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Los polémicos derechos

Nelson Camilo Sánchez León
enero 9, 2016

Publicado en: El Espectador

La defensa de los derechos humanos sigue siendo un tema que despierta pasiones encontradas.

 

Parece raro que una labor humanitaria tan básica y trascendental pueda tener detractores, pero, analizando con detalle, se encuentra que no puede ser de otra manera. La propia naturaleza de los derechos está destinada a ser polémica. Los derechos humanos están hechos para desafiar el poder, venga de donde venga, y para abogar por la inclusión de los débiles, que usualmente son impopulares.

Basta ver las discusiones en Europa frente a la suerte de los miles de migrantes sirios, para recordar que las discusiones sobre derechos humanos siguen siendo acaloradas, y no solo en aquellos países que padecen un conflicto armado. Reputados académicos han acusado el trabajo de derechos humanos de haberse desgastado, acomodado y no haber producido resultados reales para mejorar la vida de las personas. Algunos han vaticinado incluso la inminente muerte del movimiento de los derechos humanos.

Varios académicos y activistas han salido ya a contestar las críticas. Con base empírica han demostrado los enormes cambios positivos que ha vivido el mundo en los últimos años gracias, en parte, a ver los problemas como carencias de derechos.

He seguido esta discusión como parte interesada. Por quince años me he dedicado al trabajo jurídico de protección de derechos. Desde mi esquina, considero infundadas algunas críticas, injusta la presentación de otras y unas cuantas me despiertan muchas reflexiones.

Hay prácticas de parte de lo que se considera como movimiento de derechos humanos que creo ameritan evaluación. La primera es el uso ciego y dogmático de las normas internacionales. Tanto de quienes hacen el derecho (las cortes y comisiones internacionales) como de quienes promueven su aplicación. El derecho ha sido y puede seguir siendo una excelente herramienta para proteger personas, pero entendiendo su función como parte de una estrategia más amplia. Hacer normas para luego idolatrarlas no tiene sentido.

La segunda es la práctica del observador internacional que pontifica desde lejos, pero sin comprometerse con las dificultades de lo que implica implementar, en el día a día y en lo local, esas normas internacionales. Con esto no quiero decir que la supervisión internacional está mandada a recoger. Pero cuando ésta se hace sin entender lo que implica llevar a la práctica los principios, se trasforma en una imposición unilateral de unos supuestos ostentadores de la verdad y la neutralidad que termina siendo rechazada. Sobre todo, cuando esto se combina con prácticas odiosas de clase en donde organizaciones internacionales se creen de mejor familia y solo trabajan de manera jerárquica con las organizaciones locales cuando a ellos les sirve y les interesa.

La tercera es ver a todo lo estatal como el enemigo irreductible de los derechos. Sin matices, ni consideraciones. Como si con el Estado solo se pudiera ser antagonista. Esa actitud no es solo caduca, sino equivocada. La protección internacional de los derechos humanos es en esencia pro estatal: lo que busca es fortalecer al Estado y a sus instituciones de manera tal que la justicia internacional sea innecesaria.

Por último está la práctica de ver a todos los países y todas las experiencias como una sola. En donde los contextos no importan, pues las normas internacionales son prístinas y están diseñadas para tratar a todos de manera igualitaria. Pero el derecho no es —ni siquiera el de los derechos humanos— envasado en el vacío, siempre interactúa con el contexto.

La eficacia de los derechos, como de cualquier creación social, crecerá entre más legítimos estos se perciban. Y esa legitimidad debe ganarse todos los días.

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