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Libertad de expresión

Mauricio García Villegas
enero 9, 2015

Publicado en: El Espectador

Charlie Hebdo es un semanario francés destinado a la sátira política y cultural. Sus textos son cáusticos y suelen tener como blanco a los líderes de la derecha, los banqueros y los profetas religiosos.

 

En 2006, el semanario difundió, en nombre de la libertad de prensa, 12 caricaturas de Mahoma que habían aparecido en el diario danés Jyllands-Posten, las cuales fueron consideradas como ofensivas por sectores musulmanes radicales. Desde entonces el periódico ha sido objeto de amenazas y atentados. El pasado martes, 7 de enero, tres personas encapuchadas, fuertemente armadas y con gritos que invocaban a Alá, ingresaron a las instalaciones de Charlie Hebdo y asesinaron a 12 personas, entre ellas sus cinco periodistas principales.

La masacre del 7 de enero ha puesto a toda Francia en estado de shock. Cientos de miles de personas han salido a las calles para mostrar su indignación contra el fundamentalismo religioso. El jueves pasado se apagó la luz de la torre Eiffel en señal de duelo y hubo un minuto de silencio que paralizó a toda la sociedad, en una conmovedora manifestación de unidad nacional y defensa de la libertad de expresión. Mañana domingo está prevista otra gran manifestación.

El fervor nacional que ha despertado esta masacre no sólo es un hecho político importante sino también una razón para tener esperanza en medio de tanto dolor. Me explico.

El fundamentalismo islámico de las últimas décadas tiene muchas causas (la invasión a Irak por parte de los Estados Unidos y la política de aniquilamiento del pueblo Palestino en Israel, entre ellas), pero hay una particularmente fuerte, que alimenta la mente de los fanáticos. Me refiero a la sensación que ellos tienen de que Occidente le está imponiendo al resto del mundo su relativismo moral y su materialismo consumista, lo cual acabará con la religión. De ahí su ansiedad apocalíptica.

Como en casi todas las doctrinas erróneas, en esta hay, en medio del galimatías, algo de cierto: el mundo se ha vuelto más consumista y menos religioso, sin duda. Pero no es verdad que la falta de fe haya eliminado la conciencia moral de los europeos y que el materialismo indolente se haya apoderado de sus almas.

Las manifestaciones de solidaridad con Charlie Hebdo dicen lo contrario; muestran la fuerza que todavía tienen los sentimientos morales de tolerancia y pluralismo en la vieja Europa. La diferencia con el pasado es que esos sentimientos ya no dependen de una fe religiosa comandada por un puñado de sacerdotes, sino de la sociedad entera y de ciudadanos que se comportan como sus guardianes. No hay nada de relativismo en esta moral. Respetar las creencias de los demás no es, como dijo alguna vez el gran pensador europeo Isaiah Berlin, una cuestión de gustos: no es lo mismo decir, por ejemplo, a mí me gusta el café con algo de leche y a usted no, que decir a mi me gusta la ternura y a usted los campos de concentración, decía Berlin. Yo agregaría incluso que la moral cívica actual, pluralista, tolerante y solidaria, es una expresión más avanzada de la vieja moral cristiana del amor al prójimo.

Viendo las manifestaciones en contra del ataque a Charlie Hebdo, pienso que lo que está en juego hoy no es tanto la lucha entre un modelo de sociedad que cree en Dios y otra entregada al hedonismo consumista, sino más bien entre una sociedad con una moral tradicional que depende de una fe religiosa excluyente y una sociedad unida por una moral cívica de respeto por las ideas ajenas (incluidas las religiosas) y de reconocimiento al prójimo. Los periodistas del Charlie Hebdo caídos el miércoles pasado son los mártires de esta nueva moral cívica.

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