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Los pueblos nuevos

Mauricio García Villegas
octubre 3, 2015

Publicado en: El Espectador

Durante la colonia y buena parte del siglo XIX, la plaza del pueblo era un lugar casi sagrado.

 

Su diseño y su construcción se hacían con tiempo, con buen sentido estético y con la inversión de muchos recursos. Los españoles, y luego las élites republicanas, sabían que ese lugar no solo era un espacio esencial para la administración, el gobierno y el culto religioso, sino también un símbolo fundamental para el orden y la cohesión social.

Casi todo eso se ha perdido en la colonización del último siglo, sobre todo en aquella que se ha extendido por el oriente del país, entre Arauca y Putumayo, pasando por el Meta, Caquetá y Casanare. Esta ha sido una colonización particularmente atropellada y caótica; jalonada por gente venida de muchos lugares diferentes, atraída por la economía minera y cocalera, o por la búsqueda de tierra, o incluso por la necesidad de huir de la violencia o de las autoridades judiciales. El Estado, por su parte, se ha desentendido de lo que ocurre en estas zonas de colonización.

Todo esto ha dado lugar a pueblos desordenados y sin encanto (hay excepciones, por supuesto) que crecieron por el simple efecto de la acumulación, con edificaciones de todos los tamaños, estilos y colores, en donde la falta de planeación y el mal gusto dan lugar a un paisaje urbano sin funcionalidad ni carácter.

Los edificios de la plaza central carecen de decoro. No es raro encontrar alcaldías, juzgados o concejos municipales que operan en edificios o casas alquiladas, esparcidas por el casco urbano. Las calles son un territorio salvaje en donde cada cual se labra su destino. A falta de aceras hechas por el municipio, los pobladores construyen y decoran el pedazo de estas que les corresponde, como si fuera una prolongación de la sala de su casa. El mototaxismo, esos miles de aparatos que circulan frenéticamente y sin control por las calles, como un hormiguero en desbandada, es una buena metáfora de la sociedad desarticulada que aflora en estos pueblos. A esto se suma la contaminación visual y auditiva creada por cantinas ensordecedoras en donde el trago se vende a los gritos; por iglesias de Eternit con pastores desgañotados que prometen el Cielo; por campañas políticas que buscan votos a ritmo de vallenatos; por brujos que tienen el remedio para todos los males del cuerpo; y por cientos de cuchitriles que venden las mismas baratijas chinas que se comercializan en el resto del planeta y que aquí acabaron con los artesanos y el ingenio de la gente.

Lo que quiero decir con todo esto es que este espacio urbano descompuesto es causa, y a la vez consecuencia, de la falta de compromiso de los ciudadanos con su pueblo y de la debilidad institucional.

Buena parte de la suerte que corra el posconflicto en Colombia va a depender de estos pueblos nuevos. Por eso es importante pensar en su desarrollo social e institucional. Eso implica muchas cosas, claro está; pero una de ellas es hacer planeación urbana y construir edificios públicos no solo funcionales, sino también hermosos e incluso solemnes, que evoquen el sentimiento de unidad y pertenencia en sus pobladores. Desde hace miles de años se sabe que la fe depende mucho de la capacidad de los sitios de culto para evocar la divinidad. Entrar a la iglesia de Notre Dame de París, por ejemplo, es una experiencia que sobrecoge, incluso a los incrédulos. Con el poder ocurre lo mismo. La admiración y el respeto que se siente por el Estado dependen, al menos en parte, del orden, de la belleza y de la majestad de los edificios y demás espacios públicos. Nuestros antepasados sabían eso y por esa razón se empeñaban tanto en la construcción de una plaza central bella, solemne y digna.

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