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Los pecados del alma

Mauricio García Villegas
abril 23, 2010

Publicado en: El Espectador

EL SACERDOTE ALFONSO LLANO, EN su columna de la semana pasada, la emprende contra quienes critican a la Iglesia por su actitud negligente con los curas pederastas.

 

EL SACERDOTE ALFONSO LLANO, EN su columna de la semana pasada, la emprende contra quienes critican a la Iglesia por su actitud negligente con los curas pederastas.

¡Volterianos! (discípulos de Voltaire) les dice el padre Llano; gente que “en lugar de sangre tiene bilis negra y sucia”. Si los pederastas son sólo el uno por ciento de los cuatrocientos mil curas que tiene la Iglesia, se pregunta Llano, ¿por qué tanto escándalo? Además, ¿dónde están los pecados de esos volterianos? ¿Dónde está su cloaca? Así como un hijo no insulta a su madre proxeneta, termina diciendo Llano, tampoco ataca a su iglesia.

Con todo respeto, padre Llano, creo que hay mejores maneras de defender a la Iglesia católica. En primer lugar, porque el odio que usted hace pasar por las venas de los volterianos —denominación que parece más un elogio que un insulto— puede fácilmente atribuirse a su comentario. Pero bueno, eso es detalle. Lo que no es un asunto menor es decir que los pedófilos son sólo el uno por ciento —¿cuatro mil?, yo pensé que eran menos— y que los que critican también pecan. Bueno, no creo que haya que explicar por qué los pecados de unos no se compensan con los de los otros. Menos convincente aún es su idea de que a la Iglesia, como a la madre, no se le insulta.

Todo esto me lleva a pensar que no son tanto los volterianos los que sacan al padre Llano de casillas, sino los creyentes que, con motivo de estos escándalos terminan renegando de su fe y sobre todo de su fidelidad a la Iglesia. Es también contra ellos que van dirigidas las advertencias, y el odio, de Llano.

Esto no es nada nuevo. La Iglesia siempre ha sido complaciente con los pecados que se originan en las pasiones humanas: matar por furia, robar por codicia, fornicar por lujuria, todo eso formar parte de la naturaleza humana, creada por Dios, frágil y pecaminosa. Por eso hay que perdonar. Más aún, esas pasiones incontenibles son la fuente del arrepentimiento, de la fe y de la obediencia a la Iglesia. En este “valle de lágrimas”, pecar y arrepentirse es algo así como el curso natural de la vida. Por eso la Iglesia no menosprecia a los pecadores; al contrario, los acoge y los quiere; sólo les exige que se arrepientan. Ahí, en la humildad de los arrepentidos, incluida por supuesto la de los curas pecadores, está la clave de la sumisión ciega de los católicos, sobre todo de los sacerdotes, a su autoridad eclesiástica. No en vano a los creyentes se les llama fieles.

Pero así como la Iglesia siempre perdona los pecados que se originan en las pasiones carnales, es inclemente con los pecados del alma, es decir con la falta de fe, con la duda. Así como el adúltero y el pedófilo son vistos como arrepentidos potenciales, el incrédulo, sobre todo el que se atreve a hacer públicas sus dudas, es visto como un traidor peligroso. Los enemigos de la Iglesia son los enemigos del pecado, no los pecadores. El incrédulo es un malhechor; el pecador, en cambio, es un hijo pródigo. Por eso, para Llano, el que duda de la autoridad de la Iglesia por causa de los crímenes de sus sacerdotes, comete un pecado de fe, que es infinitamente mayor que los pecados de la carne cometidos por éstos.

Cuando oigo decir que “Colombia es pasión” y veo el “sagrado corazón” que utilizan para esa publicidad turística, pienso en lo mucho que todavía dependemos de esa concepción católica tradicional que predica el padre Llano.

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