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Los toros y los derechos

Rodrigo Uprimny Yepes
enero 30, 2012

Publicado en: El Espectador

El debate sobre las corridas de toros parece menor pero es profundo y difícil, pues toca temas complejos, como la relación de las mayorías con los gustos de las minorías y los deberes del ser humano con los animales.

 

De entrada confieso que nunca he asistido a corridas de toros, ni pienso hacerlo. Me disgustan, pues me parecen crueles. Pero ¿deben por ello ser prohibidas?

Los defensores de las corridas, como Alfredo Molano o Antonio Caballero, argumentan que la prohibición sería una muestra de intolerancia de aquellos que no comprenden ni aprecian la fiesta brava.

Si eso fuera así, estos columnistas, que respeto, tendrían toda la razón. Una democracia pluralista no debe prohibir conductas minoritarias simplemente porque disgustan u ofenden a la mayoría. Pero el Estado puede y debe prohibir comportamientos que producen daño a otros. No podría un grupo que considere al asesinato como una de las bellas artes, por usar la expresión de De Quincey, invocar la tolerancia de las mayorías para que se respete su arte de idear y ejecutar muertes estéticas.

Los defensores de la tauromaquia minimizan o, por decirlo en su lenguaje, capotean, el hecho moral clave: que en las corridas el animal es muerto, luego de ser cruelmente herido y mortificado. Hay pues un daño contra un ser que siente y sufre. Los enemigos de las corridas no tienen entonces sólo disgusto por un espectáculo que no comprenden sino compasión por ese animal que padece. Pero ¿ese sufrimiento justifica la prohibición de las corridas?

La respuesta no es fácil pues la civilización actual está montada sobre la explotación y la crueldad del ser humano sobre muchos animales, que padecen por nuestra acción vidas peores a la de los toros de lidia, sin que eso suscite mucho escándalo. Como me objetó un defensor de la fiesta brava: ¿Usted qué preferiría ser? ¿Un toro de lidia, que vive bastante libre en los potreros durante cuatro años, para luego morir después de media hora de lucha? ¿O una vaca para producir carne, que es sacrificada luego de vivir casi inmovilizada para que engorde rápidamente?

Si uno cree que el ser humano tiene deberes frente a los animales, al menos frente a aquellos que claramente tienen la facultad de sentir sufrimiento, entonces hay algo de contradictorio en criticar las corridas mientras uno se come un buen churrasco.

Algunos dirían que la comparación no es válida, pues el ser humano sacrifica la vaca por necesidad y tratando de evitar que sufra, mientras que en las corridas se mortifica cruelmente y sin necesidad al toro. Además, el espectáculo es una celebración pública de la crueldad. ¿Por qué no, dirán los enemigos de las corridas, prohibir la fiesta brava y al menos evitar esa crueldad inútil y pública, teniendo en cuenta que es demasiado difícil modificar nuestra forma de producir alimentos?

Esa salida parece razonable, pero no deja de suscitar perplejidades: si uno cree realmente en algo parecido a los derechos de los animales, que parece ser el buen argumento para atacar las corridas, entonces prohibir la fiesta brava mientras se mantiene la cadena alimenticia equivale a que alguien en la Antigua Roma se indignara por el “inútil” espectáculo de los gladiadores, pero defendiera la “necesaria” esclavitud.

No digo que sólo un vegetariano pueda criticar las corridas; simplemente creo que no deberíamos capotear los dilemas éticos que implica reconocer deberes humanos frente a los animales.

El tema, reitero, es más difícil de lo que parece. La posición del alcalde Petro tiene entonces algo de salomónico, pues quitó el apoyo distrital a las corridas, pero sin llegar a prohibirlas, con lo cual evitó las posibles contradicciones de la prohibición. Así, privadas de apoyo, es posible que las corridas se extingan por falta de público, como dijo alguna vez Héctor Abad.

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