padrinos. Tener buenos padrinos era la mayor garantía de protección o de éxito.

El Estado moderno europeo reemplazó a los padrinos por las leyes. Desde entonces, las personas pueden invocar la ley -una ley básicamente justa e igual para todos- para hacer respetar sus derechos ante los jueces o ante los funcionarios públicos. De esa ley protectora surgió ese sentimiento ciudadano de respeto por lo público que existe en algunos países europeos. Allí los ahijados se convirtieron en ciudadanos.

En nuestros países, en cambio, las cosas no cambiaron mucho con la promulgación de las leyes. El Estado era demasiado débil para hacer respetar los derechos; por eso no pudo impedir que las personas siguieran buscando en los poderosos sus propias tablas de salvación. Al fin y al cabo, la protección que se obtiene con las palancas es muchas veces más eficaz que la protección que prometen las leyes. Más aún -como lo dice el antropólogo Roberto DaMatta para el caso del Brasil-, el ciudadano que no tiene palancas, a pesar de ser “un igual ante la ley”, es visto como un desamparado, como una persona sin relaciones.

En Colombia nunca se logró que las leyes reemplazaran a los padrinos. Aquellas sólo consiguieron superponerse a estos. En la India, la sociedad está organizada en castas, y por eso la vida de alguien depende del lugar que ocupe en ellas. En cambio, en Dinamarca -por decir algo- todas las personas son iguales ante la ley, con independencia de su posición social. En Colombia tenemos ambos sistemas: las jerarquías son mal vistas y la ley las desconoce, pero en la práctica tienen tanta fuerza como las leyes mismas. Esta duplicación de medios de protección no nos hace más seguros. Al contrario, ninguno de los dos funciona bien del todo. El sistema del padrinazgo está deslegitimado por las leyes y el de la legalidad, obstaculizado por el del padrinazgo.

El uso generalizado de las palancas conlleva una especie de colonización de lo público por lo privado; del Estado por los padrinos. Ya no hay ciudadanos, sino clientelas. En lugar de tener una verdadera sociedad, regida por la ley y el interés público, tenemos individuos amontonados, que se cuidan unos a otros a través de redes de padrinazgo.

Muchos piensan que todo esto va a cambiar con el crecimiento económico. El aumento de la riqueza -dicen ellos- traerá la modernización de nuestras costumbres, la cultura de la legalidad y la muerte de los padrinos. Yo no soy tan optimista. El mercado no es ese paraíso de libertad y progreso que muchos piensan.
Salomón Kalmanovitz dijo alguna vez que en Colombia lo importante no era tanto privatizar el Estado, como piensan muchos, sino privatizar el mercado, es decir, acabar con esas redes de privilegios -la cerveza, las gaseosas, los medios de comunicación, etc.- que impiden el ejercicio verdadero de la libertad económica.

El problema en Colombia es que no solo la gente común y corriente, sino también los grandes intereses económicos, y el Estado mismo, piensan que el éxito depende de las palancas.

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