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José Ismael Pineda y Rosa María Sánchez participan en el mercado campesino de Fontibón hace 16 años. Para ellos, los sábados de mercado no son solo el momento de vender los frutos de su trabajo, sino también de reencuentro familiar. | Miguel Galezzo

#LlevoelCampo: Cuatro historias detrás de los mercados campesinos de Bogotá

Martha Moreno, Victoria Moyano, Sandra Vásquez y José Pineda cuentan las historias de retos y logros que han vivido en este proceso.

Por: Marcela Madridoctubre 10, 2019

Está claro que los mercados campesinos, étnicos y agroecológicos son una de las mejores alternativas alimentarias que pueden tener las ciudades, y Bogotá no es la excepción. Cada 15 días, cientos de familias en las veredas más remotas de Cundinamarca, Boyacá, Meta y Tolima organizan sus cosechas para la llegada del camión que las llevará hasta los mercados campesinos de Fontibón, Kennedy, Floralia, Suba o Bosa.

Una familia se suele echar al hombro el reto de recoger, transportar y vender los alimentos de su vereda en jornadas de más de 24 horas sin descanso. Como parte de la campaña LlevoElCampo*, reunimos cuatro historias para contar quiénes son estos guardianes del alimento y cómo han cambiado sus vidas con los mercados campesinos.


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“Los mercados se vuelven familia”

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Martha y su familia decidieron apostarle a los mercados campesinos de Bogotá hace cinco años, cuando se dieron cuenta de que vender la cosecha en el casco urbano de su pueblo ya no era una opción. / Andrés Bo, Dejusticia

Martha Moreno es una de las productoras más conocidas del mercado campesino de Fontibón. Su puesto se reconoce desde lejos porque tiene tantos plátanos que no hay canastos que alcancen para mantenerlos en orden; sin embargo todos se venden cada 15 días, junto con todo lo que lleva desde la vereda La Parroquia, en Armero-Guayabal (Tolima): guanábana, maracuyá, arazá, pitaya, aguacate, badea, melocotón, y un largo etcétera.

Martha y su familia decidieron apostarle a los mercados campesinos de Bogotá hace cinco años, cuando se dieron cuenta de que vender la cosecha en el casco urbano de su pueblo ya no era una opción: “En Guayabal nos tocaba fiar la comida y nos quedaban mal. Si llevábamos 15 racimos, vendíamos 5 y me tocaba ponerme a callejear puerta a puerta a tratar de vender el resto. Aquí vendo más de 100 racimos”, cuenta.

En total son 10 toneladas de comida las que llevan ella, su esposo y sus dos cuñadas a cuatro mercados campesinos de Bogotá. Los dos camiones cargados con la cosecha de decenas de familias de La Parroquia se regresan vacíos después de 8 horas de venta exitosa. Gracias a esta prosperidad, Martha y su esposo Iván han podido ahorrar hasta cambiar su casa de madera por una de cemento, e incluso lograron pagarle la universidad a sus hijos.

Pero no todo fue exitoso desde el principio. Martha recuerda sus primeros mercados campesinos en la Plaza de Bolívar como un reto: “No sabíamos cómo era vender. Además llegaban unos gringos que querían tomarme la foto con las guanábanas y no compraban”. Tampoco tenían claridad sobre las cantidades y sobraba mucha comida, hasta el punto que terminaban haciendo cambalaches (“le cambio estos aguacates por esa camiseta”) para que no se les perdiera. Hoy, después de decepciones y aprendizajes, la historia es distinta: “Todo se vende porque la gente aprecia y valora al campesino. Nos preguntan cómo se siembran las frutas, nos piden que les contemos de la tragedia de Armero, se vuelve familia”.

