Los regalos, el acto de dar

Por: Mauricio García Villegasdiciembre 26, 2007

Muchos sirven más para incrementar la hipocresía colectiva de la generosidad que para alimentar el afecto.


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Muchos sirven más para incrementar la hipocresía colectiva de la generosidad que para alimentar el afecto.

Marcel Mauss escribió su célebre ensayo sobre las donaciones por allá en 1925. Desde entonces sabemos que en el acto de regalar puede haber tanta generosidad como egoísmo.

Cuando somos niños nos enseñan que los regalos son una manifestación desinteresada de amor y afecto. Que por esa razón los regalos no se piden, sino que se esperan. Que no son como las cosas que compramos, y por las cuales pagamos un precio, sino como los besos o los abrazos, que son gratis. Aprendemos que comprar y regalar son verbos que aluden a dos economías diferentes: a la del mercado, regida por la utilidad, y a la de las donaciones, regida por el afecto.

Pero luego, cuando crecemos, entendemos que regalar no siempre es ese acto de desprendimiento tan maravilloso que nos dijeron cuando éramos chiquitos. Al obsequiar algo, por lo general, no solo esperamos que nos regalen algo de vuelta, sino que esperamos que nos den algo de por lo menos el mismo valor. Por eso, cuando estamos buscando algo para regalar, muchas veces nos preguntemos: ¿y esto sí será suficiente?

Es verdad que hay regalos que se hacen con la certeza de que no se va a recibir nada a cambio. Es el caso del patrón que obsequia juegos a los hijos de sus empleados, o del multimillonario que dona dinero para becar a estudiantes pobres. Pero ¿son ellos realmente una expresión de pura generosidad? No siempre.

Allí también suele haber un interés, solo que este no consiste en la esperanza de recibir una contraprestación material, sino en aquello que los sociólogos denominan capital simbólico, es decir, reconocimiento, estatus social, legitimidad, etc.

Ninguna de estas dos maneras de ver el regalo, la generosa y la interesada, alcanza, por sí sola, a capturar su significado pleno. Ambas conviven en el acto de obsequiar, como conviven en la sociedad entera y en nosotros mismos, que somos una mezcla inestable de generosidad y egoísmo.

Sin embargo, mi impresión es que el actual ritmo frenético de los obsequios está haciendo perder ese delicado balance entre virtud y egoísmo que caracteriza el acto de regalar.

Hace un par de meses me sorprendí cuando mi hija de 11 años me contó que había sido invitada a una fiesta en la que no había que llevar regalo sino dinero. Es que es una ‘lluvia de sobres’, me dijo. Y entonces me enteré de que ya no solo existen los showers de regalos, el amigo secreto, los obsequios de oficina, los aguinaldos, el día de padres, de hijos, de amigos, de secretarias, de profesores y hasta de jefes, sino también la ‘lluvia de sobres’, expresión inútilmente poética para designar el acto de regalar plata.

Estas prácticas -que no se excluyen sino que se acumulan en nuestras agendas- despojan, con mucha frecuencia, al acto de regalar de su porción voluntaria y altruista y lo convierten en un acto rutinario y no pocas veces tedioso de intercambio de objetos baladíes. (De esos mensajeros infructuosos del afecto están llenos los basureros y los cuartos de San Alejo.)

La dimensión afectiva del regalo no solo requiere cierta cercanía entre las personas; también es necesario que el acto de regalar sea algo excepcional. Cuando regalar se vuelve una rutina y los destinatarios son poco menos que desconocidos, la contabilidad de los intereses termina desplazando, o neutralizando, la generosidad.

El mercado capitalista -que es la antítesis perfecta de la generosidad y del desprendimiento- ha terminado por capturar el mundo de los regalos y por imponerle su lógica. Por eso, muchos de los regalos que damos hoy en día sirven más para incrementar la hipocresía colectiva de la generosidad, que para alimentar el afecto.

* Profesor de la Universidad Nacional e investigador de Dejusticia

Mauricio García Villegas

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