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Marchar sin advertencias

Mauricio García Villegas
febrero 4, 2008

Publicado en: El Tiempo

Señalar con nombre propio al victimario fortalece a la sociedad civil, le da autonomía, voz propia.

 

La marcha del día de ayer suscitó un intenso debate entre quienes querían marchar, quienes no querían marchar y quienes estaban dispuestos a marchar pero con advertencias. Con algunos de estos últimos -los de las advertencias- comparto amistad, afinidades políticas y un rechazo frontal contra las Farc. Sin embargo, nada de eso impidió que entre nosotros hubiese desacuerdos profundos sobre el valor de la marcha.

Para los manifestantes de las advertencias, la marcha contra las Farc debió incluir una condena contra los ‘paras’. No estoy de acuerdo. A mi juicio, cuando se trata de actos atroces no es bueno hacer comparaciones. La comparación relativiza el acto porque lo hace depender de algo externo. Eso es justamente lo que hacen las Farc, comparar y relativizarlo todo. Cuando a ‘Raúl Reyes’ le preguntan si no le preocupa causar tanto dolor en las familias de los secuestrados, impávido responde que no, que peor es el dolor que causa el Gobierno cuando deja morir de hambre a los niños pobres.

La comparación, además, conduce a una ampliación muy peligrosa de lo político. El gran logro de la democracia constitucional consiste en haber puesto unos valores fundamentales y unas reglas de convivencia básicas por fuera del debate político, por fuera del Congreso. Frente a esos valores y esas reglas, las posiciones de derecha o de izquierda no valen, coinciden. Eso significa, en la práctica, que la izquierda debe condenar los actos terroristas de la guerrilla con la misma fuerza que la derecha está obligada a condenar los actos terroristas de los paramilitares.

Si se acepta que el secuestro es repudiable por lo que es y no por lo que significa en el contexto de la guerra, no entiendo por qué algunos amigos de izquierda se lamentan de que la marcha de ayer no haya hecho alusión a los crímenes de los ‘paras’. ¿Acaso ellos han criticado -como pretende el Gobierno que lo hagan- algunos de los múltiples informes puntuales de derechos humanos -no hablo de los informes generales- en los que se condena al

Estado por sus vínculos con el paramilitarismo y en los cuales no se dice una sola palabra sobre los crímenes de la guerrilla? No, no lo han hecho y está bien que no lo hayan hecho. Lo que sorprende es que ahora, cuando se trata de los manifestantes contra las Farc, mis amigos asuman la misma actitud que el Gobierno asume con ellos y con las organizaciones de derechos humanos.

Todo esto podría evitarse si el tema de la seguridad no fuera visto como un patrimonio de la derecha y el tema de los derechos humanos como una preocupación exclusiva de la izquierda.

Es verdad que en este país la opinión pública mira de manera sesgada a las víctimas del conflicto: se duele por los secuestrados, pero le importan muy poco las víctimas del paramilitarismo y del Estado. No hay simetría moral. Pero, ¿es esta una razón para poner en tela de juicio esta marcha? No lo creo. Es, eso sí, una razón para cuestionar el silencio de la sociedad frente a las víctimas olvidadas y para exigir que se hagan nuevas marchas. El hecho de que la opinión pública sea parcial en su condena, no significa que esté equivocada en lo que condena.

Por último, y esto es lo más importante, las marchas que señalan con nombre propio al victimario -en lugar de marchar contra la “violencia que nos afecta”- fortalecen a la sociedad civil, le dan autonomía, voz propia y, a la larga, pueden crear en ella un reducto ético capaz de movilizar a la gente contra todo tipo de violencia. Por eso creo que esta marcha hace parte de una incipiente y promisoria cultura ciudadana. Una cultura completamente ajena al mundillo de las advertencias políticas entre uribistas y antiuribistas.

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