Una herencia hecha alimento

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Victoria Moyano y su familia. / Miguel Galezzo, Dejusticia

Victoria Moyano y su familia llevan al mercado campesino de Fontibón una tradición familiar:

almojábanas, arepas boyacenses, arepas de pelado, mantecadas, garullas, y las golosinas típicas de su tierra, Arcabuco, Boyacá. La empresa familiar Golosinas de Arcabuco involucra a todas las generaciones, desde el papá de Victoria, quien se encarga de proveerles la leche, sus 10 hermanos que se dedican a la producción de estos amasijos, hasta los sobrinos y nietos que participan en la venta.

Victoria cuenta que cada 15 días venden todo lo que llevan, algo que solo han logrado en el mercado campesino: “Aquí es la única posibilidad de vender todo. Ya intentamos en varios pueblos por ahí cerquita pero no hay apoyo al campesino”. Aunque Golosinas de Arcabuco en sus inicios era una microempresa que apenas les daba para sobrevivir, desde que participan en el mercado campesino han logrado invertir en su crecimiento: “Hemos comprado el congelador y la vitrina. Mi sueño es poder exportar a otro país”.

Autonomía para una madre soltera

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Desde entonces volvió a apreciar la tranquilidad de la vida en el campo. Sandra ya no tiene que salir todos los días a trabajar en las calles de Bogotá y eso le ha permitido pasar más tiempo con sus hijos. / Andrés Bo, Dejusticia

Sandra Vásquez, a diferencia de otros productores de mercados campesinos, había dedicado su vida a vender antes de embarcarse en esta experiencia. Por eso, cuando su tía la invitó a participar, aceptó sin pensarlo y decidió regresar de Bogotá, donde vivía con su hijo de meses, a su tierra, Armero-Guayabal.

Desde entonces volvió a apreciar la tranquilidad de la vida en el campo. Sandra ya no tiene que salir todos los días a trabajar en las calles de Bogotá y eso le ha permitido pasar más tiempo con sus hijos, darles estudio y tener los ingresos suficientes para mantenerlos como madre soltera: “Los mercados campesinos han hecho que la mujer sea más independiente, que pueda llevar la comida a la casa, darse sus gustos a ella y a sus hijos”.

La cosecha que Sandra lleva desde la vereda La Parroquia llega a los compradores del mercado campesino de Suba. Para ella, lo mejor de este punto es que “tiene muchísima gente, gente que aprecia al campesino porque muchos de ellos han vivido en el campo y se sienten identificados con nosotros”.

Cuando el mercado es reencuentro

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Rosa María vive en Bogotá junto con sus hijos y nietos, mientras que José Ismael viaja cada 15 días desde Tena, Cundinamarca hasta la capital. / Miguel Galezzo, Dejusticia

José Ismael Pineda y Rosa María Sánchez participan en el mercado campesino de Fontibón hace 16 años. Para ellos, los sábados de mercado no son solo el momento de vender los frutos de su trabajo, sino también de reencuentro familiar. Rosa María vive en Bogotá junto con sus hijos y nietos, mientras que José Ismael viaja cada 15 días desde Tena, Cundinamarca hasta la capital. Cuando se acerca el mediodía suelen sumarse los hijos para saludarlo y recibir las frutas y verduras que les trae para la semana.

A los vecinos de Fontibón les ofrecen los productos de cuatro familias de su vereda: mango, mandarina, naranja, limón y plátano que, según cuentan, antes vendían con facilidad pero que últimamente les quedan en cantidades al final del día. José Ismael le atribuye esta situación al auge de los ‘fruvers’ y al hecho de que la Alcaldía de su pueblo los dejó de apoyar con el subsidio de transporte: “Yo aquí vendía las 20-30 canastillas que traía. Ahorita no creo que venda 10 canastillas”. Ahora, para poder vender todo debe pasar a ofrecerlo a las carretas, plazas de mercado y supermercados.

Si está interesado en visitar los mercados campesinos de Bogotá, consulte fechas y lugares en las redes sociales de Agrocomunal: Twitter y Facebook.

*Este contenido hace parte de la campaña Llevo el Campo, una iniciativa de la Red Nacional de Agricultura Familiar, a la que Dejusticia se une en 2019 para promover los mercados campesinos, étnicos y agroecológicos.

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